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FiloFoto: el niño y su roja vestimenta

© Pierre Poulain
© Pierre Poulain

“We must obey the time” (Debemos obedecer al tiempo), dice, en un momento, el personaje trágico de Otelo en la obra de Shakespeare del mismo nombre. Él que sintió como el reloj de su alma perdía el compás arrastrado por los celos, hasta llevarle a la locura y al suicidio; se estaba advirtiendo a sí mismo que el tiempo, como rey y señor de nuestro mundo, es quien nos abre la puerta o no al luminoso de las verdades sin sombra. Si en una orquesta todos los instrumentos obedecen el compás -cuya fuerza anímica guía el director- las melodías de cada uno se entrelazan en la majestuosa belleza y armonía del conjunto: todo parece latir al son de un mismo corazón. Si no es así, el barullo y la confusión reinan en el caos anárquico y estéril que como hálito espectral devora la esperanza de belleza y encuentro. Lo mismo sucede con las fuerzas morales de una sociedad: si la música de las almas y los elementos reverberan en armonía, a la luz de un Ideal, todos juntos al son de un ritmo mágico que es pura concordia: qué ofrenda de belleza y perfección. Qué serenidad la del reloj que marca dichas horas felices.

Cuando no, qué violencia en los encuentros y despedidas, qué amargura en la soledad de cada alma por todas ignorada, y aún de sí misma, qué pavor la vida en una selva urbana en que los animales disfrazados de hombres se disputan el terreno y la presa, qué inutilidad la de tantos trabajos y esfuerzos cuya suma resultante es nada, como la de vectores de fuerzas que se anulan. Como un corazón, la gran rueda del Deber Ser, el gran tambor del Tiempo marca los ritmos y medidas, pero no halla eco en el silencio, o en la bruma espesa de miedos y angustias en que todos luchan recelosos por la vida.Todos siguen los ritmos de sus naturalezas, y la medida de sus existencias más elementales, todos gritan lo que son, en estridencias de metal o en murmullos inaudibles. Pero nadie ni nada los acompasa, invisible es, e inaudible el hilo de oro que debe pasar por medio de sus corazones, como el que engarza las cuentas de un collar, dándole unidad y sentido. La esperanza trabaja penosamente y esforzada en la oscura tierra buscando la luz de una nueva Primavera.

Pues el rugido abrumador de la vida angustiada de seres y cosas a nadie oye ni ve ni respeta, como el dragón ciego de los cuentos, que amenaza devorar a la dama del alma: silban los pulsos eléctricos en sus tensos cableados, murmuran los vientos arrastrando las masas de aguas tormentosas, pitan irritados los vehículos, convertidos en prisiones de sus dueños, los edificios mismos parecen agitados los unos contra los otros, como desafiándose con odio, y las gentes -el alma que debía humanizar el cuadro- parecen escondidas. ¿Son, ya que ausentes del día, hijas de la noche? A los pies de una estatua de hierro del Gran Cronos, que sonríe tiránico a quienes lo desprecian, en el tiempo de infinitud de un niño, espera la inocencia, como la víctima en el altar de un aquelarre. ¿Llegará a tiempo la Primavera?

José Carlos Fernández

Almada, 17 de Junio del 2015

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