Literatura

Ella, la que debe ser obedecida (II)

 

(viene de parte 1)

En la primera entrevista de Hiya (el nombre que usan los nativos, “Ella” en lengua árabe) con Holly le pregunta por los pueblos e imperios que conoció antes de autodesterrarse a las cavernas de Kor, y el juicio es certero, por ejemplo, cuando se refiere a los hijos de Rómulo y de Eneas:

“¡Gran[1] pueblo fue este de Roma, que iba derecho a su objeto! Sí, contra su fin volaba como la fatalidad; cual sobre su presa abatíanse sus propias águilas. Mas sembraban la paz en pos suyo.

Solitudinem faciunt. Pacem apellant, dije a pesar mío”

Y es que Ayesha, en su experiencia acumulada no parece muy amiga de las democracias, que tan fácilmente degeneran en tiranías de toda índole, cuando no en la peor de las anarquías:

“Ha tiempo he notado yo que las democracias, no teniendo un claro concepto de lo que desean, a la postre elevan algún tirano sobre un trono y lo adoran.”

Portada del libro Ayesha, el retorno de Ella
Portada del libro Ayesha, el retorno de Ella

 

Y si antes por las descripciones y la trama, queda ahora el lector prendido a los diálogos, entre los que se deslizan conocimientos herméticos, no sabemos si del autor o nacidos de la misma corriente de inspiración que le arrebató, como Zeus a Ganímedes, permitiéndole escribir esta obra de más de 300 páginas, escrito de una vez y casi sin descanso en un mes y medio. Escogemos, para comentarlos, algunos de estos diamantes ocultos:

Ella, bañándose en lo que podemos llamar, emanaciones kundalínicas del interior de la Tierra, y que forman su quintaesencia misma, su alma viva, ha vigorizado su cuerpo, tornándolo tan incorruptible e inmortal como el oro lo es entre los metales. Holly, aterrado, le dice que no es posible tal y es interesante el razonamiento y las explicaciones sobre la reencarnación de Ayesha:

“Mujer tú no eres espíritu. ¿Cómo puede una mujer vivir más de dos evos? ¿Por qué de mí te burlas? ¡oh, reina! Ella se reclinó entonces más en el canapé, y otra vez sentí que sus ocultos ojos se fijaban sobre mí y me escudriñaban el alma

-¡Hombre! -me dijo al fin, hablando lentamente, -parece que aún en la tierra hay cosas de que tú no sabes nada… ¿Tú crees aún que todas las cosas perecen como creían aquellos judíos?.. Yo te digo que nada muere realmente; tal cosa como, es la muerte, no existe. Mira -dijo, mostrándome algunas esculturas del muro, -tres veces dos mil años han pasado desde que los últimos de la gran raza que esculpió esas figuras cayeron ante el soplo de la peste que los destruyó, y no han muerto empero… ¡Aún existen ellos!.. quizá sus espíritus nos están contemplando ahora mismo… Algunas veces paréceme que los ven mis ojos.

–¡Sí, pero para el mundo han muerto!

-Cierto, mas sólo por algún espacio… y aún renacen para el mundo, y vuelven a renacer… Yo misma, extranjero; yo, Ayesha… porque éste es mi nombre… te digo que estoy aguardando que vuelva a nacer uno a quien yo amaba… y aquí he de aguardar hasta que él vuelva porque sé que de seguro volverá y que aquí, aquí únicamente, se alegrará de verme… Pues, ¿por qué suponías que yo, siendo todopoderosa, más bella que Helena la griega tanto cantada y más sabia, sí, diez veces más que Salomón el sabio; que conozco los secretos de la tierra y los tesoros que guarda y que sé utilizar todas las cosas; yo, que por un rato he podido hacerme superior al cambio que vosotros llamáis la muerte… ¿por qué, dime extranjero, pensaste tú que podría habitar yo aquí entre bárbaros inferiores aun a las bestias?…

-No lo sé -respondí con humildad.

–Pues es porque, yo aguardo al que amo… Mi vida quizá, ha sido mala; no lo sé… ¿quién podrá saber lo que es bueno y lo que es malo?… así es que temo morir, sí es que morir puedo, que no puedo, para ir en su busca adonde está, pues que entre nosotros dos podría haber un muro, que no sabría salvar quizá… al menos, eso temo… Muy fácil sería de seguro, extraviarse en esos grandes espacios por los que los soles giran perdurablemente… Mas ha de llegar un día quizá cuando hayan parado otros diez mil años, fundidos y desaparecidos en los silos del Tiempo, como las nubecillas se disuelven en la tiniebla nocturna, en que él renazca y entonces esclavo de una ley que es más fuerte aún que todo propósito del hombre, vendrá a buscarme aquí, y su corazón se ablandará por mí, por más que contra él yo haya pecado; ¡ah, sí! por más que él no me reconozca tendrá que amarme, aunque no fuera más que por mi belleza.

Me quedé yo abrumado, mudo de asombro; las nociones que me sugería eran demasiado potentes para que, las prendiese mi intelecto.

-Mas ¡oh, reina! aunque así sea -dije al fin, –si han de renacer y renacer los hombres tú no estás, sujeta a esta ley, siendo cierto lo que dices… ¿verdad ?… -penetróme otra vez su mirada oculta. -Puesto que tú no has muerto nunca -dije, concluyendo rápidamente la expresión de mi duda

-Así es -contestó, -porque yo, tanto por mi saber como por casualidad, he descubierto uno de los grandes secretos del mundo. Dime, extranjero, si la vida existe, ¿por qué no ha de ser prolongada por cierto rato?… ¿Qué son diez, veinte o cincuenta mil años… qué son, si en diez mil años apenas sirven la lluvia y las tempestades para disminuir de una cuarta la altura de la cima de un monte? En dos mil años estas cavernas no han variado nada; nada ha variado más que las bestias y el hombre, que, es como las bestias. Si pudieras comprenderlo, verías que esto nada tiene de particular. Cosa asombrosa es la vida cierto; mas no lo es que pueda prolongarse algún tanto. La Naturaleza tiene su espíritu anímico, como el hombre, que es su hijo; y el que descubrir pueda ese espíritu y se deje alentar por él, vivirá la vida de ella. No vivirá eternamente, porque la Naturaleza no es eterna y también ella morirá, así como ha muerto la naturaleza de la luna. También la de la Tierra morirá, o mejor dicho, variará, para dormir en tanto que le llegue de nuevo el turno del renacimiento. Mas, ¿cuándo morirá?… Calculo que no ha de ser aún, y mientras viva con ella vivirá también el que posea todo su secreto. Todo el secreto no lo poseo yo; empero alguna parte, conozco más que ninguno de los que me precedieron. No dudo que para ti estas cosas sean un gran misterio, y, por tanto, no te abrumaré con su grandeza ahora.”

Que vive en la Tierra un alma que es la vida de toda la naturaleza, y la sugerencia que la Luna no sólo también la tuvo, sino que esa misma “corriente de vida” es la que animó a este planeta muerto, cadáver helado convertido ahora en satélite de la Tierra, su hija; tal es una de las enseñanzas que H.P.Blavatsky dice formaban parte del patrimonio de secretos iniciáticos de la Humanidad. Es magnífico cómo describe este Espíritu de Vida o Fuego Espiritual de la Gran Madre, nuestra morada, cuya esencia misma es el amor, que todo lo rejuvenece:

“Allí sólo se encuentra el amor; el amor que las cosas todas embellece y que inspira la divinidad hasta en el propio polvo que hollamos. Con amor, la vida pasa gloriosa por los años de los años como pasa el son de alguna gran armonía que suspende el corazón de quien la escucha, con aquilinas alas por cima de la vil locura y vergüenza de la tierra.”

Justo cuando se hallan en presencia de ese Fuego como un ígneo torbellino de irisados colores en movimiento, y dejando al apagarse -pues lo hacía periódicamente durante varios minutos-, un resplandor rosado como testimonio de su presencia, Ayesha menciona parte de su misterio, con inspiradas y sapientísimas palabras:

-¡Acercaos, acercaos! -exclamó Ayesha con la voz vibrando de intensa exaltación. Contemplad la fuente y el corazón de la Vida tal como late en el seno del inmenso mundo!… Contemplad la substancia de que las cosas todas toman su energía al radiante Espíritu del Globo, sin el cual su existencia sería imposible y se tornaría helado, exánime como la cadavérica luna. Acercaos, lavaos en las vivientes llamas, y colmad vuestras flojas estructuras de su virtud, en toda su virginal potencia… Y no cual ahora que solamente irradia en vuestros senos, derramada en ellos a través de los filtros finísimos de miles de existencias intermedias[2], sino cual aquí se halla en su propia fuente y asiento del Ser Vital…

También son realmente enigmáticas y profundas las afirmaciones que hace cuando enseña a Leo la forma idéntica e intacta (por la ciencia del imperio de Kor) de su encarnación anterior reposando como si durmiese en un sepulcro por más de dos mil años:

-Y ¡ved, ahora el muerto y el vivo se topan… A través del abismo del tiempo, son siempre uno mismo! ¡El tiempo no vence la identidad, aunque un largo sueño misericordioso borre lo escrito en las tablillas de nuestra mente, y selle con el olvido las tristezas que, si así no fuese nos perseguirían de existencia a existencia colmándonos el cerebro de acumuladas miserias para que, al fin, estallase en un frenesí de desesperación!.. ¡Son siempre uno mismo, porque las nubes del ensueño, a la postre, desaparecen como las de la atmósfera que el viento arrastra… las voces del pasado se deshelarán al cabo tomándose armonioso coro, como se deshielan tornándose torrentes las nieves de las cimas al calor del sol, y el lloro y las carcajadas de los días que ya habían volado resonarán de nuevo para que los repercutan más dulcemente los ecos de los desiertos del tiempo inconmensurable!.. ¡Ah!… el sueño desaparecerá y las voces se oirán cuando esté, por fin, completa la cadena cuyos eslabones son nuestras propias existencias, cuando por ella corra el relámpago del espíritu para cumplir el propósito de nuestro ser apresurando y fundiendo entre sí esos días. Separados de la vida dándoles la forma de un báculo en que tranquilos nos apoyaremos para marchar hacia nuestro final destino!.. Nada temas por ende ¡ay, Kalikrates! al contemplarte, vivo y nacido recientemente, en forma de muerto que respiró y falleció ha tanto tiempo… Yo no hago más que volver hacia atrás una hoja del libro de tu ser para enseñarte lo que en ella estaba escrito…”

Cuando Holly le explica que hay una religión, el cristianismo que se alza como señora del mundo y que es la definitiva redención del alma humana por la muerte misma del hijo de Dios; la sabiduría de Ayesha le da la importancia que tiene:

“–¡Ah! -exclamó al fin; -yo veo lo que ha sido: una nueva religión… ¡Tantas he conocido! Y sin duda que habrá habido algunas más desde que me hallo en estas cavernas de Kor. Siempre le está pidiendo a los Cielos la humanidad una visión de lo que ellos encubren. El terror de acabar y una especie de sutilizado egoísmo, esto es lo que crea las religiones. Repara Holly mío, que todas las religiones reclaman lo futuro para sus adeptos, al menos para sus buenos adeptos. El mal es para los ciegos que no quieren mirar y que ven, sin embargo, de indeciso modo la luz adorada por los verdaderos creyentes así como los peces ven las estrellas. Las religiones se forman y pasan luego, así como las civilizaciones y nada persiste más que el mundo y la naturaleza del hombre. ¡Ah! ¡Si el hombre quisiera comprender que la esperanza viene de adentro, y no de afuera… que él mismo ha de labrar su propia salvación! Hélo ahí, al hombre: contiene el aliento vital y la noción del bien y del mal, conforme el mal y el bien se presentan a él. ¡Que obre, pues y que se mantenga derecho, en vez de inclinarse ante la imagen de algún dios ignoto, modelado a su semejanza mas con mayor cerebro para pensar en el mal, y brazo más largo y fuerte para llevarlo a cabo!”

Asombrosa la descripción también del personaje de Ayesha: si cuando ejercía justicia era imperiosa como la ley misma, y penando de amor por su Kallícrates parecía a Mª Madalena suspirando por Cristo, y en la venganza irresistible y pavorosa; y si en su argumentación su discurso es pura matemática… cuando quiere desplegar todo el poder y fascinación de su belleza, ciega y aturde como a Acteón herido por la belleza de Diana en el bosque sagrado y devorado después por los perros de sus propias pasiones.

“Allí quise despedirme de la reina mas ella no lo permitió.

-No –me dijo –entra conmigo, Holly, porque a la verdad que me place conversación. Recuerda ¡oh, Holly! que hace dos mil años que no he hablado más que con siervos y con mis mismos pensamientos, y aunque de tanto pensar gran saber he obtenido y muchos arcanos he descubierto, ya estoy empero, harta de mis propias, ideas, y he llegado a aburrir mi propia sociedad, pues en verdad que las frutas de la memoria son amargas al paladar, y sólo pueden morderse con los dientes de la esperanza. Y aunque sean tan frescos mis pensamientos cual a tan joven persona como yo convienen, pertenecen con todo a un cerebro muy caviloso, y tú me haces recordar a ciertos filósofos de otro tiempo, con quienes discutir solía en Atenas y en Arabia porque tienes el mismo aspecto ceñido y polvoriento de quien pasó la vida descifrando el mal trazado griego de los sucios manuscritos. Con que, corre la cortina y siéntate a mi lado, y comamos frutas y hablemos de cosas agradables. Mira, me descubriré de nuevo ante ti. ¡Tú mismo lo has querido, Holly!.. Yo te advertí francamente el peligro que en ello había. Ahora vas a llamarme hermosa, tal como solían aquellos filósofos antiguos… ¡ah, qué vergüenza…, olvidándose de su filosofía! Y sin más ni más, púsose de pie y se libró do sus blancos pliegues de tela. Surgió de entre ellos espléndida luciente como, una rutilante sierpe que, se despoja de su piel, y clavando en mí sus asombrosas pupilas más mortales ¡ay! que las del basilisco, me atravesaba todo mi ser, penetrándome de su belleza mientras que daba al espacio su risa dulcísima cual repique de argentinas campanillas. En un nuevo humor estaba ahora que parecía cambiar hasta el calor mismo de su ánima… ya no se mostraba desgarrada por martirios de amor y odio, como cuando la sorprendí maldiciendo a su rival muerta ni helada y terrible como en la sala de justicia ni sombría y brillante, y lujosa cual paño de Tiro, como en la morada de los muertos. No. Su humor actual era el de la Afrodita Triunfante… La vida rebosante, extática asombrosa parecía brotar de su ser y rodearla como una atmósfera. Reía dulcemente y suspiraba y me lanzaba rápidas miradas. Moviendo la cabeza, sacudió su poderosa cabellera y el ambiente se llenó de olor; golpeó el suelo con el hermoso pie, calzado en la sandalia y murmuró como un zumbido el trozo de algún antiguo epitalamio griego. Toda su majestad había volado o sólo dormitaba o débilmente lucía en su alegre mirar como los relámpagos que se sorprenden en pleno mediodía. Habíase despojado de la pasión de la brincadora lumbre, de la fría impasibilidad del juicio, que a la sazón misma se estaba sancionando, y de la prudente reserva de la exploración de los sepulcros; habíase despojado de todo esto, así como del sudario que vestía, y depuéstolo tras de sí, para ostentarse únicamente como la encarnación de la femineidad hermosísima y tentadora de la femineidad más perfecta más, espiritualizada aún que la poseída por mortales mujeres…”

Y en un momento en que cede a la terrible emoción de casi ver morir, por no haberse apresurado con la cura, al amado que esperaba hace miles de años, hace una reflexión muy filosófica sobre el sentido verdadero del infierno:

-Perdóname Holly, perdona mis debilidades -dijo entonces. -Ya ves: después de todo no soy más que una mujer… Pero, medita, medita en ello… Esta mañana me hablabas del lugar de tormento inventado por esa religión tuya el infierno, como creo que lo llamaste… un lugar donde continúa viviendo la esencia vital, que retiene la memoria del individuo, y donde todos, los hierros y faltas, del vicio, las pasiones no satisfechas y los vanos terrores de la mente que alguna vez se tuvieron, acuden en tropel a perseguir, burlas mortificar retorcer el alma por los siglos y los siglos y con la visión de su propia desesperanza. Pues así, así mismo he vivido yo durante dos mil años… durante sesenta generaciones según vuestra medida del tiempo… atormentada por la memoria de un crimen atormentada día y noche por una ansia no satisfecha sin compañía sin consuelo, sin muerte y solamente, conducida en mi tristísima jornada por los fuegos fatuos de la esperanza que a veces chisporroteaban y se apagaban, y a veces revivían, cuando mi saber me aseguraba que a la larga vendría mi libertador…”

Escena del libro aproximándose a la Caverna
Escena del libro aproximándose a la Caverna en que arde el Fuego Sagrado

 

 

 

(sigue en parte 3)

[1] Todas las referencias de esta obra han sido seleccionadas de la traducción que aparecen en la librería virtual y gratuita “el aleph.com”, con algunas correcciones, pues el texto es una digitalización de otro más antiguo, con los errores propios del paso de una imagen a texto.

[2] Debe referirse, quizás, a las células, o a la infinidad de existencias dévicas o espíritus de la naturaleza, que mantienen el tejido de la vida.

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