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FiloFoto: Música en rojo y azul

© Pierre Poulain
© Pierre Poulain

 

Dicen, los textos clásicos hindúes, que mientras el joven Rama con su arco y flechas era capaz de desafiar a todos los engendros del caos, simbolizados finalmente en el mismo Ravana, rey de Lanka, con sus diez cabezas; Krishna, su reencarnación celebraba –o quizás más bien, invocaba- el éxtasis del alma de la Naturaleza tocando su flauta pastoril y danzando. Y sin salir de esta bondadosa plenitud, sin aparente esfuerzo, con la misma facilidad con que el viento empuja suavemente las nubes, vencía a los demonios y exorcizaba todo tipo de angustias.

Como un Orfeo hindú, su música calmaba a las fieras o las hacía contentarse con su destino, cuando éste era la muerte misma, y condenando, redimía y purificaba. Como el flautista de Hamelín, arrastraba tras de sí la peste y las plagas que amenazaban la vida y alegría humanas. Pues como David con Saúl, la música no sólo los males espanta, como dice el adagio popular, sino que los exorciza, arrancándolos de los rincones sombríos en que estaban adheridos.

El escritor bilbaíno Pío Baroja, tan sincero como rudo a veces, decía que la música no nos hacía mejores, y lo probaba afirmando que muchos maleantes aman asistir a conciertos, o que era fácil ver cómo moralmente no hay grandes cambios después de oír la más sublime de estas composiciones musicales. Claro, el agua tarda en horadar la piedra, a no ser en las grandes catástrofes que libera su potencia y labra en minutos valles enteros con su caudal destructor. Además, cuántas veces en los alimentos sanos se halla la misma medicina, pero no cuando la naturaleza ya está pervertida en que son necesarios remedios más amargos o incluso el bisturí.

¡Qué contraste el de un mundo utilitario y el de uno musicalmente pensado! Ya que en la pendiente hacia el abismo del interés egoísta, aún la música y el arte son pervertidos, adulterados, prostituidos y quedan confinados a las reglas de mercado, o peor aún a la fascinación estéril de la locura, del culto a lo feo y lo absurdo, como en las escenografías actuales de Bayreuth donde el contraste entre lo que oímos (sublime) y lo que vemos (patético y repugnante, como para que se remuevan en su tumba los huesos de Wagner) nos desconcierta, como si nos hiciesen girar hacia un lado y hacia el otro al mismo tiempo, deformándonos.

Aquel que entra en la dimensión de la música, de la armonía, como el prisionero que sale de la Caverna, en el famoso mito de Platón, es quien está en condiciones de crear un Mundo Nuevo, un nuevo escenario en que se pueda vivir con dignidad, noblemente, rodeados de belleza. Un mundo en que no nos devore el cáncer de la ingratitud, de la tiranía encubierta y de faz sonriente, del odio y del materialismo más brutal y sofisticado, de la manipulación grosera, insolente y ya casi sin máscaras que la disfracen, con tantas y tales contradicciones que aturdirían al más sensato.

Tan necesario como el aire que respiramos es el retorno a la belleza que devuelva las alas al alma. Una belleza inmaculada que entrelaza sus manos en una danza perfecta, con la justicia y la verdad, bajo el hálito siempre vivificador de lo Bueno, que Platón dijo que era el Sol que daba vida a todos los Arquetipos.

Aquellos que tienen vida interior y que son fieles a Ella, y que la plasman con su voz y con sus manos, son los que dignifican el mundo, son su esperanza redentora, son el pequeño Krishna creando un habitáculo de felicidad para todos los que a ella quieran acogerse.

Jose Carlos Fernández
Almada, 26 de junio del 2015

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