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FiloFoto: El monje

© Pierre Poulain
© Pierre Poulain

 

Nuestras vidas están vacías porque nuestra alma ha dejado de buscar la perfección. Y en el vacío de esa necesidad acallada nos hemos lanzado hacia fuera buscando cualquier tipo de estímulo o de sensación que la llene. Y sin embargo, la búsqueda de la perfección, siguiendo la verdadera naturaleza, el verdadero instinto del alma es un camino de felicidad cada vez mayor, y, como en la parábola de Cristo, es el único manantial que puede saciar la sed que la devora. Pero la búsqueda de perfección es ciega sin Ideal, y al Ideal no se accede sin liberar la mente y el sentimiento de sus ataduras, sin un fuego interior que las corte, liberando al alma prisionera, convirtiendo a los pensamientos en flechas que van hacia la Verdad, y a los sentimientos en lotos que se abren al Gran Amor. Ese fuego interior es el de la verdadera Filosofía, la única que nos puede liberar de las limitaciones internas, como de las externas nos libera temporalmente la muerte.

La verdadera medida de nuestros actos no es su fruto o resultado inmediato. La verdadera medida es la perfección, es el Deber Ser –la filosofía inda lo llama Dharma- y esta perfección lo es en cada paso. O sea, la perfección ahora no es subir la escalera entera, cuyo fin se pierde en abstracciones impensables e irrealizables, sino llegar al siguiente peldaño. Y si bien lo que llama y espera en lo alto es una estrella interior, o un sol de voluntad, amor e inteligencia, bañando con sus rayos la escalera entera, su poder se manifiesta en el paso, en la marcha, en el horizonte conquistado hoy, no en el que mañana espera.

Por eso la vida del que busca la perfección es una vida de dolor, el de la serpiente que crece y se ve oprimida y sujeta por la piel antigua de la que debe despojarse. El dolor es vehículo de conciencia, dice el Buda, nos hace entender y reaccionar, hay que aceptarlo, nos dice que estamos vivos, trae su mensaje, la verdad de lo que nos falta. El amor, decía Platón es hijo de Poros, la Abundancia y Penia, la pobreza o hambre, es el impulso que nos mueve a no contentarnos con simplemente estar en el camino sino que busca llegar a la meta. Pues el camino en el que se está pero no se avanza deja de serlo, se convierte simplemente en un barrizal.

H.P.Blavatsky en su libro maravilloso, Isis sin Velo, nos legó una maravillosa enseñanza:
“La misma filosofía nos enseña que la naturaleza nunca deja nada imperfecto, y si fracasa en el primer intento, lo reitera hasta triunfar. Cuando se desenvuelve un embrión humano, el plan de la naturaleza es que produzca un hombre físico, intelectual y espiritualmente perfecto. El cuerpo ha de nacer, crecer y morir; la mente ha de educirse, robustecerse y equilibrarse; el espíritu ha de iluminar mente y cuerpo de modo que con éI se identifiquen. Todo ser humano ha de recorrer el “círculo de necesidad” para llegar al término de su perfección. Así como los rezagados en una carrera se afanan tan sólo al principio, mientras que el vencedor no para hasta alcanzar la meta, así también en la carrera del perfeccionamiento hay espíritus que se adelantan y llegan a la meta cuando los demás quedan detenidos por los obstáculos que les opone la materia. Algunos desdichados caen para no volverse a levantar y pierden toda esperanza de vencimiento, pero otros se levantan y empiezan de nuevo la carrera.”

Ver a quien está perfectamente concentrado en la tarea que ejecuta, como si en ese momento no le importase morir o repetir eternamente dicha acción, es ver a quien avanza en la senda, y es sentir la felicidad de que por muy duros que sean los tiempos, no todo cae, y hay quien se mantiene erguido, desafiando la adversidad y el hálito envenenado del dragón de lo cotidiano sin alma, como una bandera en alto en medio de la batalla. Pero concentrado de verdad, humanamente, con una recta atención que nada codicia, pero que percibe el sentido, o sea que ve en profundidad, que baña de luz interior aquello que hace. No “concentrado” como el tigre en su presa, o como el perro que ve la roja carne que le ofrece el dueño y desaparece así el universo a su alrededor. O sea, concentrado y vestido de humana dignidad, concentrado y tenso como la estrella en lo alto, bella, serena, majestuosa; no con la concentración fatal del abismo que todo lo devora, y que los egipcios llamaron “necesidad-de-alimento”. O sea, pleno en la concentración y no vacío en ella. Los gestos que nacen desde esta plenitud del alma que llamamos verdadera concentración, son como una danza de belleza e inmortalidad, que a todos nos convida, una y otra vez, para que no perdamos el tiempo y hallemos el sentido de la vida.

Jose Carlos Fernández
Almada, 1 de julio del 2015

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