Filosofía

En el 50º Aniversario de Mafalda

 

Imagen tomada de: http://www.agencian22.mx/2014/10/la-vigencia-de-mafalda-es-porque-el.html
Imagen tomada de: http://www.agencian22.mx/2014/10/la-vigencia-de-mafalda-es-porque-el.html

 

Hace poco más de medio siglo, El Principito, un personaje metahistórico, y sin embargo –quizás por ello- más conocido que De Gaulle, Curie o incluso Kennedy; forjado por la pluma y la imaginación de un héroe de guerra, pronunció una enseñanza de las que conmueven su siglo y el mundo: “Lo esencial es invisible a los ojos, sólo se ve con el corazón”.

Muy pocos años después, en 1964, ahora de la pluma y del genio de Quino (nombre creativo del pintor argentino Joaquin Salvador Lavado), nace otro personaje imaginario, en cierto modo hermano del Principito; no tan serio ni solemne, más reivindicativo; no tan sabio y vidente de la naturaleza profunda de la vida, pero sí filósofo, con necesidad de saber, de elevar las miras, de cuestionarlo todo, y por tanto inconformista, empatizando compasiva todos los dolores y miserias del mundo. Un personaje como Tintín, El Principito, o Juan Salvador Gaviota, con vida propia, la vida palpitante de un bello mito, nacida en el tiempo desde un sin tiempo, desde el mundo de las aspiraciones y sueños: MAFALDA.

Su nombre es en apariencia un anagrama utilitario, el de la empresa de electrodomésticos Mansfield que debía haber anunciado y que rebelde, no lo hizo. Aunque es posible que su creador, Quino, quien le dio el nombre, sólo inconscientemente recordara que Mafalda es nombre de infanta portuguesa[1], y de ahí la regia dignidad y espíritu elevado y rebelde de nuestra heroína, pues hay una magia en los nombres que los hacen kármicamente poderosos.

Mafalda nace en septiembre, en uno de los semanarios informativos más importantes de Argentina, Primera Plana, donde aparece regularmente durante seis meses. Pero estas viñetas no serán incluidas en las futuras ediciones pues su autor Quino las consideró “fase de rodaje”. En marzo de 1965 prosigue la publicación, ahora en El Mundo de Buenos Aires, uno de los periódicos de más tiraje de este mismo país, donde aparecen seis tiras de viñetas cada semana. Un pequeño editor las convierte en libro y la edición se agota en doce días. Aquí comienza el fenómeno “Mafalda”, que es traducida y editada, primero en italiano, después llega a España y Portugal (en 1970), a Brasil (en este mismo año) y a partir de 1971 aparece ya en inglés, en hebraico, en danés, en sueco, noruego y francés, se hacen posters, cuadernos, sobres de regalos… y en 1973 comienza a ser emitido en la televisión argentina (260 cortos de minuto y medio cada). Llega hasta Japón y se extiende a prácticamente todos los lugares del mundo.

Nueve años después de su nacimiento, en 1973, Quino renuncia a hacer más viñetas, el personaje es demasiado poderoso (por sí mismo, no por haber llegado al mundo entero) y le consume; la vieja historia de la hoja de la espada que va devorando la vaina en que descansa, como el alma su vehículo carnal. O quizás simplemente se retira del extraño mundo del que vino. Sólo excepcionalmente, y como deber de “ciudadano del mundo”, a pedido de UNICEF, produce diez viñetas y un poster original para la Declaración de los Derechos del Niño

Del mismo modo que el colonialista Tintin, Mafalda no puede dejar de pertenecer al siglo en que nace, y más específicamente a la década de la Guerra Fría, del temor a un fin del mundo nuclear, a la pobreza endémica y cada vez mayor de su país natal cuyos licenciados huyen a EEUU buscando el futuro que la inoperancia política en su tierra madre les niega, la década de los Beatles, de la divulgación entre las masas de la “caja boba” (boba no ella, sino quien a ella quedaba enganchado), y de guerras sin sentido (salvo el de venta de armas) como la de Vietnam y tantas otras, una década en que se hace ya evidente (aunque sólo ahora haya dejado de ser “tabú”) el peligro devastador de la excesiva población mundial, raíz de gran parte de las miserias de todo tipo que hoy vivimos ante la perspectiva de un cataclismo ecológico. Un tiempo (hasta la caída del Muro de Berlín) en que el mundo era gobernado o por el comunismo soviético o por el liberalismo e imperialismo económico yanqui.

Pero como el fuego que consume la madera, y se apoya en ella buscando el cielo, Mafalda arde y se agita en su siglo buscando lo que siempre lo trasciende, y le da sentido: la verdad, la justicia, la paz nacida de la cooperación y el trabajo conjunto, la libertad que emerja de las estrecheces de pensamiento y de miras. Ella es siempre la voz de la conciencia humana, que se niega, a ser como su madre, a “entrar en el antro de la rutina” que mata el alma, o como su padre, un “vencido de la vida”, quiere cambiar el mundo y hacerlo mejor, no sólo adaptarse a él olvidándose de sí y de lo que quiere y debe hacer. Aunque sus padres, típicos exponentes de la burguesía “pobre” del momento, la adoran, y ella a ellos, no quiere ser, ni terminar como ellos, piensa que la vida debe ser algo más que ser ama de casa o animal de despacho. Ella es idealista, pero de verdad, no por sus creencias, sino porque su alma desborda, ama profundamente la humanidad y siente sus dolores como propios. Ella no es mística en el sentido que le damos hoy al término, pero sí en el que le dan los verdaderos sabios, como en el libro Voz del Silencio (joya del budismo mahayana) donde dice: “¿Has puesto a tono tu corazón y mente con la gran mente y corazón de la Humanidad entera? Porque así como en la rugiente voz del Río sagrado resuenan a manera de ecos los sonidos todos de la Naturaleza, así también el corazón de aquel que pretenda entrar en la corriente debe vibrar respondiendo a cada suspiro y pensamiento de todo cuanto vive y alienta” (…) ¿Has puesto a tono tu ser con el gran dolor de la Humanidad, oh candidato a la Luz? ¿Sí? …Entonces puedes entrar.”

Juega a ser astronauta, jefe de gobierno, y aún estatua de héroe nacional… y como enseñó Platón, los juegos (lo dijo cuando no había televisión que modelase y amasase como barro las conciencias) definen la vocación de los niños, ahí se ve su necesidad de conquista de lo ilimitado, el instinto de poder y amor a la justicia, y la necesidad de dejar una huella en la vida y en la historia. A lo que no juega, porque lo es ya, de alma entera, es a ser Filósofa, en el sentido clásico de la palabra. O sea, no en el de prestidigitaciones semánticas, sino en el amor a la verdad, en la búsqueda del significado profundo de lo que le rodea, al descubrimiento de analogías y misteriosos vínculos entre seres y cosas. Se deja acariciar feliz por el Sol, que es el mismo, dice, que vio y alumbró a Cervantes, o a Pasteur, a Bach o a Shakespeare; o se queda mirando los esfuerzos desesperados de una mosca en un cristal engañada por lo que hay detrás de él y compara sus esfuerzos con los de la humanidad; o reflexiona sobre la importancia del dedo índice y el poder que tiene como símbolo; y cuando viene un vendedor de lavadoras, le pregunta si también lava las conciencias. Y seguro que si odia la sopa, es porque representa lo indefinido, lo no formado, el barro de la materia… y todo aquello que nos obligan a “tragarnos” y no tenemos fuerza que oponer. Porque a Mafalda, y tal es el estigma de los hijos de Zeus (como el león entre los animales), no le gusta que le manden, y peor aún, perder su libertad de elegir, de acertar, de ser ella misma, con sus más y sus menos. En una ocasión la madre le manda que se coma la sopa y ella dice que no puede hacer tal, que ella es Presidente de Estado, a lo que la madre responde que, “ah, sí, entonces yo soy Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, etc…” y se da cuenta que la libertad y el mando están subyugadas por las flaquezas y dependencias, y sólo venciéndolas pueden servir a una misión, a un destino real.

Sorprendemos incluso un cierto poder taumatúrgico en ella. Su padre, enamorado de las plantas, se queja de que una no florece, a pesar de haber sido regada, estar a la luz y tener el alimento de tierra necesario, Mafalda le grita, “Ha llegado la Primavera” e inmediatamente la planta comienza a florecer, Mafalda responde inocente a su padre, atónito, “le faltaba información”

Mafalda es el alma indómita, rebelde, amable al mismo tiempo, compasiva pero no emocional, que todos llevamos dentro, la que quiere saber, quiere ser, quiere poder hacer, y ante todo no ser tragada por la “sopa del mundo”. En 1973 le preguntaron a Julio Cortázar sobre Mafalda y lo que respondió es sorprendente:

“Lo que yo pienso de Mafalda no tiene ninguna importancia. Lo realmente importante es lo que Mafalda piensa de mí”

Pues ella es el niño interior que jamás debemos dejar morir y que se convierte, en definitiva, en la voz que nos anima y alienta o en el más severo juez si no le dejamos vivir.

Umberto Eco escribió, anónimo, el prólogo de una edición en italiano de un libro de Mafalda, en 1969, el primero de ella en Europa y dice que Mafalda es una heroína rebelde que rechaza el mundo tal cual es, pues sabe que no es así como debería ser y se niega a aceptarlo, por más que se lo quieran hacer tragar (como la sopa). Cómo podemos mejorarlo si no nos rebelamos contra la injusticia, la ignorancia, el culto al cuerpo, los ideales de mentirijillas, o peor, de pesadillas pues sólo pesadillas conciben en el mundo (como el liberalismo a ultranza de Friedmann o el positivismo de Comte, o el comunismo de Marx, o todos los ismos y mitos diabólicos que embanderan la juventud y el mundo para caer después como planchas de hierro sobre la cabeza de sus contemporáneos, haciéndoles encorvarse y beber el barro en el que viven y mueren), cómo podemos, siguiendo el noble espíritu de Mafalda, embanderarnos sin preguntar a la vida cara a cara y hallar respuestas acordes con la naturaleza humana.

En una de las viñetas su hermanito, un bebé lanza el sonajero fuera de la cuna y Mafalda se lo devuelve y pero le dice que no vuelva a arrojarlo de nuevo; cuando repite el acto, le recrimina Mafalda: “No comiences a desperdiciar ahora el espíritu de rebelión… mira que vas a necesitarlo para fines menos banales”

Gracias Quino, por entregarnos a Mafalda, y gracias Mafalda por recordarnos, con tanta chispa y lógica inquebrantable, lo que no debemos olvidar… si no queremos perdernos a nosotros mismos.

¡Feliz 50 Aniversario!

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 25 de septiembre de 2014

[1] La infanta de Portugal y reina de Castilla Mafalda, nació en 1197 y murió en 1256; y fue beatificada por la Iglesia Católica. Fue hija del rey portugués Sancho el Poblador y esposa de Enrique I de Castilla. El matrimonio, al ser los dos muy jóvenes no fue consumado y sí anulado al año siguiente. Ella, por tanto, volvió a Portugal y su padre, el rey le dio el monasterio cisterciense de Arouca donde pasó el resto de su vida. El nombre de Mafalda le viene de Mafalda, reina de Saboya.

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