Literatura

Antonio Aleixo, el poeta filósofo del pueblo

El poeta portugués Antonio Aleixo
El poeta portugués Antonio Aleixo

 

Vivo siempre satisfecho,
Pues, aunque sufro,
Llevo un ruiseñor en el pecho,
Que canta y me entretiene

Antonio Aleixo, del libro Cuando comienzo a cantar…

 

El Mundo sólo podrá ser
mejor que hasta ahora
cuando consigas hacer
más por los otros que por ti

Antonio Aleixo, en la recopilación íntegra de Este livro que vos deixo

 

Poesía es la canción del alma humana, agitada musicalmente por los vientos de la vida. Poesía es la dimensión de belleza sin tiempo, que como el hada madrina, devuelve su belleza al alma cenicienta y gris, opaca del roce carnal con lo mundano y lo prosaico.

Despertar la mente y abrirla a la luz es el pórtico del Templo de la Poesía, pues es ahí donde el alma ve a Dios y Dios el mundo. Pues es en esa mente despierta donde el sonido y la palabra se convierten en canción y poesía. La sensibilidad, abierta como la flor del loto a la luz del Sol; y extrema como una herida, es el “estigma de Caín” del verdadero poeta; quien siente su alma desnuda a los vientos de la vida; vientos de la vida, que al decir de la filosofía azteca, cortan cual cuchillos de obsidiana.

Pero a veces, con cultura o sin ella, la poesía brota de lo íntimo pecho, canto de su manantial escondido; y con cultura o sin ella, la vida del alma deja su rastro escrito de verdad y belleza.

Antonio Aleixo es una prueba candente, un ejemplo vivo, en la literatura portuguesa de la primera mitad del siglo XX. Imaginamos que un poeta como Miguel Hernández, pastor de cabras, así hubiera cantado sus versos, de no recibir la educación que facetó su mente como un cristal, y dio forma y color a las flores de su alma. Pero el río impetuoso corre, ya en cascadas de blanca espuma, caudaloso en fértiles valles o aún cenagoso arrastrando la suciedad que quiere lastrar su avance. Y aún cuando la vida interior, sólo pudiera pronunciar una palabra, ¡qué bella esta sería!, y ¡cuántas promesas en tan sencillo regazo!, ¡qué sencilla es la luz y qué infinitos dones derrama!

Antonio Aleixo nació el 18 de febrero[1] de 1899, en Vila Real de Santo Antonio, en Faro, hijo de una familia humilde de tejedores y campesinos de Loulé, en el Algarbe. Recibió educación primaria sólo de los 5 a los 7 años, pues al regresar sus padres a Loulé, entra en la dura Escuela de la Vida y comienza a trabajar en el campo y ayuda a su padre como peón tejedor. De carácter sosegado e introvertido, siente pasión por la música, y en vez de ir a misa, como sus hermanos y padre, toca la guitarra y canta sus propios versos.

Tal es la destreza con este instrumento musical y la gracia de sus poemas, que después de trabajar todas las familias se le disputan para que animen las veladas nocturnas. Y así, cantando, las janeiras[2], con 10 años sabe ya que su vocación es ser poeta.

Debido a su frágil salud debe abandonar el oficio de tejedor y, con 20 años se inscribe en el servicio militar, donde aprende a leer y escribir muy básicamente. Gracias a su sentido del ritmo innato se desempeña como “cabo corneta”. Y de ahí entra a la policía, durante poco menos de dos años, en la ciudad de Faro. Aunque al terminar sus turnos de trabajo y rondas, iniciaba otras rondas como cantautor, en los mismos locales que antes inspeccionase como policía, y en los que llega a convertirse en un animador imprescindible.

En 1924 se casa con Mª Catarina, con la que tendrá 14 hijos, de los cuales 7 morirán prematuros. Alimentar a los suyos se convierte en una dura tarea, más aún con su salud quebrantada. Viaja a Francia como peón de pedrero, trabajando en los suburbios de París, Marsella, Lyon y Tolouse, y anima en sus horas de descanso las veladas musicales con fados y otras canciones que improvisa. Sus fuertes cólicos de estómago, que ya desde niño le hacían pasar noches y noches gritando sin descanso ni consuelo, hacen que deba volver a su tierra natal, a Loulé, con su familia. El banco privado en el que deposita sus ganancias, suficientes para comprar una casa modesta, se volatilizan al declararse el mismo en quiebra. Ha cumplido 30 años y no tiene nada, sino 7 bocas que alimentar y su vena poética, y una mala salud que le impide realizar cualquier tipo de trabajo que exija continuidad. Así, cuando no está enfermo, pasa el día fuera de casa, limpiando zapatos, o vendiendo corbatas o lotería, y algunos cuartetos que la gente le pide, pues es ya conocido en Loulé y alrededores como el poeta del pueblo. Sus versos son repetidos de boca en boca, lo que no sacia su hambre y penurias, ni los de su sufrida familia. Y así pasan los años, con su salud cada vez peor, pues lo único que puede comer son caldos.

En 1937 se presenta en los Juegos Florales de la ciudad de Faro, capital del Algarbe, donde conoce a quien será su mejor amigo, a Joaquim Magalhaes; él hará de secretario del poeta, transcribiendo sus cuartetas improvisadas y ayudando a editarlas. Como el traje que llevara el mísero fuera alquilado o prestado por un amigo, escribirá después:

Ayer, rey, hoy sin trono
Aquí ando otra vez en la calle.
Entregué el traje al dueño
Y la miseria continua.

Y para remediar esta miseria, y por la íntima satisfacción que le causa, recorre las ferias y romerías vendiendo poemas y glosas que improvisa en ese momento, y a pedido del interesado, y deja tras de sí en todas partes una estela de admiración.

Por fin en 1940, y casi sin anestesia (despertó en medio de la operación), es sometido a una intervención cirúrgica que acaba con sus casi 40 años de dolores y malestar. Tres años es lo que le va a permitir la enfermedad de tregua, ésta retorna con otro nombre, y esta vez fatal, la tuberculosis.

Es en estos años de calma y discreta felicidad, que sus amigos consiguen editar su primer libro Cuando comienzo a cantar. Los 1100 ejemplares se agotan antes de lo pensado, por lo bien que reciben este opúsculo los medios de difusión y por la fama creciente del poeta.

Joaquin Magalhaes, su amigo y benefactor, escribe en el Prólogo de esta obra:

“El poeta compone e improvisa en las más diversas situaciones y oportunidad. Unas veces, cantando en una feria o fiesta de aldea, otras es el pedido de sus amigos que le pellizcan su vena poética; ora aprovechando trazos cariturescos de personas conocidas, ora sugestionado por una conversación en un tono más elevado y a cuya altura sube fácilmente. De todas las maneras, está el poeta presente y alerta, paseando o acompañado por sus amigos, en una cena o en un café. Y ahí llegan un cuarteto o una sextilla, a fijar un pensamiento, a finalizar una discusión, a apreciar un dicho, o a refinar una burla. Y normalmente, la forma es lapidaria, el concepto incisivo y el vocabulario justo y preciso (…). Lo que caracteriza la poesía de Antonio Aleixo es el tono dolorido, irónico, un poco puritano de moralista con que aprecia los acontecimientos y las acciones de los hombres. Y, en el fondo, aunque no sea un rebelde amargado; es la llaga abierta de un sufrimiento íntimo, provocado por ciertas injusticias, la fuente de sus quejas y desconsuelos. En efecto, no puede ser dado más sutilmente el dolor de un hombre que tiene que sustentar mujer e hijos con la mísera ganancia de cinco o seis billetes de lotería vendidos por semana; y que ve todos los días cómo va muriendo, sin posibilidad de asistencia y cuidado, un a hija tuberculosa:

Quien nada tiene, nada come;
Y al pie de quien tiene que comer,
Si alguien dijera que tiene hambre,
Comete un crimen, sin querer.

Este libro, simplemente, una compilación escrita, de algunos de entre los miles de cuartetos que brotaban como flores, espontáneamente de su pecho. ¡Cuántos se perdieron por la dificultad con que escribía! Examinemos algunas de estas joyas bellas y sencillas. Por ejemplo, qué suave ternura, en ésta:

Una luz se va, otra persiste,
nueva aurora nos seduce;
debe ser mucho más triste
que alguien la luz abandone.

O qué tristeza en esta otra, que no es metáfora, sino la realidad vivida de casi todos los días:

Si pido, pido cantando,
así al menos me atienden;
porque si pido llorando,
nadie siente lástima de mí.

O esta otra:

Me fuerzan, aun siendo anciano,
de vez en cuando a besar
la mano que blande el látigo
que tanto me hace sufrir.

Triste nobleza la de quien nunca será reconocido como un príncipe, aun cuando lo sea; pues toda alma si pura es principesca:

Porque el mundo me empujó,
caí en el barro, y entonces
asumí su color; pero no soy
el barro que muchos son.

Triste la conciencia gestada tan sólo en el dolor:

Yo carezco de una visión amplia,
y de gran sabiduría,
pero me dan las horas amargas
lecciones de filosofía.

Y ésta, con un deje de simpática ironía:

Si todo lo haces torcido,
¿Para qué prometes tanto?
No me hagas más promesas,
bien sabes que no soy un santo.

O esta otra:

Me dejan siempre confuso
tus palabras tan buenas,
por no ver que hagas uso
de esa moral que pregonas.

Y ésta que surge sonora y profunda, como la voz del mar, como la voz de los pueblos castigados por la injusticia:

Vosotros, que desde vuestro imperio
prometéis un mundo nuevo,
callaos, que puede el pueblo
querer un mundo nuevo en serio.

O estos dos, tan filosóficos y proféticos:

Después de tanto desorden,
después de tan dura y prueba,
debe venir un nuevo orden,
si viene una orden nueva.
 
¿Qué importa perder la vida
luchando contra la traición,
si la Razón, aún vencida,
no deja de ser Razón?

Pues aunque los otros quizás no, el poeta sí sabe qué son sus versos:

¿Mis versos, qué son?
Deben ser, si no los confundo,
pedazos de corazón
que aquí dejo en el mundo.

En 1943, en su segunda mitad, la alegría de reeditar su primer libro es opacada por la angustia de una enfermedad que lo devora, la tuberculosis, y que le obliga a ingresar en el sanatorio de los Covoes, en la ciudad de Coimbra. Y gracias a la generosidad de los médicos, de los propios enfermos, que organizan una colecta de dinero, y del pintor Tossan (pseudónimo o diminutivo de Antonio Fernández Santos), quien se convertirá en uno de sus grandes amigos, y quien conseguirá, en un programa de televisión catártico[3], que Portugal entero quedase reconocido al poeta, tras la muerte del mismo.

Los primeros años de estancia en el hospital, la lejanía de los suyos, el oscuro horizonte que ve frente a sí y los efectos de la enfermedad misma y de los tratamientos a que es sometido; todo ello hace que Antonio Aleixo se repliegue en sí mismo y que su carácter se vuelva aún más taciturno. Pero la alegría vital de Tossan y el cariño que todos le profesan hacen que poco a poco renazca en él la esperanza; y con ella la capacidad de crear, de escribir, o más bien de dictar. Hace muchas amistades entre los estudiantes de Coimbra, y todos, de un modo u otro le ayudan. Tossan le inicia en las reglas del arte teatral, y un día el poeta animado le dicta en cuatro horas, el Auto del Curandero, que quieren ofrecer como regalo a un médico conocido de ambos. Esta obra de teatro, escrita en el más puro estilo de Gil de Vicente, es una crítica simpática a los curanderos falsos que se aprovechan de la ingenuidad y necesidad de las gentes. Dicho Auto cierra con el poema:

Y el pueblo, creyendo en la mentira
Duerme en un sueño profundo,
Sufre una pesadilla eterna,
Que hace que él prefiera
El infierno de este mundo
Por miedo de ese otro infierno.
 
Fingen que están al bien dedicados
Muchos como los curanderos,
Para que no los veamos extraños
Porque los lobos disfrazados
Con las pieles de corderos
Destruyen mejor los rebaños.
 
Cuando la verdad los aterra
Quieren la moral pregonar,
Prometiendo en el cielo dar
Lo que nos roban en la tierra.
 
El mundo está en la infancia,
Y adulto sólo puede ser
Cuando por fin desaparezca
Del pueblo la ignorancia.

 

En 1945 aparece su segundo libro Intencionais, con poemas escritos en la ciudad que baña el río Mondego, durante los dos últimos años. Aunque, como decía su amigo Tossan, no nos engañemos, “aquel alma es una figura triste, muy triste, y que sólo sonríe para agradar a los otros”. La relación con personas de amplia cultura y estudiantes de Coimbra abre aún más su mente y de estos encuentros nacen sus mejores poemas. A pesar de su falta de estudios y de tan pocas lecturas, “se va imponiendo en las tertulias por donde pasa, y estas son las más frecuentadas. Gracias a la singularidad de su pensamiento, la rapidez de sus dichos y la franqueza de su postura, logró el poeta el respecto de todos los tertulianos y la admiración de los que con el convivían.”[4]

Leemos en este opúsculo, Intencionais:

El arte es fuerza inmanente,
no se enseña, no se aprende,
no se compra, no se vende,
nace y muere con la gente.

Certera visión sobre la naturaleza espiritual del arte, sobre la llama del genio que bendice a la Humanidad, consumiendo al elegido.

No sé qué es lo que de mí piensan
Cuando me ven llorar,
Pero quiero que se convenzan
Que el dolor también hace cantar.

Bellos versos, versos sentidos que dan esperanza a cuantos sufren. Saber que el dolor puede convertirse en canto y poesía, como la madera se convierte en fuego cuando silba y grita, es recordar a Chopin y tantos otros, es oír de nuevo la parábola del gran de mostaza del Buda.

Sencillos versos de Filosofía también estos:

Contigo en contradicción
Puede estar un gran amigo;
Duda más de aquellos que están
Siempre de acuerdo contigo.

Es en Coimbra cuando traba amistad con el poeta Miguel Torga. Antonio Aleixo es el poeta del alma del pueblo y de sus sufrimientos, Miguel Torga es el poeta telúrico de sus tierras y gentes, de sus paradojas, mas no vividas en primera persona, no es por tanto la voz del pueblo, sino la voz de lo que el pueblo es, visto desde fuera, con salvaje objetividad. La educación del autor de Bichos y las miserias del poeta del Algarbe los separan, y qué difícil es que la pobreza no genere suspicacias, y la riqueza soberbias. En su biografía de nuestro poeta, Antonio de Sousa Duarte narra un episodio notable, que transcribimos:

“Un día, Torga manifestó a Aleixo alguna desconfianza en cómo estaban organizados y en la estructura de las cuartetas del poeta del Algarbe. Decía el primero que la métrica usada por Aleixo no era la correcta. Ahí, eso es como está, contraargumentó el segundo. No me parece así, insistió Torga, por lo que Aleixo, llevando la mano derecha al pecho, remató: La métrica es correcta, sí señor. Porque si no lo fuese, no salía de aquí.

En 1948 edita, en Coimbra, su tercer libro, el Auto de la vida y de la Muerte; una reflexión filosófica sobre ambos, quizás sintiendo ya la muerte cercana. Un opúsculo de teatro, también al estilo de Gil de Vicente, de fuerte carácter moralista. Un libro, como los otros, escrito al dictado. Es un diálogo entre la vida fútil y la Muerte y el terror que supone para una vida malgastada, que la Muerte de la verdadera medida de nuestros actos, más allá de la espuma y del ruido de fanfarria. Ante la sorpresa y miedo que provoca la aparición de la muerte, y al preguntar la “vida vana”:

¡Oh muerte vil! ¡Ah traición!
¿De dónde vienes? ¿Quién te mandó hacerlo?

La Muerte responde:

No vengo, no vine ni voy
¡Pobre enferma! Sólo estoy
En tu imaginación.
Porque fue quien me crió
Soy simplemente ilusión.
¿Oyes? No es un secreto.
Soy una sombra que el miedo
Te hace ver por sugestión.

En un momento que la Vida Fútil recrimina a la Muerte que ante ella nada de lo que el hombre hace tiene volumen y color, la Muerte responde:

¡Estás loca, tienes tal manía,
Que no piensas en caer,
Cuando pretendes subir
En las alas de la fantasía.
¡Vanidad, todo vanidad!
¡Pintura, todo pintura!
Con que la mentira procura
Mudar el color de la verdad.
¿No ves tú que la realidad
No nos deja ser iguales?
Mira a la Humanidad;
De la ilusión, de la vanidad,
Resta lo que soy, nada más.
 

A lo que la vida responde:

Pero, no puedes tener la certeza
De que este mundo sería un primor,
Si no existiese la tristeza,
La angustia, el martirio, el dolor?
 
¿Por qué no hay sólo belleza?

 

Y la muerte replica:

¿Es que no te diste cuenta
Que lo bueno, en un grado perfecto,
Sin tener lo malo por contraste,
No sería bueno ni malo?
¿O qué sería la noche sin día?
Y la luz sin oscuridad?
El contraste es la razón
Con que la gente los valora
 
Tiende por esta medida
Todo hacia un mismo fin.
Incluso tú, la misma vida,
Nada serías sin mí.                                                                              

Y al final del acto, cuando la muerte se lleva la vida fútil, como la piel vieja de una serpiente, surge triunfante la Vida Útil, que proclama:

Soy la verdadera vida,
Limpia, sin hipocresías,
Completamente desnuda
De sofismas, fantasías;
Por los cuales fui impedida
De mejorar nuestros días.

En 1949 retorna a Loulé para morir allí. Quiere antes despedirse de todos sus amigos, y también de sus lugares queridos. Continúa vendiendo sus libros y loterías por las calles, pero la enfermedad avanza y las crisis de la tuberculosis son cada vez más graves.

Con ayuda de una suscripción popular realizada por sus amigos y su hija, y vendiendo las cabras, hace una última tentativa de curarse con un médico especialista en S. Bras de Alportel, a pocos kilómetros de Loulé, donde se instala. Pero el médico le dice que ya no hay esperanza, que le restan apenas tres meses de vida. Aún así, se somete a los tratamientos, intentando aferrarse a lo que sea, pero estos son ya ineficaces. Vuelve a su casa, y deja de luchar por la vida.

Un día, en la barbería dice, ya consumido, que no le gustaría irse de este mundo sin oír una serenata, una serenata que fuese un homenaje y que le recordara los tiempos felices de Coimbra, con tantos estudiantes y amigos que le reconocían sus méritos. Lo dice como si soñara, sin que ni imagine encontrar eco a dichas palabras… Pero esa misma noche, y de forma secreta, consiguen reunir una banda improvisada, y tocan ante su balcón. Durante casi una hora el poeta no puede ni levantarse, ya exhausto; pero finalmente lo hace, y sale llorando de alegría gratitud. Y se despide de todos, ya hasta siempre. Aquello, dicen los que lo vivieron, era un valle de lágrimas. A la mañana siguiente, y sin que nadie ni se diera cuenta, ya sólo resta su cadáver en el lecho. Y recordamos así sus sencillos versos, tan filosóficos:

En tus horas más tristes
De dolores y desengaños
Piensa que ya no existes
Que moriste hace muchos años.

Su última obra, editada póstumamente es el Auto de Ti Jaquim, claramente autobiográfico. Una pequeña obra de teatro, de gran belleza y desgarrada, pues sabemos que es el poeta quien está siendo retratado. Es la historia de un cantero, Ti Jaquim, a quien al llegar a la vejez, nadie le contrata, y todos los días va del pueblo a la ciudad a mendigar, porque tiene vergüenza de que le vean sus vecinos. Y al final se ahorca para no dar más trabajo ni cuidados a nadie. Es un libro también de crítica social y hallamos en él; en boca de Ti Jaquim verdades agudas como flechas, amargas como la miseria; pero de una rectitud moral muy deseable en los días de hoy en que todos los límites se deshacen:

TI JAQUIM
Los hombres no se conocen
Los unos a los otros y por tanto
Viven en la gran ilusión
Que los tomen por lo que parecen
Y nunca por lo que son.
 
(…)
 
VECINO
Usted está filosofando
 
TI JAQUIM
No tengo filosofía, ni esto es filosofar; es sólo razonar.
 
BARBERO
Ti Jaquim sabe hablar…
 
TI JAQUIM
Sí, muchacho, soy un encanto
¿sabes quien me enseñó tanto?
La miseria, el pasarlo mal.

Es un grito de dolor que quiere decir su nobleza y dignidad en medio de la miseria que vive. El príncipe que la vida convirtió en mendigo pero no deja de ser príncipe y espera pacientemente y sufriendo el día que acabe la expiación; quizás sólo con la muerte.

Gracias, Antonio Aleixo, poeta miserable del pueblo, por la ternura amarga de tus versos, que ha ayudado a tantos a beber más sonriente del cáliz de su amarga vida; y sintiéndose hermano en el dolor, contigo va de la mano hacia una nueva aurora, aunque sea de noche, y ésta aún tarde.

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 9 de Julio del 2014

 

 

[1] A las 4 de la madrugada, por si alguien quiere hacer la carta astrológico natal.

[2] Músicas y cantos que se hacen el primer día del año para pedir por las almas de los muertos.

[3] En su libro Antonio Aleixo, el poeta del pueblo, biografía que estoy siguiendo muy de cerca en la elaboración de este artículo, Antonio de Sousa Duarte dice que Tossan dio un verdadero espectáculo en televisión (Radio Televisión Portuguesa). El programa era de la serie Zip-Zip, y en él Tossan describió muy teatralmente su convivencia con el poeta Antonio Aleixo, en aquel tiempo, su compañero de enfermería en el Sanatorio de Covoes, en Coimbra. En dicho programa rió, lloró, imitó y diseñó al poeta, y así le rindió culto públicamente, y retribuyó su amistad. Varios millones de portugueses quedaron rendidos ante esta sincera y devota actuación; ésta fue una de las causas principales de que Antonio Aleixo se convirtiera en el “Poeta del Pueblo”.

[4] Antonio Aleixo, el poeta… Pag. 124 y ss

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