Literatura

Fiel (poesía de Guerra Junqueiro)

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Guerra Junqueiro

Un homenaje a nuestro siempre fiel compañero, el que nos da ejemplo siempre de la más incondicional de las lealtades. Escrito en la vigorosa poesía de Guerra Junqueiro (1850-1923), vate portugués admirado, y amigo de nuestro Miguel de Unamuno.

 

En la luz de su mirada tan lánguida, tan dulce,

Había un no sé qué

De íntimo disgusto:

Era un perro ordinario, un pobre perro callejero

Que no tenía cólera ni pagaba impuesto.

Acostumbrado al viento y acostumbrado al frío,

De noche recorría barrios de miseria

Buscando qué cenar.

Y al ver surgir la etérea palidez de la luna,

El viejo can aullaba una canción funesta,

Triste como la tristeza oceánica del mar.

Cuando llovía demasiado y el frío era inclemente,

Iba a abrigarse a veces a los portales;

Y cuando se le mandaba irse, partía humildemente,

Con resignación en sus ojos virginales.

Era tranquilo y bueno como las mansas palomas;

Nunca ladró ni a un pobre con su capa en harapos:

Y, como no mordía a los mozalbetes temerosos,

Estos entonces, le corrían a pedradas.

 

Una vez, casualmente, un pintor miserable

Un bohemio, un soñador,

Encontró en la calle al perro solitario:

El artista era un alma heroica y desgraciada,

Viviendo en una oscura y mísera buhardilla,

Donde sobraba genio y faltaba pan.

Era uno de esos que aman la gloria con rojas llamaradas,

Este gran amor fatal,

Que unas veces conduce a la victoria fastuosa,

Y otras veces lleva al cuarto de hospital.

 

Y al ver, sobre el lodo a este esquelético can plebeyo,

Le dijo: -“Tu destino es semejante al mío:

Yo soy como tú, un proletario hecho pedazos,

Sin familia, sin madre, sin casa, sin abrigo;

¡Y quién sabe si hallaré en ti, oh perro viejo de cloaca,

A mi primer y verdadero amigo!…”

 

En el cielo azul brillaba una luz etérea y calma;

Y se veía en el perro vil, en sus ojos misteriosos,

La desesperación y el ansia de un alma,

Que está prisionera y no puede hablar.

El artista supo leer en las brasas de esa mirada

El elocuente silencio de un gran corazón;

Y le dijo así: “Fiel, vayamos para casa:

Tú eres mi amigo, y yo soy tu hermano.”

 

Y vivieron después así durante largos años,

Leales compañeros, heroicos puritanos,

Dividiendo por igual privaciones y dolores.

Cuando el artista infeliz, exhausto y miserable,

Sentía morir la llama del genio inquebrantable

De los fuertes luchadores;

Cuando, incluso acudía a su mente la idea

De quebrar con un disparo su ultérrima esperanza,

Poner un punto y final a su destino atroz;

En ese instante los ojos buenos, serenos del can,

Murmuraban: “Sufro, y la gente sufre menos,

Cuando se ve sufrir también a alguien por nosotros”

 

Mas un día, la Fortuna, diosa millonaria,

Entró en su cuarto, y dijo alegremente:

“¡Un genio como tú, viviendo como un paria,

Prisionero con la lúgubre cadena del hambre!

Yo debía haberte dado ya hace mucho esta sorpresa,

Yo debía haber venido aquí a buscarte;

¡Pero vivías tan en la altura! Y te lo digo con franqueza

Me costaba subir hasta el sexto piso.

Acompáñame; la gloria ha de arrodillarse a tus pies!…”

Y así fue: y al día siguiente las bocas de las Frinés

Para él abrieron su risa encantadora;

¡La gloria deslumbrante iluminó su vida

Como bella alborada espléndida, nacida

A toques de clarín y a redobles de tambor!

 

Era feliz. El perro

Dormía en la alfombra a los pies de su lecho,

Y venía, por la mañana, a besarle la mano,

Gimiendo con un aire alegre y satisfecho.

¡Pero hay! El dueño ingrato, el ingrato compañero,

Sumergido en pasiones, en gozos, en delicias,

Ya poco toleraba las festivas caricias

De su leal sabueso.

 

Fue pasando el tiempo; el perro, el desgraciado,

Ya viejo y abandonado,

Fue muchas veces golpeado y castigado

Por la simple y sola razón de ir tras su dueño.

Como andaba nauseabundo y se le cayera el pelo,

Finalmente, hasta el dueño sentía asco al verlo,

Y mandaba cerrarle la puerta del salón.

Le metieron después en un cuarto frío y oscuro,

Y le daban de cenar un hueso blanco y duro,

Cuya carne sirviese a los dientes de otro perro.

 

  Y era él como un andrajoso, abyecto asesino,

Condenado a un calabozo, a grilletes, a galeras:

Si comenzaba a gemir, llorando su destino,

Los criados, brutales, le daban puntapiés.

Corroyera su cuerpo la negra lepra infame.

Cuando al sol exhibía sus podredumbres obscenas,

Se le posaba en el lomo el cáustico enjambre

De las moscas de gangrenas.

 

Hasta que un día, al fin, sintiendo que moría,

Dijo: “No moriré aún sin verlo;

A sus pies quiero dar mi último gemido…”

Entró en su cuarto, como un bandido.

Y el artista al entrar vio al sabueso inmundo,

Y gritó, violentamente:

“¡Aún por aquí este sórdido animal!

Es preciso acabar con tanta impertinencia,

Que esta bestia está podrida, y ya huele mal!”

Y, posando en él la mano, cariñosamente,

 Le dijo, con aires de muy buen amigo:

“¡Oh, mi pobre Fiel, tan viejo y tan enfermo,

Aunque te cueste, ven aquí conmigo.”

 Y los dos salieron. Todo estaba desierto.

La noche era sombría; el muelle estaba cerca;

Y el viejo condenado, el pobre leproso,

Aquejado de dolores inmensos

Sintió, junto a sí, como un presentimiento

El hondo sollozo monótono del agua.

 ¡Comprendió al fin! Había llegado al borde

De la corriente. Y el pintor,

Agarrando una piedra la ató en su collar,

Fríamente, cantando una canción de amor.

Y el sabueso, sublime, impasible, sereno,

Miraba las negras sombras mudas 

Com aquella amargura ideal del Nazareno

Recibiendo en la faz el ósculo de Judas.

Se decía a sí mismo: “Es igual, poco importa.

Cumplir su deseo, ese es mi deber:

Fue él quien un día abrió su puerta:

Moriré, si con ello le doy algún placer”

 

Después, súbitamente,

Lanzó el artista al perro en las frías aguas.

Y al darle la patada cayó en la corriente

El gorro que traía,

Un nostálgico y adorado recuerdo

Otrora concedido

Por la criatura más gentil y caprichosa,

Que amara, como sólo una vez se ama en la vida.

 

Y al recogerse en casa, exclamó, furioso:

“¡Y a causa de este perro he perdido mi tesoro!

¡Bien mejor habría sido envenenarlo!

“¡Maldito sea el perro! Montes de oro daba,

Riqueza, gloria, vida, futuro daba,

Para volver a ver tan precioso objeto,

Dulce recuerdo de aquel amor tan puro.”

Y se acostó nervioso, alucinado, inquieto.

No podía dormir.

Hasta que al nacer la viva claridad de la mañana,

¡Sintió que a la puerta llamaban! Se levantó para abrir.

Retrocedió con espanto: era Fiel, el perro,

Que volvía jadeando, exánime, encharcado,

Trémulo y aullando en su último estertor,

Cayendo de su boca, al tumbarse fulminado,

El gorro del pintor!

 

Traducción: Jose Carlos Fernández

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