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FiloFoto: Pink

© Pierre Poulain
© Pierre Poulain

Si hay una expresión que hace temblar nuestra alma es la de “flor nacida en el desierto”. Todo lo que nace está destinado a morir, y no sólo en el sentido de extinguirse, sino de cambiar su condición aparente, de pasar frente a nuestra mirada hasta desaparecer. Pero si en el desierto del mundo, tantas imágenes y momentos pasan como sombras, ¡qué oración de belleza la de aquellas que florecen!, que exhalan el perfume de su alma, la música de su autenticidad. Plenas en su dación, una chispa de Eternidad dignificando lo efímero y hermanándolo todo, un ojo abierto de esperanza.

Es el alma quien da su belleza al mundo, y no al contrario: llamamos a esto “Naturaleza”. Como en la novela y en el filme aterrador de Cormac McCarthy, The Road, la sonrisa y la pureza en la mirada de un niño, en un mundo que es sólo un cadáver; es como una estrella que titila en la noche, es una flor de esperanza en el desierto. La belleza abre su ojos al mundo y éste se ilumina. El canto de victoria de la espuma, blanca, surge del lamento silencioso del mar y abrazando al sol, muere.

¡Qué maravillosamente lo ha expresado el filósofo hindú Sri Ram (m. en 1973) en su libro Pensamientos para Aspirantes: “La Belleza es la verdadera Ley. Toda cosa que exprese la Ley de su propio Ser, es a un tiempo bella y libre, pues la libertad es también obediencia a esa Ley del Espíritu”.

Por más que los adultos nos esforcemos en crear un mundo en ruinas, feo, utilitarista, ajeno a la verdad, desnudo de belleza, cacofónico, desordenado y caótico, o peor aún, con un orden falso e impuesto que nos aliene aún más. Por más que perseveremos en caminos errados, y ésta sea la fatal herencia que dejamos detrás, como estela envenenada, la esperanza se renueva en cada nueva generación, y éstas huirán de aquello que saben, por instinto del alma, que las daña. Saben que esa tierra esta yerma, pues miran y no ven ni flores ni frutos; y como el agua, no quieren estancarse, pudrirse y morir.

Y es que no lo pueden evitar, tal es la naturaleza de lo que vive, los niños vienen nimbados de esa aureola de un mundo divino, no triturado aún por una mente laberíntica y sombría. “Dejadlos que se acerquen a mí, porque de ellos es el Reino de los Cielos” dijo el príncipe del consuelo y la paz. Allá donde estén, una nota de belleza e inocencia acompaña siempre sus juegos y aún sus silencios, y como en esta fotografía, sentados esperando en las estaciones de hierro y plástico de un mundo viejo, la sonrisa del amor los bendice, y la luz y promesa de los amaneceres guía sus pasos.

© Jose Carlos Fernández

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