FiloFoto

FiloFoto: the woman in white

© Pierre Polain Photographer
© Pierre Poulain Photographer

No podemos pensar, y por tanto, filosofar, sin contrastes. Si A es igual a A y todo es A, cómo puede la mente existir, o trabajar, si todo es A. Si existe unidad en el Universo, si este es Uno, realmente, cómo se establecen sus funcionalidades, sus gradaciones. Y por otro lado, cómo no va a ser uno, cómo puede no haber una unidad que sea el sentido, esencia, fin y realidad de todo lo que percibimos. Parménides solucionó este dilema de un modo elegante y magistral. Dijo que si hablamos de unidad, sólo nos podemos referir a Ella, y a nada más y la menciona como ONTOS, palabra griega que hemos traducido como Ser, y que el sabio de Elea figuraba como una perfecta esfera. Si hablamos del mundo, entramos en el reino de la opinión, de la doxa, de los juegos multiformes de sombras, en el laberinto de espejos que forma la materia primordial, Ella también esencialmente una. “La mente es la gran destructora de la realidad” pues deja de vivir en la inocencia áurea en que todo está unido y nada se ve ajeno. El contraste nos lleva, casi sin querer, a la paradoja, y la paradoja decía Unamuno que es lo que nutre a las almas grandes, pues son obligadas a usar las ruedas dentadas de sus potencias internas para vencer estas paradojas, para conquistarlas, dominándolas, armonizándolas, aceptándolas primero.
El contraste llama nuestra atención, nos despierta, es una voz que despierta nuestra vigilancia, que exige nuestra presencia de alma. Y cuando el alma se adentra en la vida estos contrastes, si no la quiebran, la forjan, como cuando la espada que está naciendo pasa del frío al fuego para adquirir filo y corte, dureza y flexibilidad a un tiempo. En la vida todo es unidad, pues la vida es una, perfecta, homogénea, elástica y plástica; es como la luz que todo lo baña e impregna, pues todo es, en su quintaesencia, luz, vida y movimiento. El alma-vida es también unidad, mas cuando entra en el mundo entra en el reino de las paradojas, y debe guardar esta unidad no eludiéndolas, pues tal es drogarse en la inconsciencia, sino armonizándolas, entendiéndolas, soportándolas, sufriéndolas hasta que se engarcen armonizadas en su “hilo-unidad” (sutratma llaman a esto los filósofos hindúes), como las cuentas de un collar.
El alma de la vida es como el alma de la fotografía: la luz, el color y los contrastes. Y ¡qué contraste el de esta imagen! En un mundo de miradas pétreas, inmóvil, vigilante; el blanco y puro sueño, vivo movimiento de una mujer, vestida de novia. El uno recuerda su pasado, lo dignifica con su inmóvil presencia, pero está ajeno a lo que durante el día corre y aún casi a los nuevos amaneceres: estos sólo arrancan, como decía el filósofo poeta autor del “Sueño de Ravana”, un gemido de silenciosa tristeza de su dura piedra, el lamento de lo que ya no está vivo y espera ser liberado de su prisión. La otra, persiguiendo sus sueños, es también insensible al pasado, y casi al presente, pues el futuro, nuevas flores y frutos la llaman y ella corre, como todos nosotros, tras ellos. Parece la blanca novia un rayo de luna, o la luz huidiza de una intuición, que nos tiente para arrancarnos de nuestra inmovilidad. Los filósofos herméticos decían que todo aquello que podamos encontrar fuera, con los sentidos, es que vive como idea dentro nuestro, somos el microcosmos de un macrocosmos, el espejo mismo del universo. Entonces nosotros mismos somos la novia que corre, esperanzada, o la intuición que nos llama hacia lo bueno y mejor; y la piedra que se resiste, no porque en este caso quiera honrar a su pasado, en una guardia perenne, sino porque no somos capaces de liberarnos de él. Esperamos que los dedos también de piedra, o sea, abrasivos, del tiempo, deshagan la imagen en la que estamos prisioneros. No pensamos que si no seguimos ese rayo de luna de intuición, el tiempo, enemigo del que se contenta, nos va a deshacer, pero antes nos va a deformar, despojándonos de las aristas, de los perfiles de gloria y honra que nos sostienen, en tanto que almas vigilantes y guerreras.

Jose Carlos Fernández

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