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FiloFoto: Mar

© Pierre Poulain Photographer
© Pierre Poulain Photographer

“El Agua Madre, el Gran Mar, lloró. Ella se elevó, desapareció en la Luna, que la había hecho hacer”

Esta fotografía evoca en la memoria, sin casi quererlo, estos versos de las Estancias de Dzyan de la Doctrina Secreta (del corpus de textos esotéricos del Budismo Mahayana). Se refiere así, metafóricamente, a un cataclismo geológico en que el mar casi desapareció de la superficie de la Tierra, elevándose, imagino, a las capas más altas de la atmósfera, y haciendo sucumbir la casi totalidad de la vida en nuestro planeta.
Es que el Mar es el gran receptáculo de la vida, es así la Gran Madre en cuyo seno se gestan infinidad de seres, y la gran reserva de donde se forma el agua dulce que permite la vida en la tierra. La filosofía y religión mesopotámica hizo del agua dulce, el Apsú, un sinónimo o símbolo del espíritu; y del mar, Tiamat de las aguas de la materia. De la relación entre ambas, más o menos violenta, surgía el equilibrio y la dinámica de la vida. En el Génesis se dice cómo Dios separó las aguas de arriba (cielo) de las de abajo (mar) haciendo así la primera división o contraste generadora de vida, la primera horizontal con el que el “Hombre Cósmico” o el “Pensamiento divino” forma una cruz. De este modo, la línea horizontal (generalmente dentro del Círculo del Espíritu Universal) fue el símbolo geométrico de la Gran Madre, del Gran Amor que abraza a todos los seres sin distinciones, pues atiende a lo que son, sus hijos, y no al polvo adherido en el sufrimiento del camino: que los lava con sus lágrimas, y los cura con la gracia de sus ondas, siempre juguetonas, y la magia de su blanca espuma. El Mar era símbolo pues de la gran matriz, y del disolvente universal que lleva todo de nuevo a su condición homogénea, como homogénea es en él, la disolución de todos los elementos en sus iones fundamentales, hasta el punto que se afirma que en el mar están, en mayor o menor proporción, todos los elementos de la Tabla Periódica: en el mar hay plata, y oro, cobre, estaño, hierro etc. etc., Todos los hoy llamados oligoelementos, vitales para la salud, están en sus sales y si la curación en base a los baños de mar, inyecciones de agua de mar y aún beber (en muy pequeñas dosis) agua de mar, es tan actual, por algo es. El conjunto de todos los mares de la Tierra es un Árbol de Vida, el más grande, quizás que podamos imaginar, y cada uno de los océanos o mares menores es una rama primaria o secundaria del mismo.
En el libro de ciencia ficción, Solaris, de Stanislaw Lem, se presenta la idea de un planeta en una fase temprana de evolución de su vida, donde esta vida aún no se ha desdoblado en innumerables seres, sino que es un mar consciente, ensayando aún reproducir, plásticamente, las formas que se reflejan o bañan en su seno. Es el océano de la gran vida del que se insinúa en este libro que se convertirá en un futuro lejano en toda la bioesfera, o sea que se plantea que la vida realmente no está en los seres, sino que estos se hallan en, forjados de, bañándose en la vida, que son las aguas, pues sin agua, todo muere o queda en una condición de vida latente o suspensa, como en la semilla, o más gráficamente aún en el minúsculo tardígrado que es el “oso de mar”. Éste, sin agua se convierte, funcionalmente en una piedra.
En este maravilloso libro también, las auras o atmósfera de dicho mar, infinitamente más sutiles que éste, consiguen materializar y dar vida a las imágenes de los sueños y de los recuerdos, algo para lo que, como sufre el protagonista, es evidente que no estamos preparados aún.
En el mar, como en la vida, unos entran, otros salen, unos juegan, otros miran y otros esperan bañarse en sus aguas, unos se pierden en sus laberintos de paredes ondeantes y móviles, otros se ahogan en sus infinitas fauces. ¡Qué sabia la metáfora del Ramayana donde el mar es una serpiente de innumerables bocas, pues cada una de ellas fácilmente puede tragarte, tantas bocas cuantos en ellas se bañen! Otros ven en el mar el espejo del cielo, pues este se refleja ya sea en su terso y bruñido metal, ya en sus crispadas ondas, tersas y serenas siempre a la distancia. Una gran, majestuosa horizontal, como una línea perfecta, inmóvil, difícil encontrar así tierra adentro. Y muriendo en la playa, como reflejos ondulantes de la misma, o como hijas del momento de su madre eterna, otras horizontales espumeantes y avanzando en que parece que el mar se mueve. Tal es la geometría de la luz, tal es la geometría de la vida y de la verdad.

Jose Carlos Fernández
Almada 30 de junio del 2015

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