Historia

El primer manifiesto feminista de la Historia (I)

Alfons Mucha (1860-1939)
Alfons Mucha (1860-1939)

Todos sabemos que, la segunda mitad del siglo XIX y todo el siglo XX han sido un tiempo de esforzada lucha de las mujeres por conseguir una posición de igualdad con respecto a los hombres. También sabemos que esta igualdad es una conquista de nuestro mundo occidental, el que rige aún las corrientes de pensamiento del orbe. Y sabemos, que por desgracia muchas de estas conquistas legales y morales que han permitido elevar bien alto la bandera de los derechos humanos pueden ser fácilmente arrebatadas en el ambiente de materialismo, pavor, pérdida de los ideales y del sentido de la vida que respiramos; en la crisis moral y humana, en definitiva que alza sus negras alas sobre nuestro siglo XXI d. C., quizás el último de su nombre y serie.

Es evidente, para quien lo piense bien, que ni el hombre es superior a la mujer ni esta lo es al hombre. Y que tampoco son iguales, sino bella y maravillosamente complementarios. La percepción del mundo, del espacio, de las relaciones humanas, de los objetivos de vida, en general son diferentes y complementarios, lo que nos enriquece mutuamente. Si lo masculino es una fuerza centrífuga, lo femenino es la centrípeta que conserva y da estabilidad a la vida. O sea, lo que es necesario es igualdad de derechos y también –que muchas veces se olvida- derecho a la diferencia. Platón, en la más que machista Atenas del siglo V a. C. dice, en la República que todo trabajo que pueda hacer un hombre lo puede hacer una mujer, algo que nuestra cultura ha tardado veinticinco siglos en aceptar y comprobar experimentalmente: Desde ir a la Luna, hasta sumergirse en los abismos marinos, participar en primera línea de combate en las tropas de élite, etc, etc. Los filósofos platónicos del Renacimiento afirmaban que lo masculino y lo femenino permitían la electricidad de la vida, no sólo para engendrar nuevos niños sino para dar vida a un sueño, a un proyecto: crear y dar formas, no sólo en lo material sino también en lo sutil y más luminoso.

La desigualdad que ha sufrido la mujer en nuestra cultura occidental asienta sus raíces en la mentalidad judeocristiana de ésta, pues desde la caída del Imperio Romano y la desaparición de ese modo de relacionarse con la Naturaleza que fue denominado en la Edad Media “gentil” o “pagano”; la forma de pensar que ha predominado ha sido forjada en las historias y mitos de la Biblia, el Antiguo Testamento de origen hebreo y el Nuevo cristiano propiamente dicho. Las metáforas, las asociaciones de imágenes, la valoración de los hechos, los paradigmas que han regido nuestro cotidiano vivir, todas las figuras de nuestro lenguaje mental y psicológico han derivado de las páginas de este libro. Las reformas a este modo de pensar; por ejemplo en el Renacimiento o desde la Revolución Francesa han sido forjadas con el yunque y martillo de las ideas griegas y romanas. Sólo en el siglo XX se comenzaron a sentir con fuerza los vientos de Oriente, por desgracia no siempre los más puros y generosos: su doctrina del ahimsa o no-violencia no siempre fue entendida en su dimensión espiritual y degeneró muchas veces en una apatía e indiferencia cómplice, un “todo vale” o “nada tiene importancia” tan propios de una sociedad en descomposición.

Helena Petrovna Blavatsky, llamada tantas veces, la mujer más sabia de su tiempo, maestra e inspiradora de un Edison, Yeats, Willian Crookes, A. Wallace, Gandhi y tantas otras lumbreras del siglo XX; escribió en el XIX un artículo, titulado Progreso y Cultura[1], del que extraeremos algunas citas. El artículo defiende la tesis de cómo fue la Iglesia cristiana quien arrebató los derechos y la dignidad a la mujer, tras la caída del Imperio Romano. Y las citas dejan clara la matriz intelectual en que se forjó la inferioridad, dependencia y casi nulidad de la mujer con respecto al hombre: Y ya sabemos, las civilizaciones nacen y mueren, pero las ideas y creencias se perpetúan milenios de una forma más o menos velada. Las citas, acompañadas de varios párrafos aclaratorios de la autora y una ironía, al final, son los siguientes:

Escribe Mrs. Mary A. Livermore: “Los Padres de la primitiva Iglesia denunciaron a las mujeres como animales dañinos, males necesarios y peligros domésticos”

Lecky dice: “Invectivas feroces contra el sexo constituyen una parte importante y grotesca de los escritos de los Padres”

Dice Mrs Stanton que tanto los Libros Sagrados como el clero enseñan que la mujer es la autora del pecado, la cual, en connivencia con el demonio, efectuó la caída del hombre.

Recuerda Gamble que en el siglo IV santos varones discutieron seriamente la cuestión: ¿Debe llamarse a las mujeres seres humanos?

Mas oigamos a los mismos Padres de la Iglesia. Tertuliano, dirigiéndose a la mujer, la alaba en estos términos: “Sois la puerta del infierno, la ladrona del árbol prohibido, la primera desertora de la Ley Divina; sois la que persuadisteis a aquel a quien no tenía el demonio bastante valor para atacar. Destruisteis la imagen de Dios, el hombre”

Exclama Clemente de Alejandría: “¡Causa vergüenza reflexionar acerca del carácter de la mujer!”

Dice Gregorio el Taumaturgo: “¡Entre mil, puede hallarse un hombre puro; a una mujer, jamás!”

“La mujer es el instrumento del demonio” –San Bernardo

“Su voz es el silbido de la serpiente” –San Antonio

“La mujer es el instrumento que emplea el demonio para apoderarse de nuestras almas”- San Cipriano

“La mujer es un escorpión”- San Buenaventura

“La puerta del demonio, la senda de iniquidad”- San Jerónimo

“La mujer es hija de la falsedad, centinela del infierno, enemiga de la paz” –San Juan de Damasco

“De todas las fieras, la más peligrosa es la mujer” –San Juan Crisóstomo

“Posee la mujer el veneno de un áspid, la malicia de un dragón” –San Gregorio el Grande.

¿Cómo es de extrañar, pues, que con semejantes instrucciones de los Padres a los hijos de la Iglesia cristiana, “no cuenten con la mujer ni la consideren igual a los hombres?

A pesar de eso, la mujer emocional, aun en estos tiempos de progreso, constituye, como siempre, el principal defensor de la Iglesia.

Más aún; ella es la causa única, si hemos de creer en la alegoría bíblica, de que existan cristianismo y templo alguno. Porque, ¿dónde estarán estos de no haber escuchado nuestra madre Eva a la tentadora serpiente? Primero, no habría pecado; segundo, habiendo sido frustrado el demonio, no habría necesidad de redención alguna ni de que ninguna mujer tuviese “semilla” a fin de que “aplastara la cabeza de la serpiente”; y así no habría Iglesia ni Satán. Porque, según la expresión de nuestro antiguo amigo el Cardenal Ventura de Raulica, Satán-serpiente es “uno de los dogmas fundamentales de la Iglesia y sirve de base al cristianismo”. Suprimid esta base y el edificio entero se desploma, cayendo en las obscuras aguas del olvido.

Y sin embargo, durante varios siglos, ya en la misma Edad Media, se hicieron tentativas de dulcificar el carácter de los hombres y defender el status y condición de la mujer, como por ejemplo la obra del Condestable Alvaro de Luna en su “Historia de las Mujeres Ilustres”. Débiles intentos cara a los vientos medievales que soplaban: de poco servían la grandeza y sabiduría de una Hildegard von Bingen para apaciguar la brutalidad y el machismo tan enemigos del natural derecho de gentes romano.

En el Renacimiento, un filósofo, hebraísta, alquimista, médico y mago, Cornelius Agripa de Nettenstein, una de las mentes más lúcidas del Renacimiento alemán y sin duda un Iniciado en los Misterios de la Naturaleza; quiso también aportar su esfuerzo en civilizar a sus contemporáneos en el trato a la mujer y en su educación. Y llegó a tener la audacia – y esto sin precedentes, pienso, en más de mil años de historia y varios siglos anticipado a su tiempo- de presentar a la mujer como indudablemente superior al hombre en todos los aspectos, ya en lo metafísico, en lo psicológico o en lo corporal. Se trata de su opúsculo De la Nobleza y Excelencia del Sexo Femenino, escrito cuando tenía 23 años, pero editado finalmente 23 años después, en el 1532; y dedicado a la reina Margarita de Austria y Borgoña.

Y no olvidemos que este texto no fue escrito por un “Don Nadie”, Cornelius Agripa es verdaderamente excepcional y merece que nos adentremos un poco en su biografía.

Nace el 16 de noviembre de 1486 en la ciudad de Colonia, el mismo año en que Pico de la Mirándola publica sus Conclusiones Cabalísticas, y 23 años después que Ficino editase su traducción del Corpus Hermeticum, iniciando así el neoplatonismo renacentista. Pronto Cornelio se hizo famoso en su ciudad por no querer hablar otra lengua que el Latín. Con 20 años, según leemos en sus Epístolas, era secretario del Emperador Maximiliano I y estudiaba en la Universidad de París donde organiza una sociedad secreta, una fraternidad de jóvenes interesados en alquimia y magia. Viaja por España, las Islas Baleares e Italia y vuelve a Francia. Es discípulo del abad de Spanheim, Johannes Trithemius, que se convertiría también en maestro de Paracelso en Alquimia; y es a Trithenius[2] a quien envía, con 23 años, su manuscrito de De occulta philosophia, una obra verdaderamente ciclópea sobre magia, astrología, arte kabalística y sobre los talismanes y teología hebrea avanzada: una obra de obligada referencia para entender la magia renacentista y sus intentos de unir el cristianismo con las tradiciones paganas y cabalísticas, y que muchos estudiantes de Filosofía Oculta aún estudian.

En este mismo año de 1509 da clases en la Universidad de Dole sobre la obra kabalística de Jean Reuchlin De Verbo Mirifico (sobre la Palabra que hace milagros), escrita 13 años antes. Son clases gratuitas a las que asisten incluso miembros del Parlamento y que despertarán numerosas envidias y la alerta de la Inquisición. Se convierte en Profesor de Teología de esta misma universidad y es en este año que escribe la obra que vamos a comentar, un auténtico Manifiesto Feminista del Renacimiento. Jean Catilinet, jefe de la orden franciscana en Burgundia dictó un sermón contra Cornelio Agripa, acusándolo de herejía judía y nuestro mago tuvo que abandonar el continente. El emperador Maximiliano I le envió como embajador a Enrique VIII con un asunto ocultísimo (occultissimum negotium, escribió en sus Epístolas el mismo Agripa) e… inmediatamente después de esta misión (finales de 1511) Maximiliano I abandona a Luis XII y se une con el rey inglés contra Francia (lo que muestra la confianza del Emperador en su secretario y mago). En Inglaterra, Cornelio Agripa se aloja en la casa de un amigo de Erasmo y discípulo de Ficino, John Colet, quien enseñaba en Oxford acerca de las Cartas de San Pablo, las que expurgadas de añadidos son un tratado de Filosofía Hermética, la obra de un auténtico Iniciado en los Misterios[3] Y es aquí, en Londres, que Agripa escribe una Defensa contra la acusación de los Franciscanos.

En 1511, o sea, con 25 años, vuelve a la ciudad de Colonia e imparte clases en su Universidad, entra en el ejército y rápidamente alcanza el grado de Capitán, lo que, ya que era un grado militar muy superior al que ahora tiene ese nombre, demuestra la influencia de Cornelio Agripa y que pertenecía a la nobleza media. Participa, ya a finales de 1511 en el Concilio de Pisa, como teólogo alemán, y en él es excomulgado junto a otros que desafiaban la ortodoxia. Poco después muere el Papa y su sucesor, León X revoca esta excomunión en el mes de febrero de 1513. El Emperador Maximiliano I pone a Agripa al servicio de Guillermo IX Paleologos, marqués de Monferrat.

En 1512 enseña en la Facultad de Artes de la Universidad de Pavia sobre el Banquete de Platón. Desde esta fecha y hasta 1515 permanece en Italia como diplomático y como soldado al servicio del Duque de Milán; y estudia la obra de Ficino y de Pico de la Mirándola. A mediados de 1515 da clases en la Universidad de Pavía sobre el tratado hermético Poimandres traducido por Ficino del Corpus Hermeticum. Y se doctora en leyes y en medicina. A finales de este año escribe De triplici ratione cognoscendi Deum. Francisco I, rey de Francia, invade Pavía y nuestro mago pierde toda su fortuna y es obligado a abandonar la ciudad.

En 1516, y en esta biografía seguimos sus propias Epístolas, enseña Teología en la Universidad de Turín, y un año después se convierte en médico de la corte de Carlos III, Duque de Savov, pero le paga tan mal que rechaza el trabajo y se dirige a Metz donde se convierte en orador y abogado de la ciudad. Escribe sobre De originali peccato, y Sobre Geomancia, y un tratado sobre la plaga. En esta ciudad defiende a una mujer acusada de brujería por la Inquisición, obligando con su discurso al Santo Tribunal a retirarse del caso, y consigue que todos teman asociarse con él y nadie le de trabajo, por lo que tiene que abandonar la ciudad y se dirige otra vez a Colonia.

En 1520 Carlos V sucede al Emperador Maximiliano I y se convierte en el nuevo señor de Agripa. En 1521 viaja a Génova y se interesa por las doctrinas de Lutero. En 1522 le encontramos en Friburg (Suiza) trabajando como médico de la ciudad y también ayudando a los magistrados y usando sus dones diplomáticos.

En 1524 se dirige a Lyon como médico de la corte de Luisa de Saboya, Reina madre de Francisco I. Escribe allí su obra Comentario sobre el Ars brevis de Raimundo Lulio. En este mismo año una muy importante conjunción estelar despierta el interés de toda la ciudad por la astrología, hacer cartas se convierte en dinero fácil y quien pierde en este manoseo de la Astrología es la imagen de esta Ciencia Sacra, que se vulgariza. Este ambiente hace que el mago escriba una obra contra todos estos falsos astrólogos y aprendices de brujo, De incertitudine et vanitate scientiarum et artium, (De la falsedad y vanidad de las ciencias y artes). En 1526 la Reina madre le pide que haga una carta astral para ver cómo va a evolucionar la guerra de su hijo, el rey Francisco I contra Carlos V y los Borbones, pero el mago, como no le pagan sus honorarios en la corte, se niega y responde con acritud, asegurando, sin embargo que vencería Carlos V. Es obligado por esta actitud a permanecer en Lyon sin pensión y sin derecho a abandonar la ciudad.

Finalmente consigue dirigirse a Amberes donde trata de volverse a ganar el favor de la reina Margarita de Austria y nada más comenzar el año 1529, la reina consigue que le otorguen a Agripa el cargo de Cronista del Emperador Carlos V, así como licencia para imprimir sus libros. En Amberes monta su laboratorio alquímico y se rodea de numerosos discípulos, entre los que hallamos a Jean Wierus. Pero en el mes de agosto la peste se ceba con la ciudad y prácticamente todos los médicos la abandonan. Agripa permanece y trata la enfermedad[4]. Cuando regresan los médicos, envidiosos y culpables, le acusan de practicar la medicina sin el diploma adecuado, tratando de alejarle así de sus ricos clientes.

A finales del año 1530 la reina Margarita de Austria muere y Agripa vuelve a tener problemas económicos al no serle pagados sus retribuciones en la corte, posiblemente enojado Carlos V con el mago y cronista, por haber sido antes médico palaciego de la madre de su enemigo Francisco I.

Es en Amberes donde Agripa edita su primera edición de De Occulta Philosophia, y contra él se alzan Emperador, los monjes de Louvain y los escolares de la Sorbona. Quizás debido a ello, a mediados de 1531 Agripa abandona Amberes y se instala en Bruselas, en una pequeña casa en Mechlin. Un año después está en Poppelsdorf, y después en Bonn.

En 1533 finaliza su correspondencia y sabemos de su vida por su discípulo Jean Wierus. Los Dominicos (es decir, la Inquisición) le persiguen y presionan a Carlos V para que le condene a muerte por hereje. Huye a Francia, donde Francisco I le encarcela por la vieja ofensa del horóscopo. Carlos V, arrepentido, cambia la sentencia por el destierro. El mago se dirige a Lyon, pero no aparece por allí; es visto en Grenoble, y desde allí se pierde completamente la pista del filósofo. Sus manuscritos y cartas están en posesión de discípulos de confianza y ya no hay más rastro de él. En 1545 una nota anuncia su muerte, diez años antes en medio de extrema pobreza, enterrado en un monasterio dominico.

Este manifiesto feminista del que hablamos, escrito, como dijimos, en plena juventud de nuestro mago y filósofo usa por veces argumentos y se apoya en hechos frente a los que no podemos sino sonreír, si no reír abiertamente. Argumentos y hechos en los que se creía tajantemente en aquel tiempo: algunos de ellos de valor simbólico y otros que sería interesante comprobar experimentalmente. Algunos nos dejan estupefactos, por ejemplo, cuando afirma que la mujer tiene menos dientes que el hombre, “conocimiento”, evidentemente falso, heredado de Aristóteles. Cornelio Agripa afirma esto como prueba de la superioridad de la mujer, por ser más sutil, menos animal que el hombre, que “tiene más dientes”. ¿Pero cómo él siendo médico, y seguro que acostumbrado a trabajar con cadáveres puede decir esto sin haberlo constatado, no pudo haber contado sus propios dientes y los de su mujer para comparar? ¿O tiene que ver con las muelas del juicio, o quizás es un conocimiento simbólico expuesto, falsamente como un hecho de la naturaleza? No sabemos, es un misterio.

Este opúsculo comienza con la siguiente advertencia, imagino que muy polémica en aquel siglo:

Cesa ya, presuntuoso, de alabar al sexo masculino

más de lo conveniente: no sea que vanamente apiles alabanzas.

Cesa, si eres sabio, de aplicar al sexo femenino

pérfidos vituperios exentos de razón.

Si quieres, en tu balanza, apreciar con equidad cada uno de los dos sexos.

Todo hombre lo cederá a las mujeres.

Si vacilas en creerlo, si la cosa te parece difícil de admitir,

te ofrezco hoy un testigo aún desconocido.

Este libro, que en sus veladas Agripa ha sacado a la luz,

alabando, prefiriéndolo a los hombres, al sexo femenino.

 

Y la dedica, como dijimos, a la princesa Margarita de Austria, pues la escogí como sujeto de la obra Nobleza y excelencia del sexo femenino considerando que no estaría fuera de lugar consagrarlo y dedicarlo a una princesa que, y mucho más que todas las ilustres mujeres de nuestro siglo, aparece ante mí como un ejemplo único de la nobleza y excelencia de las mujeres, diciéndome a mí mismo que con una tal protectora y un testimonio tal, este pequeño libro hallaría una gran autoridad ante aquellos que no tienen más ocupación que criticar al sexo femenino.

Y desde luego, al editarlo, sabe las corrientes de desprecio y calumnias que va a originar: si alguien, movido por orgullo o presunción de su saber, lleno de desprecio por mi insignificancia o de malevolencia por mi talento, desprecia, calumnia, rasga o hiere mi obra, yo invocaré a tu Alteza y al fulgor de la nobleza femenina para que, por vosotros, sean protegidas y defendidas tanto mi obra como la gloria y excelencia de la mujer.

Y sabe que será tratado de espíritu afeminado pero no puede ni quiere dejar de expresar la consideración que le merece el género femenino, subyugado y sofocado en aquella época de ignorancia por los hombres: Pues si querer abrazar, en un único discurso, los innumerables méritos de las mujeres, sus virtudes y su absoluta superioridad es un plan enteramente ambicioso y audaz, pretender acordarles, además, la preeminencia sobre los hombres ya es completamente chocante, colmo de la vergüenza y cosa propia, al parecer, de espíritus afeminados; quizás por esta razón tan pocos autores se aventuraron a dejar por escrito la alabanza de las mujeres y que entre ellos ni uno solo, hasta el día de hoy, se haya atrevido a afirmar su superioridad sobre los hombres.

Resumamos este Manifiesto Feminista: Comienza el mago por argumentar que la esencia divina está por igual en el hombre y en la mujer, pues ambos fueron creados a imagen y semejanza de Dios. Y la mujer recibió la misma inteligencia que el hombre, la misma razón y la misma lengua, y tanto ella como él tienen como fin la beatitud.

Pero continúa el mago, si dejamos aparte el alma que es de esencia divina y entramos en todo cuanto constituye el ser humano, deberemos reconocer que la ilustre especie femenina es infinitamente superior me atrevería a decir, a la burda gente masculina.

(sigue en parte II)

________________________

[1] Artículo Progreso y Cultura en Escritos Ocultistas de H.P. Blavatsky, Editorial Nueva Acrópolis, pags 163-181. Se puede leer el artículo original en inglés en http://www.blavatsky.net/blavatsky/arts/ProgressAndCulture.htm
[2] Su maestro Trithemius respondería al recibir esta obra: “Me maravillo que tú, siendo tan joven puedas haber penetrado en tales secretos que han permanecido ocultos a los ojos de los más instruidos; y no sólo lo has desarrollado de un modo claro y fiel, sino también, apropiada y elegantemente”
Precisamente, Trithemius legaría, al morir, su enorme colección de tratados de magia y manuscritos a su discípulo Cornelio Agripa.
[3] Sobre este asunto, ver el volumen V de la Doctrina Secreta de Helena Petrovna Blavatsky, quien dedica varios capítulos al respecto con acertadísimos comentarios.
[4] Precisamente 11 años antes había escrito un tratado llamado Antidotos seguros contra la peste, a pedido de Teodorico, Obispo de Cirene.

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