Literatura

Ella, la que debe ser obedecida (I)

Ayesha, antes de dictar justicia, en las grutas de Kor, en la versión de Úrsula Andre
Ayesha, antes de dictar justicia, en las grutas de Kor, en la versión de Úrsula Andrews

 

Tal es el epíteto que recibe, de la pluma de Rider Haggard, el personaje principal de su obra SHE: “She, who must be obeid”. Obra sorprendente, personaje sorprendente. Tanto, que Freud y Jung reconocieron en Ella el símbolo literario más perfecto del ´”Ánima” del hombre. Pues, así lo enseñan ambos, el doble luminoso de todo hombre, su alma, es femenino. No es el “arquetipo”, la estrella en lo alto, que ilumina su senda y la convierte en tal. Es el “antetipo” –éste es el nombre que le da el autor anónimo de “El Sueño de Ravana”-, el molde del que estamos hechos, el rayo de luz encarnado de nuestra alma que nos lleva de la mano a la perfección y sufre y espera con nuestros yerros y desvíos. Igual que el cielo y la tierra se unen en el horizonte, la fusión total con este doble luminoso se verifica al final del camino, en la Estrella, pero a medida que en él avanzan se van compenetrando más el uno en y con el otro. Como Hércules, hijo de Dios, que sólo puede desposarse con Hebe, la Eterna Juventud, cumplidos todos los trabajos y pruebas.

Existen obras literarias y personajes que conmueven su siglo, y cuya influencia se prolonga durante varios, abrazando quizás los milenios. Es fácil detectar este impacto, que pulsa poderosamente las cuerdas del alma humana, en el delicioso mensaje de “El Principito”, en la búsqueda de libertad y perfección de “Juan Salvador Gaviota”, en el mismo “Señor de los Anillos”, en “Drácula”, y por supuesto que también, en este libro maravilloso, iluminado por la luz de su personaje femenino, Ayesha.

Del mismo modo que las obras mencionadas, estos títulos parecen tocados por el dedo de Dios, o la gracia del cielo. Quien escribe estas líneas ha pasado años leyendo muchos otros libros de los autores mencionados, y aunque, casi siempre, la cualidad es muy, muy alta (pensemos por ejemplo en Citadelle o Vol de nuit, de Saint-Exùpery; en el Silmallirion de Tolkien, Ilusiones, de Richard Bach, en The Jewel of Seven Stars de Bram Stoker o en las Minas del Rey Salomón del mismo Rider Haggard); sin embargo aún estas quedan opacadas, o ensombrecidas por la luminosidad de sus obras primas. Es semejante a lo que sucede con el Quijote de Miguel de Cervantes y cualquiera de las otras obras de su abundante producción. Muy bellas e instructivas, como cualquiera de las “novelas ejemplares”, o incluso esotéricas en su simbolismo y alegoría como Los Trabajos de Pérsiles y Segismunda. Pero nada que pueda ser comparado a las andanzas y desventuras del Señor de la Mancha.

 

Portada de la primera edición en 1887
Portada de la primera edición en 1887

 

Con esta obra, SHE, sucede lo mismo: el editor, como seguro la mayor parte de sus futuros lectores, no pudo interrumpir la lectura desde el fascinante momento en que aparece el personaje de Ayesha: su luz, drama y genio hacen palpitar de vida las sucesivas páginas y desgraciado el que haya comenzado la lectura por la noche y tenga que trabajar al día siguiente.

Este libro fue quizás el libro más leído de la historia de Occidente antes de la Segunda Guerra Mundial, en una época de inocencia y felicidad editorial en que las campañas mediáticas poco inclinaban la balanza ni fabricaban los best sellers que hoy nos aturden con lo insulso de su vulgaridad, recurriendo a la violencia sin sentido y al erotismo sin gracia (cuando no al delito moral de lo abiertamente pornográfico), o a una crudeza en la exposición de todo tipo de males que en nada beneficia a nadie y por el contrario nos insensibilizan a todo dolor ajeno y a toda llamada hacia lo bueno. Editado en 1886, en el año 1965 se había traducido ya a 44 lenguas diferentes y vendido 83 millones de copias (el número de lectores a principios de siglo, y más con capacidad de leer esta obra era mucho menor que hoy), ganando en la competición, según algunos estudiosos a la misma Biblia. En los “10 libros más leídos de la historia” de la Wikipedia[1] (que aun siendo tan democrática, quizás por ello es menos fiable), ocupa hoy el quinto lugar, superando incluso al Código Da Vinci y muy cerca del más leído de la saga de Harry Potter. Rider Haggard fue escribiendo durante todo el transcurso de su vida, y entre muchas otras obras, una continuación de la historia que cautivó al mundo, y así nacieron de su pluma Ayesha, el retorno de Ella (en 1905, después de otros 26 libros), Ella y Allan (en 1921, uniendo así a los dos caracteres más importantes de sus novelas), y La Hija de la Sabiduría (en 1923, contando toda la historia de su vida en retrospectiva, desde la época de Alejandro Magno). Pero, en mi humilde opinión, y aunque, por ejemplo, Ayesha, el retorno de Ella (que lleva la historia hacia el futuro, así como La Hija de la Sabiduría va hacia el pasado) está magistralmente escrita, le falta el encantamiento propio de She, la magia y gracias indefinibles que hace que el lector no pueda dejar de leer y quede a un tiempo, suspendido en el abismo de belleza (y aún de profunda filosofía) de sus páginas.

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Rider Haggard (1856-1925) fue un prolífico autor inglés (con más de 50 libros escritos), que nació en Norfolk, hijo de un terrateniente inglés y de un alma cultivada, amante de la literatura y poetisa ella misma. De niño destacó en los estudios clásicos de autores griegos y romanos y por la composición en latín imitando los versos de Virgilio. Con 19 años forma parte de la “corte” de funcionarios que acompañaron al Sir Henry Bulwer, al ser nombrado este mismo gobernador de la colonia británica Natal, en Sudáfrica. Viajó mucho por la región, por deber y siguiendo sus inclinaciones aventureras y exploradoras que tanto va a destacar después en sus obras. En el año 1879 regresa a Inglaterra, se casa y vuelve a África ese mismo año. La primera guerra contra los boers le obliga a volver de nuevo a Inglaterra, estudia derecho y comienza a publicar sus primeros artículos. En 1882 edita su primer libro, un ensayo sobre el rey zulú Cetywayo, dejando escritas las profundas impresiones que estos guerreros sellaron en su alma. Un libro que pasó en su época totalmente desapercibido. A éste le siguieron dos novelas (Dawn y Witcher`s head), pero la que le consagró como autor fue, en 1885, Las Minas del Rey Salomón[2]. En 1887 edita She, pocos años después viaja a Egipto con su esposa y queda muy impresionado. En este viaje concibió su obra Cleopatra, editada en 1889, uno de los libros que reconoció como entre los mejores, al final de su vida y que dedicó a su madre, con textos divinamente inspirados. ¿Qué podemos, si no, pensar sobre estas líneas?

“La Mujer, en su debilidad es, sin embargo, la fuerza más poderosa sobre la Tierra. Es el timón de todos los asuntos humanos, asume infinitas formas y llama a muchas puertas; ella es rápida y paciente, y su pasión no es ingobernable, como la del hombre, sino como dócil corcel que puede guiar donde ella quiera, y según dicte la ocasión, puede tirar o soltar el freno. Su ojo es el del capitán, y poderosa debe ser la fortaleza de corazón en que ella no encuentre un lugar de ventaja. ¿Late en tu juventud tu sangre velozmente? Más impetuosamente correrá la de ella y en sus besos no hallará fatiga. ¿Estás dispuesto a la ambición? Ella desbloqueará la fuerza de tu corazón interno y te enseñará los caminos que a la gloria conducen. ¿Te arrastras por la tierra, exhausto? En su regazo hallarás consuelo. ¿Te has caído? Ella puede levantarte y ante la ilusión de tus sentidos, dorar la derrota convirtiéndola en triunfo. Sí, ella puede hacer todas estas cosas, porque la Naturaleza siempre combate a su lado; y, al mismo tiempo que las hace, ella puede engañar y modelar un designio secreto en su corazón en el que tú no tienes parte alguna. Y de este modo, la Mujer gobierna el mundo. Por ella existen las guerras, por ella dilapidan los hombres sus fuerzas reuniendo bienes; y por ella cometen el bien y el mal, y buscan la grandeza para hallar después el olvido. Y ningún hombre ha sido capaz de entender todo el enigma esfíngeo de su sonrisa, ni conocer enteramente el misterio de su corazón. ¡No te burles! ¡No te burles! Pues grande debe ser, de hecho, aquel que pueda desafiar el poder de la Mujer, un poder que le abrazará, invisible como el aire, y que será, muchas veces, tanto más fuerte cuanto menos los sentidos lo descubran.”

Nuestro autor vive en Londres y escribe incansablemente; uno tras otro, los libros que llegan al público, con una prodigalidad asombrosa, dos, o incluso tres por año. Sus obras no son sólo del llamado subgénero “mundo perdido”, enfoca también el problema de la agricultura de su tiempo en el libro A Farmer`s Year, en 1899 o en otra obra en dos volúmenes, Rural England, en 1902. Convertido en estos dos años de investigación en experto en el tema, el gobierno inglés le envía a Estados Unidos para estudiar e informar qué tipo de industria y de establecimientos agrícolas ha instalado allí el Ejército de Salvación, y después forma parte de una comisión real para repoblar los bosques y estudiar la erosión costera, viajando para ello a países como Canadá, Nueva Zelanda, Australia y a Sudáfrica, a donde retornó así después de muchos años de nostalgia. Varios antes, en 1895 había intentado entrar en el Parlamento, sin conseguirlo, a pesar de su fama, experiencia y formación. Y ya que los escritos llamados del género fantasía no tienen derecho a un nobel de literatura, a pesar del clamor popular (y si no hay poderes mediáticos por medio que deformen la percepción con las manos codiciosas de la propaganda, se verifica siempre el aforismo vox populi, vox dei) no se lo concedieron a este autor, como tampoco a Saint Exupèry, ni a Bram Stoker, ni a Tolkien, ni a Richard Bach, ni a Robert H. Howard (el autor de Conan y Solomon Kane, uno de los genios más asombrosos de la literatura). El nobel de literatura ayer, como el de la paz hoy, ha dado pruebas fehacientes de hallarse un poco desvirtuado.

Volviendo a la novela de She, es lógico que con el impacto provocado, se hicieran varios films, diez, por lo menos. Destacar la versión de Robert Day, en el año 1965, protagonizado por Úrsula Andrews en una soberbia interpretación de Ayesha, aunque por desgracia muy alterado el final de la historia (que no voy a referir). Y otro más antiguo, en el 1935 de Merian Cooper, que parece, porque lo es, de otro siglo y milenio. Tal es el abismo en la percepción del mundo que separa ya a cuatro generaciones. La última tentativa es del 2011 con Ian Duncan y Ophélie Winter realizada directamente para el mercado de video.

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She, a history of adventure[3], comienza de un modo semejante a Las Minas del Rey Salomón, la búsqueda de un mundo perdido, del que son testimonios en este primer caso, un anillo egipcio y un pedazo de cerámica con inscripciones. Tras muchas aventuras y desventuras Holly, hombre maduro y el alma como una espada de tantos estudios y reflexiones y de renuncia a los placeres mundanos; Leo, su hijo adoptivo, un joven de gran belleza, coraje y vigor; y Job, su fiel sirviente, práctico y metódico; llegan a la ciudad funeraria de un antiguo imperio semejante al egipcio y del que ya no restaba memoria, el imperio de Kor. Una ciudad donde miles de cadáveres permanecen intactos, como petrificados debido a la ciencia de este antiguo pueblo, extinto al ser devastado por una peste. En estas cavernas de Kor y gobernando a un pueblo de salvajes, allí encuentran a Ayesha, (Ella, la-que-debe-ser-obedecida), que reina como una diosa, quien rara vez se muestra a su pueblo de amahagheres y cuando lo hace es cubierta de velos. Y es que es más divina que humana, su palabra es ley y la desobediencia es penada con la muerte, que ella ejecuta si quiere con un gesto de su mano y una mirada fulminante, pues es dueña de poderes y de una ciencia y sabiduría como nadie más en la tierra. Encontró el secreto de la inmortalidad física con una perfecta belleza y juventud, que anonada a quien la ve, pues queda irremediablemente rendido a ella. Lleva viva casi dos mil años y cuando era joven, en los tiempos de la Grecia Helénica, antes de poseer tal terrible secreto, ya era la filósofa más ilustre y asombrosa de su siglo, como una Hipatia imperecedera (o una Santa Catarina, pues son, en verdad, el mismo personaje, según los historiadores más objetivos). Joven y bellísima, hizo suya la sabiduría de los grandes filósofos de su tiempo, entendiendo que “la sabiduría no tiene dueños, pero sus esclavos son dueños del universo[4]”. Se enamoró de un joven sacerdote de Isis, a quien hizo abandonar sus votos para huir con ella hacia el Sur, donde encontró este reino de Kor ya en ruinas. Con ella iba también una egipcia de una gran belleza que le robó el corazón del joven. Justo cuando después de entrar Ayesha en el Fuego de la Vida Perdurable, él iba a hacerlo también, dudó y una mirada de miedo y deseo hizo evidente su vínculo a la egipcia. Ayesha, alienada por un ataque de celos, y con el poder entero de su alma vivo por el fuego kundalínico de la Vida Eterna, le clavó a su amado una lanza en el pecho, golpe que le arrebató la vida al instante. La egipcia maldijo a Ayesha, y llevando en su vientre una prenda de amor, o de deseo, del infortunado, regresó a su ciudad natal en el Mediterráneo, haciendo prometer a su hijo, y al hijo de su hijo, y así sucesivamente, que volverían a esta ciudad perdida para vengarse de Ayesha. Trajo un anillo, el del sacerdote de Isis, y un manuscrito que daban las pistas necesarias para regresar a este reino olvidado. Varios de sus descendientes lo intentaron, sin éxito, consumiendo sus vidas en el esfuerzo. Leo era el sucesor en esta línea, y resulta ser finalmente, la reencarnación misma e idéntico en forma y figura al antiguo sacerdote de Isis, a quien Ayesha esperaba penando de amor, y sabiendo que la ley que gobierna inmutable la vida misma (el Karma), le haría finalmente volver. Los dos mil años los pasó Ayesha, cuando no petrificada en sus recuerdos, estudiando, meditando sin cesar, experimentando como alquimista los poderes y fuerzas vivas de la Naturaleza, casi una diosa, pero aún con pasiones humanas y restos de un egoísmo –semejante al personaje de Ravana en la obra épica del Ramayana- extremamente sublimado al mismo tiempo por su alma excelsa. La novela narra el reencuentro y una serie de vicisitudes que no voy a mencionar para no arruinar la lectura al que tenga interés en penetrar en la dimensión luminosa de esta obra, única en su género.

Si varias generaciones quedaron prendadas por la belleza y fascinación que ejerce este libro y este personaje, no es menos el simbolismo y filosofía que vibra en sus imágenes y diálogos. Y aún el conocimiento oculto, las sugestiones o enseñanzas directas de la “Doctrina Secreta” que su contemporánea H.P.Blavatsky (1831-1891) desvelase de un modo terminante y ya sin marcha atrás.

La misma “Esfinge del siglo XIX”[5] que fue esta sabia rusa, en su obra inmortal, en el volumen de Antropogénesis, dice:

“Nuestros mejores novelistas modernos, aunque no son ni teólogos ni espiritistas, principian, sin embargo, a tener sueños Ocultos muy psicológicos y sugestivos – testigo Mr. Robert Louis Stevenson y su Strange Case of Dr. Jekyll and Mr Hyde, del cual no existe ningún ensayo psicológico más notable en sus líneas Ocultas. ¿Ha tenido también el ya notable novelista Mr. Rider Haggard algún sueño profético, o más bien retrospectivo, clarividente, antes de escribir She? Su Kor imperial, la gran ciudad de los muertos, cuyos habitantes supervivientes se embarcaron con dirección al Norte, después que la plaga había matado a casi toda una nación, parece, en sus líneas generales, haber salido de las páginas imperecederas de los antiguos anales arcaicos. Ayesha sugiere “que aquellas gentes que marcharon al Norte pueden haber sido los padres de los primeros egipcios”; y luego parece que intenta una sinopsis de ciertas cartas de un Maestro citadas en Esoteric Buddhism, pues dice: “Edades tras edades, naciones, más aún, naciones ricas y poderosas, sabias en las artes, han existido, han desaparecido y han sido olvidadas de tal manera que no queda memoria de ellas. Ésta (la nación de Kor) es una de tantas; pues el tiempo devora las obras del hombre, a menos que verdaderamente more en cuevas como el pueblo de Kor, y entonces puede acontecer que el mar las trague, o el terremoto las entierre… Sin embargo, no fue este pueblo completamente destruido, según creo. Unos pocos quedaron en las otras ciudades, pues éstas eran muchas. Pero los bárbaros… cayeron sobre ellos, y tomaron a sus mujeres por esposas, y la raza del Amahagger, que existe ahora, es la descendencia bastarda de los poderosos hijos de Kor, y vedla, mora en las tumbas con los huesos de sus padres”. Con esto, el hábil novelista parece repetir la historia de todas las razas de la humanidad, ahora degradadas y caídas.”

Los mismos tres personajes (semejantes, en cierto modo a los tres del Mago de Oz) recuerdan a las tres almas que integran al ser humano, según explica el filósofo Platón en su República: la parte de piedra y planta, la concupiscible, que puede ser disciplinada en el servicio a las otras dos; la parte irascible o colérica también representada por un León (tal y como aparece figurado el carácter y aún fisiognomía de Leo) y Holly (la parte racional, responsable de gobernar las otras dos si uno quiere llegar a buen puerto en la vida). Son las Tres Gunas o cualidades de la materia, de la filosofía samkhya en la India: Rajas (exceso, la parte leonina), Tamas (la inercia, la repetición mecánica de los actos) y Satva (la sabiduría racional, la armonía), en la presencia del alma (Ayesha) y sujetas a ella.

(sigue en parte 2)

 

 

[1] Por ejemplo, en el artículo en español sobre el libro Ella, de este autor, dice que es su segunda novela!!! Wikipedia debería tratar de no violar el principio de no-contradicción, respecto, por ejemplo, a lo que dice en el artículo en inglés donde se expone claramente, que ya había antes escrito 5 novelas y un ensayo: Dawn (1884), The Witch`s Head (1884), King Solomon`s Mines (1885), Hunter Quatermains`s Story (1885) y Long Odds (1886). Ejemplo de una incorrección que se desliza ahora en Internet como la moneda falsa que mencionan los Evangelios.

[2] Respecto a las ganancias de este libro, escogió recibir el 10 % de cada libro vendido, en vez de 50 libras por sus derechos de edición, y esto le convirtió en un hombre rico.

[3] Este es su verdadero título original.

[4] Frase del filósofo Jorge Angel Livraga (1930-1991), Fundador de la Organización Internacional Nueva Acrópolis, en 1957 y su primer director hasta el año en que falleció.

[5] Así llama a Helena Petrovna Blavatsky el ilustre y erudito Roso de Luna (1872-1931), en una obra biográfica del mismo título.

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