Historia

El primer manifiesto feminista de la Historia (II)

Alfons Mucha (1860-1939)
Alfons Mucha (1860-1939)

(leer parte I aquí)

Para defender esta tesis, invocará los relatos históricos auténticos, las explicaciones claras y el testimonio de las Santas Escrituras, así como los dictámenes extraídos de los dos derechos (el canónico y el civil).

Y apoyado en la ciencia de los nombres (tan cara a los kabalistas), que nunca son casuales pues el soberano Creador de las cosas y sus nombres ya las conocía antes de asignarles un nombre, y Él, que no puede equivocarse, asignó los nombres en la medida en que servían para expresar la naturaleza, propiedad y uso de cada cosa; determina que la mujer es tan superior al hombre como lo es la vida a la tierra en que se manifiesta. Porque mujer, Eva, significa “vida” en la lengua hebrea, mientras que el primero hombre, Adán, significa “tierra”.

Además lo que es creado en último término, para coronar la obra, es lo más perfecto, y la mujer fue creada después que el hombre, pues La Creación de Dios se sometió a un orden consistente en empezar por una cosa notable y terminar con una segunda cosa excelente y sólo después de crearla a ella los cielos, la tierra y todos sus ornatos quedaron culminados. En consecuencia después de que el Creador formó a la mujer descansó, pensando que ya no había más bello que crear, pues en ella quedaba resumida y llevada a la perfección toda la sabiduría y poder del Creador, de manera que después de ella ya no podemos hallar o imaginar ninguna otra criatura. Y habida cuenta que la mujer es el término último de la creación, el más perfecto cumplimiento de todas las obras de Dios y la perfección del Universo mismo, ¿quién discutirá que merece la excelencia por encima de toda otra criatura?

Y así, entrando en imágenes más abstrusas, pero llenas de significado: Ya que el mundo fue creado por Dios como un anillo de perfección absoluta, consideró necesario que éste quedara cerrado con un elemento que fuera como un eslabón capaz de reunir a la perfección el principio y el final del círculo, pues, en cierto modo, lo femenino es símbolo de la más luminosa sabiduría y también de la más acabada belleza, el alfa y el omega en el proceso de la creación. Esto fue expresado alegóricamente por las aguas del cielo (la sabiduría) y la espuma del mar de donde nace Afrodita, la diosa del amor y la belleza; o por la estrella (símbolo de la sabiduría en la filosofía egipcia y platónica) y el loto o la flor. El proceso por el que el hombre se convierte en una estrella (es decir, por el que se funde con su ideal de perfección, con su Dios interior) fue comparado al trabajo alquímico de la naturaleza que hace de una masa de barro (tierra y agua) una flor de inmaculada belleza, pues en cualquier obra de la naturaleza, del hombre o de Dios (los tres lados del Triángulo Místico), el fin siempre es el primero en la intención y el último en ejecución. La mujer fue la última obra de Dios y Él la introdujo en nuestro mundo como regente de un reino que fue dispuesto para ella, adornado y perfecto en todo. Por tanto, es justo que toda criatura la ame, la honre y la respete, y justo es que toda criatura le esté sometida y la obedezca, pues es la reina de todas las criaturas, su fin, la perfección y la gloria completa de todo. Por eso el sabio dijo de ella: Ha hecho brillar su noble origen viviendo con Dios, pues el Señor de todas las cosas la ama.

Además si el hombre fue creado de materia inanimada o un limo vil, la mujer fue creada desde una materia purificada, dotada de alma y vida, esto es, un alma razonable, partícipe de la divina inteligencia, o sea, desde Adán.

Es sorprendente, para nosotros en el siglo XXI, recordar hasta qué punto las Escrituras eran interpretadas literalmente, y los hechos narrados, completamente inverosímiles, eran tan ciertos como la palabra de Dios[1], y se enseñaba sin tapujos que el mundo había sido creado hace seis mil años. Hoy sabemos que la Biblia es una compilación de muy diversos libros de diferentes épocas y aún culturas: encontramos en ellos copias de textos súmeros e incluso literales de tratados egipcios (los llamados Sebait- Sabidurías) escritos mil años antes. Esto no le resta valor si estudiamos los textos alegóricamente, según los esquemas de la Sabiduría Antigua, posiblemente la misma entre los Iniciados de Grecia, Egipto, Babilonia, Persia, India y aún de las civilizaciones americanas, por ejemplo, como es fácil de comprobar estudiando de un modo comparado los símbolos que forman la base de cada una de sus religiones. ¿Por qué son comunes en todo el mundo las pirámides como elemento arquitectura sagrada, el número siete, el valor de la serpiente y el huevo, la cruz, el símbolo del árbol de la Vida y el de la Ciencia, el corazón como sede de la conciencia moral, el conocimiento –no fácilmente deducible- de la proporción de oro, el valor de la piedra verde asociada a la resurrección tras la muerte o a la renovación del alma a través de los ciclos, el culto a Venus (Lucifer) como aquel que otorga la luz de la mente, y tantos otros elementos comunes?

 

Que Eva fuese creada desde la costilla de Adán tiene muchos significados según la clave de interpretación que usemos: fisiológica, alquímica, matemática, teogónica, psicológica, etc; pero recordemos, por ejemplo, que la palabra y la imagen “costilla” es representada en Egipto por un jeroglífico con forma de costilla, el jeroglífico IM[2], que significa “costilla”, “amada” (en el sentido de media naranja, o la otra mitad de uno), ½; y que en la anatomía esotérica la costilla, como hueso largo y curvo que es está asociado a la Luz Divina[3], y como tal protege el corazón (que simboliza al Sol); y que su forma –de la costilla- fue la que simbolizó a la Luna, como cuarto en creciente, símbolo, por tanto de lo femenino. Estos, y muchos otros significados están ocultos bajo el velo de la alegoría de la creación de Eva. Cuántos de estos significados, y muchos más, seguro, de los que nosotros podemos precisar en estas líneas, sabía Cornelio Agripa y enseñaba a sus discípulos de un modo secreto; lo ignoramos.

Así pues, la argumentación bíblica que hace el mago, no sabemos si lo hace de un modo alegórico o literal, aunque sospechamos lo primero.

Dice, por ejemplo que Eva fue creada en el Paraíso, mientras que Adán fuera de él, lo que está cargado de simbolismo; por ello la mujer es superior al hombre, y, si éste, dice, es una obra de la naturaleza, la mujer es una creación de Dios.

Continúa la argumentación haciendo un estudio anatómico y de belleza, recordando que la belleza no es más que el fulgor del rostro y de la luz divina que se encuentra en las cosas cuando resplandece a través de un cuerpo armonioso. Y otorga, sin dudarlo –nadie lo hace- el premio de la belleza, armonía de movimientos, equilibrio, delicadeza, dulzura de los gestos y de la voz a la mujer, en que todos sus miembros rebosan savia. Y, añade, que habría que estar ciego para no ver de qué forma el propio Dios ha reunido en la mujer toda la belleza que el mundo entero puede contener, y cómo todos los seres quedan deslumbrados por su belleza, amándola y venerándola con infinitos títulos.

Continúa refiriéndose a los amores de los Dioses griegos por las mujeres, con las que engendraron a los héroes, o de los hijos de Dios con las hijas de los hombres; continúa con la belleza y dones celestiales de las heroínas bíblicas, desde Rebeca hasta Judith; luego a las historias de las santas vírgenes; y cómo la naturaleza acordó más pudor a las mujeres que a los hombres, pudor que puede observarse, por ejemplo[4] con particular evidencia en los casos de las ahogadas; en efecto, según la autoridad de Plinio y según el testimonio de la propia experiencia, la naturaleza, conservando el pudor de las fallecidas, hace que el cadáver de la mujer flote con el vientre hacia abajo, mientras que el cadáver del hombre flota sobre la espalda.

La cabeza del hombre es afeada, dice con la calvicie, lo que raramente sucede en la mujer, lo mismo barba de pelos innobles que les son muy molestos, siendo envilecido hasta tal punto que apenas se les puede distinguir de los animales salvajes. El rostro de las mujeres, por el contrario, permanece siempre puro y bello. Las exhalaciones vitales del hombre son más violentas: la prueba más evidente de la limpieza y pureza de la mujer es que si se baña cuidadosamente una sola vez, al volverse a sumergir en agua clara no queda en ésta rastro alguno de suciedad, mientras que el hombre, aunque se bañe repetidas veces, enturbia y ensucia el agua cada vez que vuelve a lavarse.

Y hasta en la forma de tropezando, caer al suelo somos diferentes, dice: Por otra parte, entre todos los seres animados, tan sólo los hombres tienen la capacidad de dirigir su rostro hacia el cielo, y la naturaleza y la fortuna han sido tan maravillosamente atentas y llenas de consideración hacia la mujer que si por azar alguna de ellas tropieza, cae casi siempre al revés, de modo que no aconcha jamás la cabeza o el rostro contra el suelo, salvo por voluntad propia.

Superiores en la capacidad de cuidar a los enfermos, a los niños, vitalidad para protegerse de las enfermedades, y curarse por sí mismas por una especie de instinto del que carecen los hombres. ¡Que puedan por sí mismas concebir a través de los aires espermáticos que llamaban en la Edad Media, eso no lo aceptamos!

También en el divino don de la elocuencia que por encima de todos nos hace superiores a las bestias, que Mercurio Trismegisto estima tan precioso como la misma inmortalidad y que Hesíodo llama el mejor tesoro del hombre. ¿Acaso no se expresa la mujer con más facilidad y habilidad y con mayor abundancia que el hombre? (…)

Sin duda la propia naturaleza, arquitecto del mundo, en su providente sabiduría hacia el género humano, acordó a la mujer ese privilegio (…) Ciertamente es bello y digno de alabanza estar por encima de los hombres en aquel punto donde los humanos son particularmente superiores al resto de criaturas vivientes.

Aduce creencias que ahora sabemos de mitología pero que antes se pensaba de ciencia natural, y que quizás tengan un simbolismo que se nos escapa. Añadiremos a este testimonio un privilegio natural entre los animales: el hecho de que el rey de todos los animales y el más noble de entre ellos, el águila, siempre es hembra y jamás es macho. Los egipcios nos han contado por su parte que no existía más que un fénix y que era hembra.

Los nombres de todas las artes liberales por las que el hombre se diferencia del bruto son femeninos: Matemática, Arquitectura, Música, Escultura, etc, etc; lo mismo con las virtudes, que todas tienen nombre de mujer y las diversas partes del globo terrestre: Asia, Europa, América…

En síntesis, es lo que Platón afirmaba y repite Agripa, las mujeres tienen las mismas posibilidades que los hombres, demostrémoslo con ejemplos, y así descubriremos que no hay hazaña, sea cual sea el talento, realizada por los hombres que no haya sido llevada a cabo por las mujeres con igual brillo.

Inclusive –tema tabú en su época, como lo es hoy- en el arte del sacerdocio fueron las mujeres ilustres, entre los gentiles: Melisa, sacerdotisa de Cibeles, a partir de la cual las restantes sacerdotisas tomaron el nombre de Melisa; y Hipecaustria fue sacerdotisa de Minerva; Mera, de Venus, Ifigenia, de Diana, y las sacerdotisas de Baco fueron célebres bajo diversos nombres: Tíades, Ménades, Bacantes, Elíades, Mimalónides, Edónides, Eutíades, Basárides, Triatérides. Y entre los judíos, Maria, hermana de Moisés, entraba con Aarón en el santuario y era considerada como una sacerdotisa[5]. En nuestra religión, por más que esté prohibido a las mujeres el ejercicio del sacerdocio, sabemos por la historia que una mujer que no había revelado su sexo alcanzó el soberano pontificado. Ninguno de entre nosotros ignora el esplendor de tantas santas abadesas y monjas a quiénes los antiguos no privaron del nombre de sacerdotisas.

En la profecía y en la magia, en la filosofía y en la teología, en la elocuencia y en la poesía, hace resonar Cornelio Agripa los nombres de mujeres ilustres que igualaron e incluso sobrepasaron a los varones.

Y dice, ahora, el punto clave de la cuestión, el gran error claramente machista e injusto traspasado a lo largo de los siglos desde la caída del Imperio Romano, hasta casi el siglo XX (y hablamos en Occidente, pues en la mitad del globo este error se perpetúa, como si viviesen en la Edad Media, edad que pienso, nos va a sobrecoger a todos de nuevo en breve): y si en nuestros días no se hubiese prohibido a las mujeres cultivarse, aún hoy mujeres muy instruidas pasarían por ser más inteligentes que los hombres.

 

Y en un ritmo jocoso, pero que no deja de tener razón: Ocupémonos ahora de cuestiones frívolas y de las fábulas de los poetas, así como de las disputas palabreras de los dialécticos. ¿Acaso no los superan las mujeres en todos los terrenos? En ninguna parte existe un orador dotado con un talento tan grande que sea capaz de superar en persuasión a la última de las prostitutas. ¿Qué aritmético es capaz de engañar a una mujer si comete un error de cálculo al pagarle una deuda? ¿Qué músico las iguala en el canto y en el encanto de la voz? ¿Acaso las predicciones y pronósticos de los filósofos, los matemáticos y los astrólogos no suelen ser superados por los de las campesinas? ¿Y no es cosa frecuente que una buena vieja ofrezca mejores cuidados que un médico? El mismo Sócrates, el más sabio de los hombres si damos crédito al testimonio de Apolo, no consideró indigno de él, cuando ya era muy viejo, adquirir conocimientos de una mujer, Aspasia, no menos que el teólogo Apolo, que no se ruborizó por haber sido instruido por Priscila.

Continúa después con las virtudes de mujeres ilustres romanas y cómo estaban infinitamente mejor consideradas en las leyes de la Ciudad Eterna que en las del tiempo en que vivió el mismo Agripa. En Roma, los bienes de la mujer y su marido eran comunes, y desde época de Rómulo, dice existía la costumbre de que cuando introducía a su esposa en la casa, le dijese: Dónde tú estás, yo soy, significando con ello: Dónde tú eres soberano, yo soy soberana. Tú eres el amo, yo la ama.

Valientemente llega al final de su tesis, y expone prestigio, fortuna y aún ser preso por la Inquisición para defender los derechos de la mujer, la restitución de su dignidad, pisoteada por una interpretación arbitraria de los textos bíblicos y cristianos (como se preocupa en analizar en este mismo opúsculo), por las costumbres y por la ignorancia: Pero en nuestros días, la excesiva tiranía de los hombres ha prevalecido sobre el derecho divino y las leyes naturales, y la libertad que fue otorgada a las mujeres les es prohibida por medio de leyes injustas, suprimida por la costumbre y el hábito, reducida a la nada por la educación. En efecto, apenas nace, la mujer es mantenida en el ocio y postergada en la casa desde sus primeros años y, como si fuera incapaz de funciones más importantes, no tiene más porvenir que la aguja y el hilo. Después, cuando alcanza la pubertad, se la entrega al celoso poder de un marido o se la encierra para siempre en un claustro de religiosas. Los cargos públicos les están prohibidos por la ley; ni tan sólo a las más prudentes de entre ellas les está permitido aplicar una acción de justicia. Son excluidas del ámbito de la justicia, de los juicios, de la adopción, del derecho de ser oposición, de la administración, del derecho de tutela, de los asuntos de sucesión y de los procesos criminales. Se las excluye también de la predicación de la palabra de Dios, contradiciendo con ello a la escritura, en la que el Espíritu Santo, por boca de Joel, les prometió: También vuestras hijas profetizarán, como sucedió efectivamente en los tiempos de los apóstoles, cuando enseñaban públicamente, como sabemos de Ana, esposa de Simeón, de las hijas de Felipe y de Priscila, esposa de Aquila.

Pero nuestros nuevos legisladores tienen tan mala fe que no tienen en cuenta el mandato de Dios, y han decretado según su propia tradición que las mujeres, antaño siempre consideradas como naturalmente eminentes y de una destacable nobleza, son de condición inferior a los hombres, como los vencidos ante los vencedores, y esto sin ninguna razón o necesidad natural o divina, sino tan sólo por presión de la costumbre, de la educación, del azar o de cualquier situación tiránica.

No sabemos si nuestro sabio conocía de un modo secreto los textos sagrados de la India Antigua, pero en el libro de costumbres y código legal por excelencia de su pueblo que se expandió por toda Asia y Europa, el Manava Dharma Shastra (El Libro de las Leyes de Manú) se dice que donde no se honra a las mujeres como es debido, todas las divinidades están insatisfechas, y por tanto nada, nada puede florecer: Nadie es capaz de resumir las infinitas alabanzas que merecen las mujeres, ellas, que están en el origen de nuestro ser, ellas, que aseguran la conservación del género humano, el cual estaría sin ellas abocado a la pérdida, ellas, de quien depende toda familia y todo estado.

 

Jose Carlos Fernández

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[1] Conviene recordar que en el pensamiento religioso y filosófico antiguo, la Palabra de Dios era el Alma de la Naturaleza o la Naturaleza misma. Todo cuanto vive es la huella de este Logos que se puede traducir como “palabra”, “acción”. Filosóficamente, la palabra Logos significa la expresión objetiva de lo subjetivo. La palabra es la cristalización o expresión objetiva del pensamiento y la acción de la voluntad. Evidentemente atribuir la Palabra de Dios, a un Libro Único, en vez de a la Naturaleza o a la Sabiduría escrita o no, es un malabarismo teológico por el que estamos pagando con sangre desde hace más de dos mil años. Deberíamos recordar que hace tan sólo un siglo y medio más de la mitad de los cristianos del mundo creía de un modo categórico que el mundo había sido creado hace seis mil años, más específicamente el 23 de octubre del 4004 a. C. a las 9 de la mañana: Esta es la fecha determinada examinando atentamente la sucesión de Patriarcas, por el clérigo Lignfoot, enseñada y aceptada hasta el siglo XIX.

Desde luego, la Biblia cristiana, como la mayor parte de los Libros (Biblias) Sagradas de las civilizaciones antiguas debe ser leída alegóricamente, y cuando se conocen las llaves y sistemas de encriptación se descubre un tesoro de enseñanzas sobre las preguntas fundamentales que puede hacer el hombre a la Naturaleza, a la vida y a sí mismo. Es posible que Cornelio Agripa conociera mucho más de lo que se deduce abiertamente en este tratado, y si lo examinamos atentamente vamos a comprobar que él trata el asunto de un modo simbólico, aunque en su demostración se apoye en estos relatos como hechos ciertos, dado que eran aceptados de un modo indudable por aquellos a quienes esta obra estaba dirigida.

[2] El clasificado como Aa 13 en la lista de jeroglíficos egipcios de Gardiner

[3] Este concepto de Luz Divina –Budhi, en sánscrito- es el mismo de Shekinah de la Kábala Hebrea, que es traducido como “esplendor divino”, semejante al Maya de la India, que es el primer velo de luz sobre Parabrahmán (el Logos, en una clave), la magia creadora del alma de la Naturaleza, el Eterno Femenino.

[4] Esta es una de las observaciones que nos dejan estupefactos, ¿son ciertas de algún modo? ¿alguna vez se ha estudiado este hecho que él llama experimental?

[5] Ex. XV, 20, 21.

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