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Filofoto: La fiesta del trabajo

© Pierre Poulain
© Pierre Poulain

 

En los textos filosóficos y místicos hindúes, como, por ejemplo en el Bhagavad Gita, se nos dice que el que busca a Dios debe alimentarse con la ceniza del propio sacrificio. Y que este sacrificio es Sacro Oficio, o sea, santo ritual. En la India, y en tantos otros pueblos esto era representado por lo que era ofrecido a un Fuego Sagrado, cuyas alegres llamas devoraban la ofrenda para convertirla en luz, para elevarla al cielo, abriendo una puerta mágica por la que se entraba en la dimensión de los poderes que en él reinan.

El trabajo mismo era considerado no una maldición, “ganarás tu pan con el sudor de tu frente”, sino un alegre sacrificio, una santa fiesta de servicio, de creatividad. Una ofrenda cuyos destellos de mística luz, como enseñase el profesor Livraga (1930-1991) nacían, radiantes, de la buena voluntad y eficacia en dicha acción inegoísta. Sri Ram, el sabio hindú, maestro de este último, nos recordaría que el sacrificio no es dolor ni privación, sino alegría y plenitud. Sufre la madera que está siendo quemada, hasta que se da cuenta que en realidad no era tal, sino luz, antes crucificada en la materia, ahora libre. Sufre el ignorante cuando es obligado a cumplir un deber, hasta que éste le hace más libre y más sabio y le nimba de alegría inmortal, y toma conciencia de que el camino del deber, como el de la madera que se convierte en luz, es un camino de alegría.

Alimentarse con la ceniza del sacrificio es no buscar, cegado por el deseo, el beneficio en la acción que realizas, sino bañarte en la alegría de la acción misma, buena, útil, eficaz, en sintonía con la Rueda de Acción que hace mover al universo. Hombro con hombro, mano a mano con tus compañeros de vida o de Ideal, en la más alegre y más antigua de todas las ceremonias, la del trabajo juntos, un rito de creatividad, que transforma a la materia y nos transforma a nosotros mismos, que nos hermana con la Naturaleza entera, cuyo canto y danza de trabajo es incesante. No hay mayor tortura, y como tal se aplica, que condenar a alguien a no hacer nada, o peor aún, hacer algo inútil, sin finalidad. Primero se pudre y estanca el alma, después la salud del cuerpo, que necesita movimiento, se trunca el vínculo con la finalidad que es intrínseca a todo, se difumina poco a poco el sentido de pertenencia, pues todo lo que vive está unido por vínculos de acción, ya sea ésta visible o invisible. Pero el trabajo debe nacer de una voluntad libre, es decir, no sometida esclava de nadie, y menos del deseo del fruto de la acción, que, como decía el Bhagavad Gita, va oxidando el metal del alma, va cubriendo de humo oscuro su llama, la hace aislarse en su ignorancia, hasta convertirla en un ente repetitivo un robot con forma humana.

Y el mejor de todos los trabajos, el más feliz, es el iluminado por el amor, el que se convierte en luz en el rostro y sonrisa en los labios; el que nos hermana, no ya sólo con la Naturaleza, sino con su alma y todas sus potencias angélicas, que aman estar con aquellos que aman su trabajo, y más aún con aquellos que trabajan impulsados por un Ideal luminoso y esperanzador.

Las personas que trabajan con alegría, son las que redimen al mundo de sus miserias, benditas sean.

Jose Carlos Fernández
Lisboa, 12 de Junio del 2015

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