Filosofía

El sueño de Ravana

Portada de la edición en portugués de la obra. Traducción y notas: Ricardo Louro Martins
Portada de la edición en portugués de la obra. Traducción y notas: Ricardo Louro Martins

 

Seguro que muchos de los lectores, cuando eran niños o adolescentes, buceaban en los laberintos de las librerías o bibliotecas, buscando las páginas escritas en que hallarían revelados los secretos de la vida, la razón de la existencia y el camino oculto para llegar a la cumbre de la perfección. Algunos quizás creyeron encontrar tales enseñanzas en una obra de Lobsang Rampa o Paulo Coelho aunque quizás, más tarde se dieron cuenta que estos libros eran meros remedos de otros más sobrecogedores aún. Cuando nuestros ojos ávidos leyeron Ankor, el Discípulo, o cuando nuestra mente se abismó en la Doctrina Secreta o en Isis sin Velo, de H.P.Blavatsky es casi seguro que gritó, como Arquímedes, Eureka!, lo encontré, pues una voz interna, una extraña certeza llegando Dios sabe de dónde, nos revelaba que la verdad estaba ahí… Claro, una vez encontrado el camino, hay que recorrerlo y esto prueba la perseverancia, el discernimiento y el temple de cada uno. Y siempre, este primer encuentro, como el primer beso del Misterio (y también después, cuando volvemos el alma de nuevo a esta deslumbradora luz) es un rayo que penetra en nuestras tinieblas y nos hace despertar en el laberinto, sí, pero bien armados (pues quien nos enseña como lo hacen nuestros Maestros, nos otorga al mismo tiempo armas mágicas de naturaleza divina) y con un centelleante hilo de Ariadna para no perdernos.

Algunos han sentido quizás esta misma experiencia al estudiar las obras de Shakespeare o al entrar en el colosal templo de música creado por Wagner… y sin duda, van a sentir de nuevo la experiencia de lo sublime (la que según Longinos es de terror sagrado y no simplemente de placer estético) cuando lean las páginas del libro El Sueño de Ravana.

Esta obra, el Sueño de Ravana, vio la luz en diferentes números de la revista “política y literaria” de la Universidad de Dublin, durante los años 1853 y 1854. Es casi evidente que falta el final pues termina de un modo muy abrupto, y aludiendo a una interpretación alegórica del sueño de Ravana que no llega a hacer pues se había centrado en el significado metafísico del mismo. Quizás el director de la revista tuvo el manuscrito y no quiso editarlo… Otra cuestión de interés es ¿dónde están los originales de esta obra? ¿en qué archivo?, ¿en qué museo?… Y esto tiene un interés más que especial, ya que párrafos de este libro aparecen textuales sin mencionar el nombre del autor, en obras de H.P.B. como, por ejemplo, en el Prólogo que ella hace a Voz del Silencio, o en el artículo “Best of All Worlds” , en que hace referencia a él como “el poeta”. Y el estilo y enseñanzas son tan sublimes que en los círculos teosóficos se atribuye el texto al Maestro de Sabiduría K.H. quien lo habría escrito cuando estudiaba en Europa (¿cursó en la Universidad de Dublin, en vez de la de Oxford, que otras veces se menciona?).

El mismo sabio hindú Sri Ram (1889-1973) en la obra El Hombre: su origen y evolución” dice:

Un libro Teosófico titulado El Sueño de Ravana, cuyo autor no quiso revelar su nombre, trata de este mismo tema de la caída del hombre desde el punto de vista del cambio sufrido por la conciencia. Ravana es un personaje de la epopeya India del Ramayana, a quien se representa como adversario de Shri Krishna, una de las encarnaciones de la Deidad. El relato es alegórico.

Ravana es la incorporación de la seidad consciente, aquella yo-idad que aflige a la individualidad del hombre, y cuya exageración está causando todas las dificultades del presente. Se le describe como un monstruo humano de diez cabezas, cada una de las cuales vuelve a retoñar tan pronto se la cercena. Estas cabezas son formas de esa yoidad del hombre que en sánscrito se llama ahamkara. Si bien Ravana aparece como la personificación del mal aquí abajo, se le describe como un asceta y un gran devoto de la Deidad. Devoto significa uno que siente atracción hacia la naturaleza pura del Espíritu supremo. Conforme al relato, Ravana ha descendido del plano más elevado con el fin de expiar cierto error o desliz que había cometido, y después de unas pocas encarnaciones había de regresar al sitio de donde fue expulsado (lo cual indica que en realidad él es un principio cósmico). Como H.P.B. gustaba decir, Satanás es Dios invertido.

Varios fragmentos de esta obra fueron editados en la revista teosófica Lucifer y finalmente, como libro, prefaciado por G.S. Mead, uno de los discípulos directos de H.P.B en Londres. Este último, que tradujo y editó en inglés el Corpus Herméticum enfatiza también la importancia de esta obra y el grado místico e iniciático de su autor:

Es claramente manifiesto que el autor estudió el Ramayana en los textos originales y que fue un maestro en la psicología vedanta; y es también evidente, para un estudiante aplicado de la teosofía inda, que este autor fue un verdadero místico, y que los temas abordados fueron para él realidades personales y no meras especulaciones desprovistas de significado. En ninguna otra publicación occidental han sido nunca presentados los tres “estados” de la conciencia humana, de forma tan esmerada e inteligible como lo hace este autor. (…) Y aunque esta narrativa se presente bajo una veste de fantasía, en la que extrañas ideas se entrelazan, lo que para el lector común no serán más que conceptos desconocidos, la realidad es que tanto al místico como al estudiante de Yoga [en el verdadero sentido de esta palabra] no le pasarán desapercibidas muchas de estas verdades, con las cuales, además, ya esta familiarizado, y en que unas se presentan de modo velado y otras son totalmente evidentes.

En este libro el discurso filosófico es de una profundidad que da vértigo, pero al mismo tiempo el lenguaje es tan bello y delicado, tan amable y lleno de ternura, tan cercano al lector, tan natural (o sea, sin vanas pretensiones) y puro, que nos da la sensación de estar oyendo una sonata de Beethoven o que somos otra vez niños y un ángel nos lleva de la mano por un mundo pletórico de nuevos significados. La estructura del discurso no sigue la lógica a que estamos acostumbrados, más parece una lógica musical en la que un tema engendra a otro sin interrupciones. Es pura filosofía y literatura, armoniosamente entrelazadas, un poema filosófico, una sinfonía de ideas, tal y como dijera Proclo de las obras de Platón. La profundidad no aparta la gracia ni la seriedad la delicada y simpática ironía.

El Sueño de Ravana es una escena del Ramayana en la que este rey de Lanka, casi al fin de una guerra funesta que está devorando su reino, fatal consecuencia de haber raptado a la bellísima Sita (argumento, por tanto, semejante a la Ilíada), tiene un sueño alegórico tan vivo que llama a todos los sabios y ascetas (rishis, munis, brahmanes) para que interpreten su significado. Lo que, ya casi al final de este opúsculo hace el rishi[1] Ananta pronunciando un discurso metafísico sobre la naturaleza y constitución del alma humana (los cuatro estados o tabernáculos) , y sobre el Espíritu Universal (El Eterno Aquello, Brahman), el Objeto de la Sabiduría y la Fuente de la Existencia. Discurso que alcanza tal elevación que ni los más ilustres sabios de la corte de Ravana son capaces de acompañar su vuelo, y el mismo que lo pronuncia se está –como le sucedía a Plotino- disolviendo peligrosamente en el Misterio y debe comenzar a descender si no quiere desparecer en él.

La disertación sobre los tres espejismos del sueño del Rey (el azul, el blanco y el negro), que interpreta como las tres ilusiones-medios-herramientas que encarcelan el alma: tiempo, espacio y materia, deja al lector sin palabras. El canto de los Coros, presentando el mismo tema desde diferentes ángulos; las descripciones, por ejemplo, la del retiro apropiado de un Yogui (tal y como lo describe el Bhagavad Gita); los lamentos de las mujeres que suspiran por el amor del rey; el cuadro que traza el autor sobre el alma virgen de Ravana, en el sueño; son de una belleza literaria que le hermana, si no sobrepasa, incluso (¡que audacia, pensarlo!) al eterno Príncipe de las Letras, nuestro siempre amado Shakespeare.

Personalmente una de las escenas que más me ha sobrecogido es el paralelo que establece entre la sabiduría y mística del rishi Marisha (siempre obedeciendo al cálculo, nunca totalmente desinteresada, pero con poderes –siddhis- que le permitían viajar con su alma hacia un pasado y un futuro sin fin) y del gentil rishi Ananta Yajamana (siempre bondadoso y desinteresado, habiendo renunciado totalmente al fruto de la acción; filósofo, prototipo de raja yogui verdadero, o sea, “blanco”). No sé exactamente por qué, pero es que otra de las maravillas de este libro (como sucede también en Shakespeare, en Esquilo o las obras Isis sin Velo y la Doctrina Secreta, de H.P. Blavatsky) es que es infinitamente más lo que se sugiere que lo que se dice, lo que favorece una especie de diálogo con el alma que podemos llamar meditación, o sea, anhelo de infinito.

Es asombrosa la disertación que hace sobre las Tres Gunas o Cualidades de la Materia, y la relación de las mismas con el alma del titán (Ravana) encadenada a la materia, Tamas (Defecto, Inercia) y que se va liberando gracias a la acción y angustias redentoras de Rajas (Acción Impulsiva) que lleva a la luminosidad de Satva, el Justo Medio, el estado que abre el paso a la luz espiritual de lo puro e inmanifestado: el triángulo divino de Sat-Ser, Chit –Pensamiento, Ananda-Felicidad, en perfecta cohesión, Triángulo que es el Triplo Logos Platónico, o el de Plotino de Ser, Inteligencia y Creación (Alma del Mundo). Este Triángulo es la pura forma espiritual que es aprisionada por la tela de ilusión (Maya) del Mundo y constituye la belleza inmaculada que resplandece en el mundo entre las vestes u ondulaciones de Maya. Como diría Platón, si merece la pena vivir es por la belleza de lo que nos rodea, incluida la belleza de lo trágico o terrible.

Muy ilustrativa -aunque a los lectores comunes se nos escapa todo lo que subyace- las explicaciones sobre las armas mágicas (Astras) y los Poderes del Yogui (Siddhis), “inteligencias divinas con las que podemos y debemos trabajar”, dice.

O las alusiones veladas a la naturaleza y poder de Kundalini, la extraña historia del bromista y pasional Kamatura, que aparece como uno de los rishis que acompañan al Manú Vaivasvata (el Noe hindú) al inicio de un gran periodo de disolución (Pralaya)…

Para terminar, y esperando que sirva de incentivo para la lectura del libro, escogemos un texto que menciona la muerte en que vive el alma cuando se halla prisionera del mundo y de los sentidos, muerte de la que sólo puede ser liberada por la muerte (cuando cesa el encanto, el sueño de la Ilusión, Maya) o por despertar del Verdadero Conocimiento. Varias líneas, que parecen versos, que nos permitan vislumbrar el abismo de sabiduría y belleza que es esta obra, nunca traducida, por cierto, a la vigorosa lengua de Cervantes.

 

Jose Carlos Fernández

[1] Palabra que el autor de esta obra traduce genialmente como “profeta”.

 

ANEXO

La Tierra Silenciosa y Desolada
(Capítulo del libro El Sueño de Ravana)
[Una de las escenas de su sueño, Ravana rey de Lanka, camina junto a su compañera ideal (su alma gemela, su propio “antitipo”) por una tierra desierta donde todo se halla petrificado: hombres y ruinas de ciudades. Y todo este mundo en ruinas entona un lamento al amanecer, queriendo, pero sin poder, volver a la vida]
 
“Esa tierra desolada por la cual caminaste, ¡oh Titán! con tu bella y misteriosa compañera, donde las silenciosas ciudades se confundían con los grandes desiertos, donde la vida no se mostraba, y ninguna voz era oída en las calles, sino que todo era muerte y desolación; donde todo estaba inmóvil y petrificado; donde todo estaba rodeado de gigantescas ruinas, y formas colosales de vida pasada miraban a través de la piedra en tu dirección, portadoras de una belleza solemne y eterna, profiriendo un gemido ante los primeros rayos del nacimiento del sol, ofrece una imagen verdadera de este, nuestro mundo miserable. Porque, a decir verdad, ¿qué es nuestro mundo, sino una inmensa ruina, o un aglomerado de ruinas –una tierra de muerte y desolación- un desierto repleto de fragmentos de un pasado extinto?
Si contemplamos la naturaleza externa, encontramos en sus asombrosas cadenas montañosas, en los gigantescos picos de sus volcanes –explotando a gran distancia en el cielo-; en sus rocas abruptas y escarpadas y planicies pétreas; en sus moles gigantescas, dispersas y solitarias, lejos de sus parientes, en la montaña original; así como en sus grietas enormes, abismos y valles; señales evidentes de grandes convulsiones que ocurrieron en tiempos pasados. Toda la tierra parece un vasto y sublime conjunto de ruinas. Y cuando observamos con mayor detalle los materiales que forman esas ruinas; encontramos por todas partes las huellas de un mundo extinto. Una vegetación gigantesca, de consumada belleza, en las formas; así como fragmentos de construcciones llevadas a cabo por otros seres vivos, cuyo tamaño era colosal y de una estructura extraordinaria, así como un terrible poder: ellas nos rodean por todas partes. Son los rostros muertos de organismos extintos que nos miran en todos los lados desde la piedra, con su belleza melancólica y eterna; y, a medida que nuevas auroras descienden sobre el mundo en ruinas, un triste lamento es entonado por todas las creaciones pasadas, saludando el nacimiento del sol, que las hace recordar su vida ya pasada.”
El Coro canta
“¡Tal como hoy, oh Sol!, en tu eterna juventud,
Te levantaste un día sobre nosotros!
Cuando aún éramos jóvenes, y pensábamos que, a semejanza tuya,
Prosperábamos en fuerza.
Pero tú, diez mil años después, diez mil eras después,
Tú surges inalterado.
Y cuando esos, que ahora parecen prosperar y vivir,
¡Como nosotros, hayan perecido!
Entonces con triste gemido saludarán tu aurora,
a partir de sus oscuras cámaras de piedra,
Tal como nosotros ahora te saludamos, ¡oh Sol!
¡Oh, Sol, tu juventud es eterna!”
 
“Si miramos –continuó el Rishi- hacia la naturaleza externa de aquello que llamamos mundo de los vivos, en vano buscamos la vida. La muerte viene a nuestro encuentro en cada esquina. El terrible Yama está en todas partes. Toda creación animal se manifiesta tan sólo para ser destruida por alguna forma de muerte violenta. A las pacíficas manadas que pastan en las laderas, se les muestra Yama [Dios de la Muerte] en forma de tigre; a la inocente oveja, que bala, en forma de lobo o hiena. La serpiente captura al sapo en su lecho húmedo, y le arrastra a su madriguera donde le quiebra los miembros, o si no le arrebata la vida con su fuerza, cuando lo arrastra por los surcos entre las piedras. El halcón clava su pico cruel en el pobre gorrión; el gorrión, a su vez, captura y devora a la lagartija. El pájaro caza al pájaro; el pez caza el pez, según se halla escrito en el Mahabharata:
“Los peces más fuertes, persiguiendo a los de su especie, cazan a los peces más débiles.
Este es nuestro modo de vivir, el cual nos ha sido impuesto durante toda la eternidad.”
Con todo, es el hombre la peor encarnación de Yama. Entra con una alegría salvaje en el bosque de bambú, o de caña de azúcar, para atacar y matar al jabalí. Persigue por la planicie al tímido y gracioso antílope; las flechas vencen su agilidad; y la criatura, exhausta, confinada otrora a la belleza y a la libertad, cae sollozando sobre la tierra, y muere agonizando. El hombre retira a las pacientes ovejas, desprovistas de habla, y a los indefensos corderos, de los pastos donde otrora balaban alegremente, para llevarlos al matadero. En este preciso instante pasan tus siervos frente a las puertas de la corte, transportando en la cabeza cestas en las cuales se ve el bello plumaje de los gallos cingaleses, que fueron reunidos en las villas en torno a Lanka, y que son ahora transportados en grupo, felices los unos en compañía de los otros, inconscientes de su destino. Son llevados al campo de batalla, para alimentar a tus militares. La fiesta del hombre es señal de muerte para las criaturas más humildes de la tierra; él se regocija, se casa, al mismo tiempo que los animales mueren, objetos de su alegría, víctimas inmoladas por sus dioses del hogar. Aún aquellas criaturas, cuya carne el hombre aún no se habituó a comer, son perseguidas hasta la muerte usando los medios más dolorosos y prolongados. El caballo, que en su juventud lo transportó en los días de batalla o de espléndidas ceremonias, cuando llega a la vejez o su fuego se extingue, es consagrado al cruel vaisya[1], que lo lleva en carros alquilados, y tú, ¡oh Rey!, observas miles de esas criaturas miserables, magras, afligidas y jadeando, guiadas por Durgas (furias) masculinas por toda la ciudad, sin treguas, desde el nacimiento del sol hasta la medianoche, hasta que su fuerza expire, y sean por fin abandonados en cualquier esquina, para morir de forma invisible y sin piedad. Y el perro, sincero amigo del hombre; y el gato, siempre elegante, juguetón, caprichoso, desconfiado, tímido, atento, discreto, que ama la comodidad casera, y que siempre es cariñoso si bien tratado, el amigo –no te sientas ofendida, buena Mandodari[2], pues conoces sus fuertes pasiones- y hasta cierto punto prototipo del carácter de la mujer, y compañero de juego de los niños, Numen de la casa, y jeroglífico de la vida doméstica -¿qué se hace con ellos? ¿quién ve su fin? ¿por qué caminos solitarios, por qué agujeros y esquinas se arrastran por el suelo, movidos por el instinto natural de esconder sus agonías cuando el soplo de vida los abandona? ¡Ah! ¡Qué agonías y de qué tragedias son víctima los animales diariamente, no lejos de la morada del hombre, y él no lo sabe, o sabiendo, no las siente en el corazón, o se ríe con despreciable falta de compasión por el sufrimiento del animal! Y sin embargo, todas las criaturas, dijo Manú, viven en el majestuoso Espíritu en que también vive el hombre, y ese Espíritu habita en ellas, del mismo modo que habita en el hombre:
sarvabhūteṣu cātmānaṃ sarvabhūtāni cātmani /
samaṃ paśyan //
“En todas las criaturas el ESPÍRITU, y todas las criaturas en el ESPÍRITU,
de la misma forma habitan”
 
Miremos ahora al hombre. ¿Existe realmente vida cuando aquí reside? ¡Oh, no! Desde la cuna hasta el cementerio en que el cuerpo es colocado sobre una pira, no será su camino un largo lamento de sufrimiento, tristeza y terror: una larga reminiscencia y anticipación de la muerte? El jefe de familia, al comenzar la edad madura, y su próspera y hermosa matrona, que se encuentran en la cumbre de la vida, observan a cada lado y debajo, los dos valles de luto. En un valle están las buenas memorias de los padres amados; ella llora por su padre querido, él llora por su pobre y tierna madre. En el otro valle, están los niños idolatrados que les fueron arrancados prematuramente de sus brazos, y los dos lloran por ellas; ella se lamenta en voz alta, él con sollozos apagados y lágrimas escondidas. La madre muere al dar a luz a su hijo, o vive llorando sobre su cadáver. La enfermedad persigue al hombre desde su nacimiento. Entra en la ciudad de Lanka. En cada calle pasará por ti[3] un cortejo fúnebre, con su polvo rojo, sus lúgubres flores, y sus lamentos tristes y repetitivos, y detrás quedan las plañideras, que esperan en círculo ante las puertas, golpeándose en el pecho. En cada casa oirás el lloro y el lamento: de un viejo que muere; de un niño con dolores; de un hombre agonizando; de una mujer que solloza; de una niña que llora asustada. Y, como si el terrible vengador Yama, no hubiera impuesto a la humanidad suficiente medida de sufrimiento y de muerte, el hombre se plantea aún avanzar, ornamentado de oro y plumas, con su caballo adornado, para partir los miembros, quebrar los cráneos, perforar el corazón y las entrañas de su semejante. Y en el campo de batalla son producidas y quedan las visiones terribles, los terribles gritos, y los olores pavorosos de la muerte. Y en la ciudad las mujeres lloran, y quiebran sus pulseras, se rapan el cabello, y comienzan a usar vestes simples y grises, y a partir de entonces, pasan a ser vistas como un mal augurio. ¡Oh hombre trágico! ¿De dónde proviene tanta muerte en tu vida? ¡Por Dios!, es porque la destruida moral interna reina sobre todo, manifestándose de esta forma. Las almas de los hombres mueren en el momento en que nacen; esta vida es su autopsia, y la enfermedad se manifiesta en todos. Uno murió enloquecido por el orgullo; otro exaltado por la rabia; un leproso debido a la sensualidad; otro sufría de la fiebre de la ambición; el otro un deseo insaciable de ganar más: otro por el veneno maligno de la venganza; otro de la ictericia de los celos; otro debido al insaciable cáncer de la envidia; otro debido al exceso de amor propio; otro de la parálisis de la apatía. Muchas son las enfermedades, pero la muerte es el resultado común para todas ellas.
Sí, aquí triunfa la muerte: la muerte física y moral. Los muertos dan a luz a más muertos; el muerto lleva al muerto a la pira funeraria; el muerto camina por las calles saludando a los otros muertos, y negocia con ellos, compra y vende, se casa y construye: ¡y durante todo ese tiempo no sabe que todos ellos no son más que sombras y fantasmas! Esta tierra de silencio y de sombras, por la cual tu alma caminó en tu visión, ¡oh Titán!, es el MUNDO en el cual tu cuerpo muerto camina ahora despierto. Renuncia a esto y aniquílalo, ¡oh Rey! por medio del ascetismo y la divina sabiduría, para que regreses a la vida real.”
[1] Una de las 4 castas de la India, la asociada al comercio y al pastoreo.
[2] Es la devota esposa del rey Ravana.
[3] Dice “por ti” pues él ha sido quien, al raptar a Sita, ha dado motivo a la guerra que está dando muerte a sus servidores.

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