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FiloFoto: el sandwich

© Pierre Poulain
© Pierre Poulain

 

¡Impetuoso devasta la tierra entera el torbellino del tiempo! El tiempo viejo que todo lo disuelve, para que como Kairós, un tiempo joven y de esperanza surja y corra nuevo, una nueva oportunidad para los que mantengan vertical y en alto la llama de su condición humana. Más allá de creencias religiosas, riqueza o pobreza, condición racial…

Se ha dicho que la relación del hombre con el pan es una alegoría de la relación con la vida en general, que nunca debemos tirar el pan al suelo, que aunque esté duro hay que aprovecharlo, etc… También el pan ha sido asociado a la bondad del alma, y Cristo llama a sus apóstoles la levadura que convierte la harina en pan, y en la religión de su nombre, su cuerpo se convierte en pan que entra en la carne y sangre de todos los con que con Él comulgan. Tal y como hacían los devotos del dios de la Guerra Interior, Huitzilopochtli, entre los aztecas hace seis siglos en el actual México. O los egipcios cuando el faraón partía y compartía el pan cuyos ínfimos pedazos debían llegar hasta el más humilde y alejado en su tierra, símbolo de la unidad de todo el país de Kem. La “bondad que sentía en su corazón”, convertida ritualmente en pan, alimentaba al último de sus súbditos.

Quizás este simbolismo del pan sea debido al trigo, cuyo redescubrimiento o cultivo marca el inicio de la civilización, firmemente asentada en el Mediterráneo. Pues como dicen muchos agricultores, con una sabiduría quizás heredada a través de los milenios: “el trigo no es de esta Tierra”. Y la inteligente conducta que exhibe hace que en él pensemos como equivalente a la abeja en el reino animal: ambos fueron considerados símbolos de belleza y perfección. Ambos fueron también metáfora de nuestra relación con lo sagrado, y la miel y el pan, de origen divino. Pero hoy las abejas se mueren en lo que puede ser la peor catástrofe ecológica de la historia (sin polinización desaparecerían la mayor parte de los cultivos de la Tierra), y el trigo ha sido modificado tanto genéticamente, que muchos médicos advierten del peligro de comer su pan. Es como si la relación con la vida, con lo sagrado hubiera sido quebrada en pedazos, o como si nuestra forma de vivir, indigna por lo inhumana, nos alejara del Cielo, Dioses o Justicia Natural, como queramos llamarlo. Ya no se reúne la familia para comer, salvo en las fiestas designadas ad hoc, ya no bendice el pan cada día, el pater familia, ni sentimos al tomarlo, que con él, comulguemos con la vida, pues hay todo tipo de dulces y viandas que excitan nuestro apetito y el pan quedó relegado, como la bondad y el alma de la vida. Nos es habitual, siguiendo el ritmo frenético de nuestros enloquecidos relojes, comer en la calle, en pie, solos o mal acompañados. No comen los ancianos con sus hijos y ni siquiera con sus nietos, y cuántas veces deambulan por nuestras ciudades preguntándose, quizás, qué hicieron mal para merecer la soledad forzada, el aislamiento.

El desafío es, tal vez, que el individuo se mantenga en pie cuando la sociedad se desmorona, pues sólo así podremos elevar una nueva, nimbada de esperanza, y electrizada por el vigor de los inicios. Un gran filósofo del siglo XX, el profesor Livraga dijo que “un hombre con Dios es mayoría”, y, como en la foto, el hombre puede con el pan y la luz comulgar íntimamente con el Sol, el símbolo más perfecto del Espíritu Universal: es decir, con el Alma Eterna que en él vive y espera.

Jose Carlos Fernández
Almada, 23 de Junio de 2015

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