Simbolismo

Concepción del hombre en Egipto II

Horus, dios halcón
Horus, dios halcón

(primera parte del artículo aquí)

 

EL HOMBRE COMO HORUS (COMO GUERRERO INTERIOR)

Horus es el Dios que más propiamente representa al hombre interior y a la Humanidad. Combatiente en el nombre de Osiris, extermina a sus enemigos y lucha contra Seth, su Maestro-Enemigo. Aunque Horus en los primeros tiempos estuvo asociado en la Ideación universal en la Mente divina (Horus el Mayor), y la misma Diosa Madre por excelencia era nombrada como “la Casa donde mora Horus”, en clave psicológica es el símbolo por excelencia del Hombre como guerrero interior. Los textos jeroglíficos y las escenas pintadas en los templos se refieren incesantemente a la lucha que mantiene contra Seth. Seth es el Dios de las tempestades, y es también la sequedad del desierto, de la luz devoradora de la vida y de la existencia. En una clave psicológica Horus es la Conciencia y Seth la Circunstancia árida y dolorosa que rodea a la Conciencia. Aquellos que Horus debe vencer ara alzarse victorioso sobre sí mismo. Así, Seth es símbolo de la Personalidad y sus fuerzas animales (ésta sería una forma de Seth Tifón), pero es también el espejo en el que Horus terminará de conocerse. Seth, hijo de Nut, es el maestro “duro” de Horus, así como su padre Osiris es su Maestro en los Cielos.

El término del combate interior dará lugar a una reconciliación armónica entre lo que nos rodea y nuestra propia personalidad. Tras la Victoria, la “paz en alerta perpetua”, la Gran Sintesis. Thot, la Inteligencia, actúa de juez entre estos dos divinos combatientes, apoyando ya a uno ya a otro, según las vicisitudes del combate, para que éste permanezca hasta que llegue la Gran Hora. Referidos a Horus como guerrero interior nos encontramos con los siguientes textos en el Libro de la Salida del Alma a la Luz del Día:

“Vengo a luchar junto a ti, ¡Oh, Osiris! porque

soy una de esas antiguas divinidades que

hacen triunfar a Osiris frente a sus enemigos”.

 

Osiris representa la unidad en el hombre, la unidad fraccionada por Seth, que representa l sequedad de la vida, las experiencias en el mundo material. Horus es el encargado de restituir esta unidad.

“Cruzo los abismos de las aguas celestres que

están entre los dos combatientes.”

En este texto el Aspirante se identifica con la conciencia que recorre las Aguas que separan el Espíritu de la materia. El Hombre recorre la existencia a través del espejo que separa a Horus de Seth, su sombra, que le combate al otro lado del espejo. Ambos contendientes luchan en su interior.

El Hombre que, despierto por fin, resurge y se yergue sobre sí mismo, es Horus. Ya es consciente y porta en sí la semilla poderosa de las Divinidades, No es ya una momia, no es horizontal, se ha erguido formando una cruz que habla del hombre como encrucijada. Dice el Aspirante: “Estoy de pie, como Horus” (XI).

Los mismos Dioses le llaman a la actividad, otorgándole su luz y su poder:

“¡Arriba pues, Horus resucitado!

Los Dioses mismos te consagran Dios! (VII)

El Hombre ha despertado ante sí a la Guerra en los Cielos, y en él ya se presentan, en incesante combate, la guerra entre los Arquetipos y sus Sombras:

“El cruel combate que libran los

Dioses unos contra otros es de

acuerdo a mis voluntades” (XVII)

Blavatsky nos explica en Isis sin Velo que si hay una característica de la mística egipcia es la guerra interior. La Espiritualidad es el espíritu de conquista, exterior e interior. El “bello Amenti” es una conquista de la conciencia:

“Soy Horus, yo tomo por la fuerza

la Barca Celeste y devuelvo a Osiris mi

Padre su Trono. Con respecto a Seth,

hijo de Nut, aquí lo tenéis sin poderse

mover, atado con las cuerdas que

había preparado para mí” (LXXXVI).

Para el hombre concebido como Horus, la actividad es continua, el esfuerzo incesante, pues hay que recuperar todo el terreno perdido:

“Yo recibo en mis manos el arma sagrada y

atravieso el Cielo, me glorifican los Seres de luz,

porque es inmensa mi actividad y no conozco el

descanso. Porque yo hice cuanto pude para

aplacar las consecuencias de los desastres de

otros tiempos” (CXXX).

Es también Horus, hombre celeste, Arquetipo de la Humanidad, quien recorre el laberinto de lapislázuli hecho con la Luz de Nut, armado con el hacha de doble filo que le otorgó Anubis.

Horus es el Redentor:

“Horus es al mismo tiempo Néctar de los

Dioses y sacrificio divino. El recoge y reúne los

miembros de su Padre.

Porque Horus es su Redentor, su Redentor…

Él fija el curso de las cosas para

incontables años” (LXXVIII).

Horus es la esencia del valor, mora en los corazones de los hombres:

“Yo soy Horus que vive en

los corazones en medio

de los cuerpos” (XXIX).

Horus es la clave de la Victoria en el hombre. Es venciéndose a sí mismo como el hombre recupera su verdadera dignidad, su verdadera naturaleza. Y las victorias auténticas son semillas de nuevas victorias, de nuevos hallazgos:

“Todo el poder de Horus, hijo de Isis y Osiris, ha surgido de la Victoria…” (XIX)

Toda la Naturaleza, todos los Dioses asisten, expectantes, al combate de Horus,a la resurrección del Hombre:

“Al triunfo de Horus, hijo de Isis y Osiris,

asisten todas las Regiones, todos los Dioses y

todas las Diosas, los del Cielo y los de la Tierra” (XIX).

Al final, el Hombre, Horus, victorioso, podrá pronunciar la frase ritual:

“He llegado aquí por la voluntad de mi corazón” (XXII)

 

EL HOMBRE COMO MAGO

Es el Hombre-Síntesis, el hombre como ser con capacidad de crear, de hacer. Es aquel que domina las Fuerzas de la Naturaleza, aquel en quien los Poderes ocultos han hallado su perfecta expresión, en quien dichos Poderes se han abierto como el loto azul de los Misterios Egipcios. Todo ser humano puede convertirse en Mago. El Mago puede entonces ser considerado como una de las facetas del Arquetipo Hombre.

El jeroglífico egipcio para referirse a la Magia es “heka”, la fuerza espiritual que todo lo impregna. Es un término muy parecido al mag de los persas (de donde viene nuestra palabra “magia”). Mag es el gran Poder, la gran Fuerza. Christian Jacq da al término “heka” el significado de “dominio de los poderes”. Es curioso, pues si a esta palabra, 2heka” le añadimos la T del determinativo femenino, nos encontramos con el nombre de la Diosa griega de los encantamientos nocturnos, femeninos, Hékate[1], la magia nocturna y la cara oculta de la Luna, la Diosa de triple faz infernal.

En las Enseñanzas de Merikare encontramos: “El Creador concedió la magia al hombre a fin de ahuyentar el efecto fulgurante de lo que sobreviene”. Es decir, el mago no sería tan solo el Hacedor, sino también aquel cuyo poder y conocimiento puede oponerse y reconducir las nefastas corrientes kármicas engendradas por la ignorancia de los hombres. El Mago también sería el Preservador de los Ritos, aquel que actúa en los ritmos sagrados en el Tiempo y posibilita que se mantenga el Orden Universal en lo humano, aquel que permite mantener el sagrado vínculo entre los Dioses y los hombres. Una fuerza al servicio de la Naturaleza y del hombre. Es el hombre como mago el que puede afirmar, como en los textos sagrados egipcios: “Si yo prospero, Ra prospera; si Ra prospera, yo prospero”. Él es, de hecho, un remo de Ra, impulsa a Ra y al corazón de la Humanidad hacia su excelso destino fulgurante de revelaciones divinas, de colaboración con el Gran Plan.

En el Libro de la Oculta Morada, y relacionado con esta concepción del Hombre como Mago, encontramos:

“Yo soy Tum en medio del océano celeste, y en

verdad, todos los Dioses me favorecen

eternamente. Mi  Nombre es un Misterio. Mi

morada es sagrada para siempre… ¡Soy omnipotente! ¡Soy omnipotente!” (VII)

 

“Yo soy aquel que hace nacer los Dioses del

 Abismo y cuando es cumplido su ciclo los ve

 bajar hacia la Nada” (XXIV).

La operación mágica por excelencia es la palabra, pero debemos entenderla en conjunción con el gesto ritual, la voluntad perfecta y el conocimiento de las formas:

“La Magia, aquella que fluye de mi boca, crea un red impenetrable” (XXXI)

El Mago es el hombre cuya vida misma es un Lenguaje.

“Ciertamente mis posibilidades son infinitas y mi Nombre es El-Gran-Negro. Yo expreso lo que en mí se oculta entre las variaciones de mis formas fluctuantes” (LXIII).

“Yo llevo en verdad dentro de mí, los gérmenes y posibilidades de todos los Dioses… Y yo soy coronado Dios porque soy Khonsú, el Irresistible” (LXXXIII)

El hombre como Mago recupera su activa y olvidada condición de Dios. Es la corona de su condición humana en la Tierra. Está libre de las imperfecciones y errores que inducen la ignorancia y la circunstancia que nos presiona:

“¿Cuál es tu condición?

¿Qué clase de hombre eres?

Yo estoy purificado de todos los pecados. No

obedezco las imperfecciones de los hombres

que siguen las imperfecciones del momento”

(Confesión Negativa, Papiro de Nu)

El Mago ha recuperado su condición divina y so conciencia de inmortalidad:

“Yo sé que mi alma eterna es un Dios. Sé

también que mi cuerpo es la Eternidad misma” (LXXXV)

Ante él las pasiones por fin se acallaron, pero están prestas a ser despertadas a voluntad al servicio de su Señor:

“Ante mi rostro están las tempestades inmovilizadas” (CXXXV).

El Hombre como Mago es la corona de su evolución, su término y máximo desarrollo, su perfección. Él ha cumplido con las Leyes divinas, ha realizado todo lo que de él se exigía como ser humano:

“Todo lo que Ra ha ordenado para ti al

comienzo de los Tiempos desde este instante

está terminado. Por ello serás coronado,

¡Oh hijo de Nut! Igual que el Señor del

Universo ha sido coronado” (CLXXXIII).

 

Son innumerables las formas de acercarnos al Arquetipo Hombre que aparecen en los textos egipcios, pero la brevedad de este pequeño trabajo impide desarrollarlas en profundidad y ni siquiera esbozarlas debidamente. Trazaremos algunas líneas de algunos de los símbolos o formas con que podemos entender al Ser Humano según la cosmovisión egipcia.

Tal y como aparece en los jeroglíficos, el hombre como piedra cúbica de la estructura o pirámide del Cosmos.

El hombre como Ra, como impulso creador de Voluntad en incesante marcha, vivificador de los mundos.

El hombre como unidad, fraccionada al caer en la materia.

El hombre como Ju, como Espíritu puro, como rayo de luz inmaculada que atraviesa la Eternidad.

El hombre como Ciudad celeste donde habitan los Dioses, como Montaña de Fuego, como Isla Seca donde se posó el Ave de la Resurrección, el Bennu.

El hombre como peregrino ofrendante en los caminos de la existencia, recogiendo las experiencias espirituales, semillas mágicas que dejó sembradas en el camino de la vida.

El hombre como lo que no es, y por lo tanto de lo que debe precaverse (Confesión Negativa).

El hombre como lo que es, es decir, lo que debe lograr, la verdadera Acción (Confesión Positiva)

El hombre como Esfinge, los distintos animales todavía vivos que aglutinó y esclareció mediante su conciencia espiritual.

El hombre como Loto, como expansión de las propias potencialidades, como ofrenda de poder ante el Dios Ra que rige nuestro Universo.

El hombre como Señor de las Transformaciones, Kepher, el Escarabajo.

El Hombre como Lira impulsada por Vientos Divinos.

El Hombre como Viento Divino, como Shu, eternamente joven.

El hombre como Corazón, sede de la Conciencia, Padre-Madre de las transformaciones.

El hombre como Nefer, es decir, como suma excelencia, bondad y belleza.

El hombre como Pez que debe evitar el Karma, la red de Thot.

El hombre como escriba, es decir, como el pincel en manos del Señor del Universo. Como aquel que escribe su propio destino y debe responder ante él.

El hombre como Diseñador del Templo de Fuego, es decir, aquel que forja su propia Mente, su propio Amenti en el fuego de Ptah.

El hombre como Huevo, es decir, el hombre en su propio pellejo de transformación.

El hombre como Momia. El hombre como Serpiente. El hombre como Rana. Como Ankh, llave y luz de Vida. Como Encrucijada. Como Templo. Como Trigo o como divino Sembrador. Como Juramento Vivo, es decir, como Nombre. Como Columna de la Estabilidad. Como perfecto asentamiento en la tierra, etc…

Todas estas formas señalan la excelencia de los egipcios a la hora de señalar qué es el Hombre y cuál es el Arquetipo que lo rige, Arquetipo que irradia en miríadas de arquetipos, conformando una verdadera Pirámide de Ideas, símbolo perfecto del Hombre, símbolo perfecto de Egipto.

 

Jose Carlos Fernández

Madrid 1997


[1] “Entre los egipcios fue [La Luna] Hekat (Hécate) en el Infierno la Diosa de la Muerte, que mandaba sobre la magia y los encantamientos”. H.P.Blavatsky, Doctrina Secreta II, pag. 93, editorial Kier.

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