Historia

La vida de Séneca: un ejemplo de búsqueda filosófica y coraje político II

Séneca y Nerón, copia del grupo escultórico de Eduardo Barrón situado en una avenida de la ciudad de Córdoba.
Séneca y Nerón, copia del grupo escultórico de Eduardo Barrón situado en una avenida de la ciudad de Córdoba.

(leer primera parte aquí)

El día 13 de octubre del año 54 el emperador Claudio expiró, víctima del veneno, según testimonio de los historiadores clásicos. Agripina, dicen, le habría asesinado en la madrugada de este mismo día. Pero en el documento oficial la hora es entre “la sexta y la séptima” (entre el mediodía y la una). Agripina aprovechó para dar un golpe de Estado, en el interior del palacio. Aunque Nerón era un hijo adoptado y reconocido por Claudio, le correspondía gobernar a Britanicus. Agripina lo entretuvo en palacio, con zalamerías, mientras que Nerón, con 16 años, y acompañado por Burro, general veterano, daba un discurso ante la cohorte que estaba de guardia en palacio; que lo aclamó como imperator. Y después se dirigió al campamento de pretorianos, a las afueras de la ciudad, donde pronunció otro discurso, y por la influencia decisiva que ejercía Burro, fue, otra vez aclamado como emperador. El Senado ratificó la decisión y lo mismo hicieron las legiones…

Varios días después Nerón pronunció el discurso de elogio fúnebre, la laudatio, del emperador difunto. El discurso, según Tácito, había sido escrito por Séneca; y fue escuchado de un modo grave; hasta que Nerón mencionó la prudencia y sabiduría de Claudio, momento en que apenas se pudieron contener las risas.

Se acusa a Séneca de hipocresía respecto al contenido de este discurso, en contradicción, aparente, con el libro de la Apocoloquintosis. Pero en la laudatio, uno hace referencia, sólo, a las virtudes del difunto, y el aliento vital del discurso trata de avivar la llama de estas virtudes, por pequeñas que sean. No se puede negar a Claudio cierta “prudencia y sabiduría”, entre comillas, virtudes clave del gobernante; así como una ausencia completa de valor y templanza, lo que finalmente le convirtió en uno de los peores tiranos que ensombrecieron con sus arbitrariedades el curso de la historia romana.

La crítica que hace Séneca de Claudio en la Apocoloquintosis no es una crítica personal; sino que forma parte también de la Razón de Estado. Claudio aparece aquí ridículo como hombre y como gobernante. Augusto, en el cortejo de Dioses del Olimpo; rechaza la divinización de Claudio, que es precipitado a los infiernos. Esta obra serviría, primero, como una recomendación a la prudencia a la hora de decretar la apoteosis (divinización) de un emperador; y luego para castigar la política y la conducta injusta e inmoral seguida por Claudio. Y a su vez, favorecer el nuevo programa de gobierno; que anunciará Nerón ante el Senado en un escrito bajo inspiración de Séneca, si no escrito por el mismo Séneca. Tácito describe el contenido de este discurso, que fue especialmente grato y admirado por los senadores… Esto es un retorno a la diarquía augústea, y también a la pureza de la administración.

En este periodo que Séneca está instruyendo a Nerón y poco antes de penetrar de lleno en la vorágine de las responsabilidades políticas escribe su libro De tranquilitate animi

Séneca, en este momento se ha convertido en el personaje político más importante e influyente del Imperio Romano. Burro, jefe de la guardia pretoriana, es el instructor y asesor del joven emperador en asuntos militares. Séneca, además de senador, es el consejero del Príncipe; y coinciden historiadores –tan despectivos otras veces con nuestro filósofo- en que el Imperio vive uno de los momentos más esplendorosos y de mayor concordia desde el reinado de Augusto. Se establece el reinado de la sabiduría y la prudencia. La diplomacia soluciona ventajosamente y sin daño situaciones que parecían abocadas a la guerra. Las responsabilidades de gobierno son asumidas por almas entregadas y capaces, por almas cuyo motor es el sacrificio por el bien público. Séneca, para dulcificar el ánimo del emperador, hace rodear a Nerón de un círculo de almas jóvenes selectas: poetas, filósofos, héroes entre los que conocemos al propio sobrino de Séneca; Lucano Anneo, el escritor de Farsalia y tantas otras obras.

Séneca escribiría en estos primeros años de gobierno de Nerón, el discurso de La Clemencia, bellísima obra, dedicado al joven emperador, y que es un pequeño tratado sobre la realeza, y la aspiración, a la manera egipcia, de monarquía universal que debe asumir el Imperio Romano.

El mismo Nerón, aconsejado por Séneca; reúne y organiza debates filosóficos con y entre los distintos representantes de las Escuelas Filosóficas en la mansión imperial.

A Séneca no le es fácil, sin embargo, controlar dos fuerzas poderosas e indómitas que crecen en el Palacio del Príncipe; y que serán, finalmente causa de la destrucción moral de Nerón y del asesinato de nuestro filósofo. Los celos e instinto de poder de Agripina; y la locura de Nerón.

Agripina no se resigna a abandonar el poder. Esta mujer de genio, cuando ciertos magos y astrólogos caldeos le pronosticaron que si su hijo gobernaba la Tierra, acabaría asesinándola, dijo: “¡Sea! ¡Con tal que  mi hijo se convierta en Emperador!”. Sin embargo, ahora que Nerón era emperador quería conocer cada uno de los detalles de la mecánica del poder, todos sus entresijos. Y al efecto, las reuniones del Senado y la recepción de las embajadas se hacían en el propio palacio del príncipe, donde ella, detrás de unas cortinas, podía oír cuanto se decía, y no perder así baza.

En una de estas recepciones, la sabiduría y rápidos reflejos internos de Séneca salvaron a Nerón, y a Roma, de una situación harto desagradable.

El comportamiento de Agripina era, cada vez más, inaceptable. Sus celos de poder y por su hijo aumentaban de día en día. Cuando Nerón, posiblemente a causa de la frigidez de su esposa Octavia, desfogó sus impulsos vitales y sentimentales con la joven Acté, haciéndola amante y tierna enamorada; Agripina se convirtió en una Furia, o peor, una harpía ávida de carne y poder. Como nada conseguía así; ante la muralla de protección filosófica creada por Séneca, cambió de estrategia. Simuló aceptar a la amante de Nerón; pero, según Tácito, llegó a intentar seducir en el lecho a su hijo. Nerón aborrecía y desdeñaba. Agripina entonces amenazó contar su propia historia de crímenes y defender el partido de Británicus, llevándolo al campamento de los pretorianos, incitando a los Senadores y mandando mensajes a las legiones, etc. Esto provocaría, evidentemente, una guerra civil.

Tácito y Dion Cassio –nunca partidarios del poder imperial- aseguran que Nerón envenenó a Britanicus. La mayor parte de los historiadores lo afirma. Pierre Grimal lo duda y aduce pruebas médicas en contra. Muchos acusan a Séneca haber aconsejado el asesinato, lo que es una abominación, y no existe ni una sola prueba; y ni siquiera mención de ello en los historiadores que son enemigos declarados de Séneca como por ejemplo Dion Cassio.

Aquí comienzan las intrigas de Agripina contra Nerón, para proteger su vida. Aunque lo más probable es lo contrario; que lo que comienzan son los terrores de Nerón, ante las intrigas de Agripina. Nerón inicia en el año 58 relaciones con Sabina Popea, una mujer depravada y ávida de poder que ejercería una influencia nefasta sobre el príncipe. Ella sí es, seguro, la verdadera consejera que planificaría con Nerón la muerte de Agripina; asesinato ejecutado a fines de marzo del año 59. Nerón, que sentía verdadero pavor  por la madre, intentó detenerla, acusándola de intrigas; y convocó para ello a Burro y a Séneca. Burro dijo que no podía actuar contra ella sin pruebas. Aún así, fueron a su mansión y, según Tácito, ella con un breve discurso los dejó desarmados y anonadados.

Nerón planificó, por sí mismo, y, lo más probable, con ayuda de Popea, la muerte de la madre. La invitó a cumplimentarla, y en el regreso, la nave, preparada al efecto, se hundió en el mar. La madre, ejemplo de coraje y determinación; se salvó nadando, aunque escondiendo la identidad. Cuenta Tácito que su sirvienta, para ser ayudada dijo en el agua, y casi ahogándose; que era Agripina; y fue muerta a remazos. Aunque la madre sospechaba que todo había sido tramado por su propio hijo, se dirigió con un mensajero, suplicando auxilio. Nerón, alarmado, reunió a su consejo privado, entre el que estaban Séneca y Burro. Ahí, Nerón, como emperador, debió plantear el peligro de que su madre provocara un levantamiento militar; y los consejos hostiles a Agripina decidieron su muerte, que ejecutaron esa misma noche los guardias pretorianos. Dion Cassio acusa a Séneca de haber planeado, con Nerón, la muerte de Agripina; y de haber incentivado a los consejeros. Pero de todo ello no existen pruebas; y es una acción completamente opuesta al carácter y la integridad demostrada por Séneca durante toda su vida. Es contrario a la filosofía de la que fue portavoz con sus escritos, con su vida y con su muerte.

Este periodo crítico y convulsivo es en el que escribe un tratado sobre la “Vida Feliz” –De vita beata– y otro sobre el arte de otorgar beneficios y regalos- De beneficii– Esta última obra, en siete libros, es una disertación magistral, y una reflexión ante sí mismo, ante su propia alma, del arte de dar y de recibir. Saber qué se debe dar y a quién, cómo, cuando, por qué… Escrito por el todavía entonces personaje más poderosos de Roma, que no olvidaba, que la verdadera Arte Política está muy unida al Arte de los Beneficios y de las vinculaciones humanas que resultan de ellos.

El matricidio que ejecutó Nerón, debió abrir una grieta tal en su alma, que le hizo aún más susceptible a todo tipo de influencias nefastas. A la de Sabina Poppea hay que sumar las intrigas de Tigellinos, especializado en denunciar a ciudadanos poderosos y ricos, pagando a acusadores, testigos… en lo que Pierre Grimal ha llamado el periodo de los “asesinatos políticos”. Todos estos robos y asesinatos, de los que Nerón era artífice y cómplice, demuestran el estado de envenenamiento en que se hallaba su alma y cómo ya no se pertenecía a sí mismo. Nerón, enajenado por creerse el mismo dios Apolo en carne y hueso, dedica todo su tiempo a actividades consagradas al Dios: conducir carros, escribir poesías, recitar, cantar… y hace construir, con el despojo de tantos asesinatos y destierros, su palacio, “la Domus Aurea”.

Cuando Séneca comprendió que ya nada podía hacer; que la locura de Nerón ya se había desatado, que su discípulo no oía sus consejos, que él no podía temperar las intrigas e injusticias de Poppea, Tigellinos y cuantos advenedizos llegaban como insectos ante la fetidez moral del emperador; decidió retirarse a la vida privada. Permanecer más tiempo- ahora que ya no podía ser más útil- le habría corrompido su moral y su honra; al convertirse en cómplice de tantas tropelías y crueldades.

El desequilibrio completo de fuerzas benéficas y maléficas en la intimidad de Nerón; y por tanto, en la administración del Imperio, fue precipitado con el asesinato de Burro, uno de los pilares morales del alma de Nerón. En una escena tristísima, descrita por Tácito; y que nadie que haya leído puede ya olvidar se eclipsó la vida de Burro, el alma de Nerón y la esperanza política de Séneca.

Séneca, cuya mansión era de las más ricas de Roma; dado su protagonismo político y por exigencias del “ritual del poder”; renunció sin dificultad a todo y dedicó sus últimos años de vida a la meditación, a favorecer cuando y en lo que podía a sus amigos, y a escribir. A pesar de las críticas de historiadores, carentes por completo de gracia y de imaginación, Séneca nunca ambicionó riquezas; y si estas llegaron a él en abundancia; supo hacer el mejor uso de ellas; sin dejar que su alma fuera corrompida por las mismas, según el aforismo de Bacon de que “la riqueza es un buen siervo pero un mal maestro”. Séneca enseñaría que tanto la riqueza como la pobreza pueden ser circunstancias o herramientas útiles; pero que nada otorgan y nada arrebatan al alma que es dueña de sí misma.  Tener riqueza sirve para facilitar el camino y favorecer a las almas nobles y buenas; como enseña en sus De beneficii. Ser víctima de la pobreza sirve como meditación sobre la muerte. Porque la desnudez de la pobreza está muy cerca de la desnudez de la muerte.

Tácito nos describe la entrevista que mantuvieron emperador y senador, discípulo y Maestro, Nerón y Séneca, y donde el filósofo le dijo que a causa de su estado de salud; y para dedicarse más enteramente a los estudios; abandonaba las responsabilidades de la vida política.

LIII. Pero Séneca, advertido por algunos en quienes todavía quedaba algún rastro de honestidad de que no dormían los malsines, viendo por otra parte que César se apartaba cada día más de su trato y comunicación, pedida y alcanzada audiencia, comenzó así: Catorce años ha, oh César, que me arrimé a tus esperanzas, y éste que corre es el octavo desde que posees el imperio. En este tiempo has multiplicado en mí tantas honras y tantas riquezas, que no le falta otra cosa a mi felicidad para llegar a su colmo que el saberla yo moderar. Serviréme de grandes ejemplos, no de gente de mi fortuna, sino de la tuya. Tu rebisabuelo Augusto concedió a Marco Agripa el poderse retirar a Mitilene, y a Cayo Mecenas el vivir en ociosidad y reposo en esta misma ciudad, como si estuviera en un lugar muy apartado; de los cuales, el uno compañero suyo en las guerras y el otro habiendo trabajado mucho por él en Roma, si a la verdad alcanzaron grandes mercedes, fueron sin duda ocasionadas también de grandes servicios; mas yo, ¿qué otra cosa puedo alegar por causa de tu liberalidad, que mis estudios, criados, por decirlo así, en el regalo y a la sombra, de los cuales me ha resultado tanta reputación, que he merecido enseñarte las primeras letras y componer tu juventud, precio excesivo a tan honrado trabajo? Mas tú hasme hecho mercedes sin medida, hasme dado riquezas sin número, y de tal manera que, cuando retiro a mí el pensamiento, me digo muchas veces a mí mismo: ¿Qué es esto, Séneca? ¿Eres tú aquel cordobés a quien, aunque nacido de un linaje ordinario de caballeros, cuentan hoy entre los mayores grandes de Roma? ¿Eres tú aquel cuya moderna nobleza resplandece entre las más ilustres y antiguas de esta ciudad? ¿Dónde está aquel ánimo que solía contenerse con cosas moderadas? No veo sino que adornas jardines; que te recreas en las quintas y casas de placer que has hecho fuera de la ciudad; que gozas de infinitos campos y heredades; y, finalmente, que no cesas de amontonar innumerables sumas de dineros. Una sola cosa me puede servir de excusa, y es que no me estaba bien mostrarme porfiado en no recibir tus dádivas.

LIV. Pero ambos a dos habemos henchido nuestras medidas; tú, dándome cuanto un príncipe puede dar a un amigo, y yo, recibiendo cuanto un amigo puede recibir de su príncipe. Todas las demás cosas no sirven sino de acrecentar la envidia; la cual, como todas las demás de los mortales, está rendida a los pies de tu grandeza; mas prevaleciendo contra mí solo, yo solo soy el que necesita de remedio. Y de la manera que si me hallara cansado de la milicia o de algún viaje pidiera ayuda y socorro, asimismo en este camino de la vida, viejo ya e incapaz hasta de muy leves cuidados, no pudiendo sostener más el peso de mis riquezas, pido ayuda y socorro. Manda, señor, que sean administradas por tus procuradores, y que se reciban en cuenta de hacienda tuya, y no me empobreceré por esto; antes dando de mano a aquellas cosas cuyo resplandor me deslumbra, el tiempo que hasta aquí empleaba en el cuidado de los jardines y de las quintas, emplearé en la recreación del ánimo. Tienes ya vigor y fuerzas bastantes, y la grandeza de tu Imperio está ya muy bien fundada con la posesión de tantos años; conque podemos tus criados más viejos procurar de tu clemencia, quietud y reposo; y más habiendo de redundar esto también en gloria tuya, pues verá el mundo que supiste engrandecer a personas que saben contentarse con poco.

LV. A estas palabras respondió Nerón casi de esta suerte: Que yo de repente sepa responder a tu oración estudiada, lo tengo por uno de los mayores dones que de ti he recibido, pues me has enseñado a desembarazarme, no sólo de las cosas muy pensadas, pero también de las improvistas y repentinas. Mi rebisabuelo Augusto concedió a Agripa y a Mecenas el gozar del ocio después de los trabajos; pero estando él con tal edad que podía defenderse su autoridad por sí misma. Por mucho que fue lo que les dio, no se hallará que quitase ninguno los premios una vez concedidos. Verdad es que los habían merecido en la guerra y en los peligros, ejercicios en que empleó Augusto su mocedad; mas a mí tampoco me faltaran tus armas y tus manos si me empleara en ellos. Pero tú, conforme lo han ido necesitando los tiempos, con la razón, con el consejo y con mil buenas instrucciones, has gobernado primero mi niñez y después mi juventud. Los bienes que de ti he recibido me serán eternos mientras me dure la vida. Los que tienes de mí, conviene saber, dineros, campos, jardines y heredades, son todos sujetos a los accidentes de la fortuna; y aunque parecen muchos, hay muchos también que, sin igualársete en virtud ni en ciencia, han poseído mucho más. Avergüénzome de nombrarte los libertinos que se ven en Roma mucho más ricos que tú, y más de que siendo Séneca la persona a quien más amo y estimo, no sobrepuje a todos en estado y fortuna.

LVI. Estás todavía en edad robusta, capaz de atender a las cosas del gobierno, y de gozar y poseer el fruto de tus bienes, donde yo apenas hago más que acabar de entrar en el Imperio; si no es que te estimas en menos que Vitelio porque fue tres veces cónsul, y a mí me pospones a Claudio; porque no te ha de poder dar mi liberalidad tanto como ha dado a Volusio (7) su continua parsimonia y escasez. Fuera de esto, si en alguna cosa se aparta de lo justo mi juventud resbaladiza, tú me vas a la mano y me reduces a buen camino, templando con tu consejo mi vigor descompuesto y desordenado. Si me restituyes la hacienda que te he dado, no dirá el mundo que lo causa tu modestia, ni si desamparas al príncipe juzgarán que lo haces por descansar; antes se atribuirá, lo primero a mi avaricia, y lo segundo al miedo de mi crueldad. Y cuando bien quede por este camino alabada tu continencia, no es acción digna de un varón sabio procurar gloria para sí con lo que sabe ha de ocasionar a su amigo infamia y vituperio. Acompañó estas últimas palabras con mil abrazos y besos, hecho de la naturaleza y habituado del uso a encubrir el aborrecimiento con estas falsas caricias. Séneca le da infinitas gracias; que así se acaban todos los diálogos que se tienen con el que manda. Pero mudando el estilo que solía tener cuando se conservaba en su privanza, prohíbe la muchedumbre de visitas, huye los acompañamientos, dejándose ver raras veces por la ciudad, y estándose casi siempre en su casa, como detenido por falta de salud o por atender a los estudios de filosofía.[1]

 

Nerón se había convertido ya en un monstruo, pero en la descripción de Tácito, su disfraz de cordialidad y su aparente gratitud, así como su elocuencia “filosófica” son admirables. Séneca sabía, que desde ese momento, más allá de la “dulzura” de Nerón, la espada de su cólera pendía sobre su cabeza, dispuesta en cualquier momento a segar el hilo de su vida.

Asesinada su madre, su esposa- Octavia-, su amigo y preceptor militar; la “obra” debía ser consumada con el asesinato del Maestro.

En el año 62 – y seguimos aquí la cronología de Pierre Grimal – escribe el libro Sobre el ocio, canto filosófico a su nueva forma de vivir, alejado de las intrigas y de la vorágine política. Y alejado de Nerón y sus locuras; preparándose, en realidad para su futura muerte, que entreveía cercana y fácil, dada la naturaleza de los acontecimientos.

En este mismo año comienza una obra monumental, en tamaño y contenido; sus VII libros de Cuestiones Naturales. Un estudio sobre la dinámica vital de la Naturaleza y sobre el Cosmos. Una inmersión en el alma de la Naturaleza para descubrir sus leyes, y una exposición velada de Misterios     que aprendería en Egipto, y  otros extraídos de la ciencia etrusca.

En el prólogo de esta obra dice que la filosofía moral; y el conocimiento del alma humana son nada más que el pórtico para profundizar en misterios y conocimientos mayores, excelsos, que hacen que el alma pueda compartir las divinas esencias de los poderes celestes. Es ésta una de las disertaciones más bellas y elevadas de la obra de Séneca:

 Tanto como se diferencia la filosofía de las demás artes, óptimo Lucilio, otra tanta diferencia encuentro yo en la filosofía misma, entre la parte que se ocupa del hombre y la que se refiere a los dioses. Más elevada y atrevida ésta, se ha permitido mucho: no contentándose con lo que se ofrece a nuestra vista, sospechó que la naturaleza había colocado más allá de lo que se ve algo más grande y más bello. En una palabra; entre una y otra filosofía media tanto como entre Dios y el hombre. Enseña la primera lo que debe hacerse en la tierra; la segunda, lo que se hace en el cielo. Una desvanece nuestros errores y trae la luz que ilumina los engañosos caminos de la vida; la otra se eleva sobre esta densa niebla en que nos agitamos, y sacándonos de la oscuridad, nos lleva al manantial de la luz. Gracias doy en verdad a la naturaleza cuando, no contento con su parte pública, penetro hasta en sus misterios más secretos; cuando aprendo de qué elementos se compone el universo; quién es el arquitecto o conservador; qué es Dios; si está absorto en su propia contemplación, o si algunas veces inclina hasta nosotros sus miradas; si crea diariamente, o ha creado una vez sola; si forma parte del mundo o es el mundo mismo; si todavía hoy puede dar nuevos decretos y modificar las leyes del destino, o si le es imposible retocar su obra sin descender de su majestad y reconocer que se ha engañado: necesario es sin duda que ame siempre las mismas cosas aquel que solamente puede amar las perfectas, no siendo por esto menos libre ni menos poderoso, porque él mismo es su necesidad. Si no pudiese elevarme a todo esto, para nada habría nacido. ¿A qué regocijarme en este caso por encontrarme en el número de los vivos? ¿por digerir comidas y bebidas? ¿por cuidar este débil y miserable cuerpo que perece en cuanto ceso de rellenarlo? ¿por desempeñar toda mi vida el cargo de enfermero, y temer la muerte para la cual nacemos todos? Quítame este inestimable placer, y no vale la existencia que me extenúe por ella entre fatigas y sudores. ¡Oh, qué pequeño es el hombre mientras no se eleva por encima de las cosas humanas! ¿Qué hacemos de admirable mientras luchamos con nuestras pasiones? La misma victoria, si llegamos a conseguirla, ¿tiene algo de sobrenatural? ¿Debemos gloriarnos porque no nos parecemos a los seres más depravados? No veo por qué razón haya de admirarse nadie al encontrarse más robusto que un enfermo. Mucha distancia hay de la robustez a la salud perfecta. Has escapado de los vicios del alma; no finge tu frente; la voluntad ajena no te hace sujetar la lengua, ni disimular tus sentimientos; huyes de la avaricia, que lo arrebata todo a los demás para negárselo todo a sí misma; el libertinaje, que prodiga vergonzosamente el dinero que gana por caminos más vergonzosos todavía; la ambición, que no lleva a las dignidades sino por indignas bajezas. Pero nada has hecho hasta ahora; has escapado de muchos escollos, pero no has escapado de ti mismo. La virtud a que aspiramos es magnífica, no porque sea propiamente un bienestar exento de todo vicio, sino porque engrandece el alma, la prepara al conocimiento de lo celestial y la hace digna de asociarse al mismo Dios. La plenitud y consumación de la felicidad para el hombre, consiste en hollar todo lo malo, elevarse y penetrar en el seno de la naturaleza. ¡Cuánto agrada desde en medio de esos astros entre los que vaga su pensamiento, mirar con desprecio las grandezas de los ricos y la tierra entera con todo su oro, no solamente aquel que ha arrojado de su seno y entregado a los cuños de nuestra moneda, sino también el que guarda en sus entrañas para la codicia de las edades venideras! Para desdeñar esos pórticos, esos artesonados resplandecientes de marfil, esos bosques recortados, esos ríos obligados a pasar por palacios, necesario es haber abarcado todo el ámbito del mundo, y dejado caer desde lo alto una mirada sobre este pequeño orbe terráqueo, cuya mayor parte cubren los mares, y la que sobresale, helada o abrasada, ofrece espantosas soledades. ¡He aquí, se dirá el sabio, el punto que tantos pueblos se disputan con el hierro y el fuego! ¡Oh, qué ridículos son los confines humanos! El Dacio no pasará el Ister; el Strymon limitará la Tracia; el Eúfrates detendrá a los Parthos; el Danubio separará la Sarmática del Imperio romano; el Rhin será el límite de la Germanía; el Pirineo dividirá las Galias y las Españas; inmensos desiertos de arena se extenderán entre el Egipto y la Etiopía! Si se concediese a las hormigas la inteligencia del hombre, ¿no harían como él muchas provincias del suelo de una granja? Cuando te hayas elevado a las cosas verdaderamente grandes, siempre que veas marchar ejércitos a banderas desplegadas, y, como si se tratase de algo importante, correr jinetes a la descubierta o desplegarse sobre las alas, te sentirás movido a decir: It nigrum campis agmen…

Evoluciones son esas propias de hormigas que se agitan mucho en pequeño espacio. ¿Qué otra cosa las distingue de nosotros sino la pequeñez de su cuerpo? Un punto es este en que navegáis, en que trabáis guerras, en que distribuís imperios, exiguos, aunque no tengan otros límites que los dos Océanos. Allá arriba existen espacios sin término, a cuya posesión se admite nuestra alma, con tal de que solamente lleve consigo la parte más pequeña posible de su envoltura material, y que, purificada de toda mancha, libre de toda traba, sea bastante ligera y bastante parca en sus deseos para volar hasta ellos. En cuanto los toca, se alimenta de ellos y en ellos se desarrolla, encontrándose como libre de sus cadenas y devuelta a su origen. El alma reconoce su divinidad en el deleite que le producen las cosas divinas, que no contempla como ajenas, sino como propias. Con serenidad contempla allí la salida y ocaso de los astros, y las diversas órbitas que recorren sin confusión. Observa desde dónde comienza cada estrella a brillar para nosotros, su grado más alto de elevación, la carrera que recorre y la línea hasta que desciende. Espectadora curiosa, nada hay que no examine e investigue. ¿Por qué no hacerlo? Sabe que todo esto le pertenece. ¡Cuánto desprecia entonces la estrechez de su anterior domicilio! ¿Qué vale el espacio que media entre las costas más apartadas de España y las Indias? Navegación de poquísimos días si hincha las velas buen viento. ¡Pero la región celestial abre carrera de treinta años al astro más rápido de todos que, sin detenerse jamás, camina siempre con igual velocidad! Allí aprende al fin el hombre lo que por tanto tiempo ha buscado, allí aprende a conocer a Dios. ¿Qué es Dios? El alma del universo. ¿Qué es Dios? Todo lo que ves y todo lo que no ves. Si se le concede al fin toda su grandeza, que es mucho mayor de cuanto puede imaginarse, si él solo es todo, toda su obra está llena de él tanto en el interior como en el exterior. ¿Qué diferencia existe, pues, entre la naturaleza de Dios y la nuestra? Que nuestra parte mejor es el alma, y en Dios nada hay que no sea alma. Dios todo es razón, y en los mortales, por el contrario, tal es su ceguedad, que a sus ojos este universo tan bello, tan regular y constante en sus leyes, solamente es obra y juguete del acaso, que rueda entre los fragores del trueno, nubes, tempestades y demás azotes que agitan la tierra y lo inmediato a la tierra. Y esta locura no queda entre el vulgo, sino que se extiende a muchos que quieren pasar por sabios. Hay quienes, reconociendo en sí mismos un espíritu, y espíritu previsor, capaz de apreciar en sus detalles más pequeños lo que les afecta, tanto a ellos como a los demás, niegan a este universo, de que formamos parte, toda inteligencia, suponiéndole arrastrado por fuerza ciega, o por naturaleza inconsciente de lo que hace. ¿Y no consideras cuán útil es conocer estas cosas y determinar con exactitud sus términos? ¿Hasta dónde alcanza el poder de Dios? ¿Forma él la materia que necesita, o no hace más que usarla? ¿Es anterior la idea a la materia o la materia a la idea? ¿Hace Dios todo lo que quiere o en muchos casos falta objeto a la ejecución, y en repetidas ocasiones salen de manos del Supremo artífice obras defectuosas, no por falta de arte, sino porque los elementos que emplea son contrarios al arte? -Admirar, meditar, estudiar estas grandes cosas, ¿no es elevarse de la esfera de la propia mortalidad y pasar a mundo mejor? Mas ¿para qué, dirás, te servirán estos estudios? Si no para otra cosa, al menos para saber que todo es limitado cuando haya medido a Dios[2]

De estos años son también un tratado sobre la Superstición y otro sobre la Providencia. Y sus también monumentales 124 Cartas a Lucilio. Las grandes cuestiones de la Filosofía, lecciones de moral, de teosofía, están expuestas en el estilo propio y ardiente de Séneca, implacable siempre en lógica y sentido común. Muchos grandes personajes de la Historia quedaron conmovidos, al leer, en plena juventud estas líneas, que facilitan el despertar y la guía de las almas. Y aunque Quintiliano, en sus Instituciones Oratorias, critica la falta de erudición de Séneca, es evidente que Séneca y él estaban hechos de un metal distinto. Quintiliano, con erudición, habla de filosofía como habla de sintaxis lingüística cuando enseña a sus discípulos. Quintiliano es un profesor de escuela. Séneca es un filósofo que ha sacrificado su vida en servir a los demás, y el lenguaje que usa, inspiradísimo, es un lenguaje que le brota del alma. Es el lenguaje del Alma, expresado, por cierto, en un perfecto latín y con imágenes y ejemplos de gran erudición.

Pierre Grimal explica que el análisis de las Cartas a Lucilio demuestra hasta qué punto nuestro filósofo se fue separando más y más de los asuntos de la vida hasta sumergirse en un mundo de Ideas puras, de puras intuiciones, de pura sabiduría. Al desligarse de todo aquello que es mortal, en un ejercicio de la mente  y de la voluntad que es, en sí, Filosofía; se está preparando para la muerte.

Es ya, libre de las ataduras de la vida, que escribió su Libro de Filosofía Moral, tratado que, por desgracia, se perdió; y que tantas puertas habría abierto al alma de tantos buscadores de la Verdad.

En el mes de abril del 65 es descubierta la conjuración de Pisón, y el nombre de Séneca es citado en una sola denuncia, creída por Nerón, para quien el sólo recuerdo de su Maestro debía ser muy, pero que muy incómodo. Tácito ha narrado en prosa magistral cómo fue la muerte de Séneca. No quiso escribir, por harto conocidos, -¡qué desgracia!- las últimas páginas de filosofía que dictó a sus secretarios y que se hallan, hoy, perdidas. 

Siguió después la muerte de Séneca, con gran júbilo por parte del príncipe, no porque estuviese seguro de su participación en la conjura, sino para terminar por medio de la fuerza lo que no pudo hacer el veneno. Solamente Natal había nombrado a Séneca, diciendo que estando éste enfermo había ido a visitarle y a quejarse de que se le negase la entrada a Pisón; mejor era que los dos se encontrasen en la intimidad y cultivasen su amistad. Séneca respondió que “esas conversaciones no convenían a ningunos de los dos, pues, por lo demás, su propia salvación dependía de la de Pisón”. Gavío Silvano, tribuno de una cohorte pretoriana, recibió la orden de transmitir esto a Séneca y de preguntarle si reconocía las palabras de Natal y su propia respuesta. Séneca, por casualidad, o tal vez de intento, había regresado aquel día de Campania y se detuvo a cuatro millas de Roma en una de esas casas de campo. Allí llegó el tribuno al caer la tarde y rodeó la casa con un pelotón de soldados. Séneca cenaba en compañía de su esposa, Pompeya Paulina, y de dos amigos, cuando el tribuno le comunicó el mensaje del emperador.
Séneca respondió que “Natal había venido a quejarse de parte de Pisón porque no le permitía visitarle; él se había excusado por su estado de salud y por el deseo que tenía de descansar; no tenía motivos para anteponer la salvación de un simple particular a la suya propia, tampoco tenía carácter inclinado a las adulaciones y esto mejor que nadie lo sabía Nerón, pues más veces había experimentado la libertad de Séneca que su servilismo”. Cuando el tribuno refirió esto a Nerón, en presencia de Popea y de Tigelino, consejeros íntimos de las crueldades del príncipe, éste preguntó si Séneca se preparaba a morir voluntariamente. Entonces el tribuno respondió que no había observado en él ningún signo de temor, ninguna señal de tristeza aparecía en sus palabras ni en su semblante. Nerón mandó volver al tribuno y comunicar a Séneca su sentencia de muerte. Cuenta Fabio Rústico que no volvió por el camino por donde había venido, sino que dio un rodeo y pasó por casa del prefecto Fenio, a quien preguntó, después de dar a conocer la obra del emperador, si debía obedecer. Fenio, con la funesta cobardía de todos, le respondió que debía cumplir la voluntad del príncipe. El tribuno Silvano era también uno de los conjurados y acrecentaba el número de los crímenes en cuya venganza había consentido. Sin embargo, tuvo el pudor de no dirigirse directamente a Séneca y de no contemplar su muerte. Mandó entrar a un centurión para que le notificase que debía morir. Sin dejarse turbar, pide Séneca su testamento y, ante la negativa del centurión, se vuelve hacia sus amigos, diciendo que, “puesto que se le prohibía agradecer sus servicios, les deja al menos el único bien que le restaba, pero el más hermoso de todos: la imagen de su vida. Si guardaban su recuerdo hallarían en el renombre de la virtud la recompensa de su constante amistad”. Y como llorasen, Séneca les habló primero con sencillez; después, con tono más severo, les reprendió y aconsejó firmeza. Les preguntaba “qué había venido a ser sus lecciones de prudencia, dónde estaban los principios que habían meditado durante tantos años contra la fatalidad. Porque, en fin, ¿quién no conocía la crueldad de Nerón? Al martirio de su madre y de su hermano no le restaba más que ordenar también la muerte del hombre que le había educado e instruido”.
Después de estas exhortaciones, que parecían dirigirse a todos, instintivamente estrechó a su mujer en sus brazos, un poco enternecido, a pesar de la fortaleza de su espíritu, le rogó y suplicó que moderase su dolor y no lo hiciere perpetuo, sino que en la contemplación de una vida consagrada a la virtud encontrase el consuelo de la pérdida de su esposo. Pero Paulina aseguró que también ella estaba decidida a morir y reclamó el brazo del verdugo. Entonces Séneca no se opuso a su gloria; además su amor temíase que quedase expuesta al oprobio una mujer por quien sentía un sin igual afecto: “Yo te había mostrado, dijo, los encantos de la vida; tú prefieres el honor de morir; no me opondré a tal ejemplo; sea igual entre nosotros la constancia de un fin tan generoso, pero en él tú consigues la mayor gloria.”
Después de estas palabras se cortaron, a un tiempo, las venas de los brazos. Séneca, cuyo cuerpo débil por su ancianidad y delgado por la abstinencia dejaba muy lentamente escapar la sangre, se abrió también las venas de las piernas y rodillas. Fatigado por el dolor, temiendo que su sufrimiento abatiese el valor de su esposa y también por no alterarse al presenciar los tormentos de ella, la persuadió a retirarse a otro aposento. Entonces, echando mano de su elocuencia aún en sus últimos momentos, llamó a sus secretarios y les dictó varias cosas. Como fueron literalmente publicadas, creo superfluo el comentarlas. Pero Nerón no tenía resentimiento alguno contra Paulina y, temiendo hacer más odiosa su crueldad, ordenó que se impidiese la muerte de la esposa de Séneca. Por orden de los soldados, sus libertos y esclavos le vendaron las heridas y detuvieron la sangre. No se sabe si ella se dio cuenta de esto pues, como el vulgo se inclina siempre a pensar lo peor, no faltó quienes creyesen que mientras temió la ira de Nerón, deseó la gloría de acompañar a su marido, pero que después, con mejores esperanzas, se dejó vencer por la dulzura de la vida. Solamente vivió algunos años guardando el recuerdo de su marido y mostrando en su rostro y en sus descoloridos miembros que la vida languidecía en ella.
Viendo Séneca que se prolongaba el dolor de la agonía rogó a Eustacio Anneo, en quien veía un amigo fiel y un hábil médico, que le sacase el veneno que ya tenía preparado (era el que daban los atenienses a los condenados a muerte), y cuando se lo trajeron lo tomó sin que le produjera efecto, pues sus miembros estaban fríos y en su cuerpo no obraba el veneno. Ordenó, a continuación, que le introdujesen en la sala de baños calientes y, rociando con el agua a los presentes, dijo que ofrecía aquella libación a Júpiter libertador. Por fin, entrando en el baño, lo sofocó el vapor. Su cuerpo fue incinerado sin ceremonia alguna. Así lo habían prescrito en su testamento cuando, siendo rico y poderoso, pensaba en sus últimos momentos. 

Su alma y su pensamiento, sin embargo, no se perdieron, y han resonado de alma en alma en más de cien generaciones. Tampoco se perdieron para Roma, que después de la crisis de Nerón y de algunos de los emperadores que le sucedieron (por ejemplo, Domiciano, el emperador loco y asesino ante quien se humillaba, servil, Quintiliano), levantó de nuevo las enseñanzas de Séneca como un cáliz de salvación.

“No tenemos derecho de pensar que la filosofía se aísla en un mundo aparte; al contrario, ella impregna, más que nunca, la vía política; ella da forma a la reflexión sobre el poder que tiende, entonces, a poner en cuestión los fundamentos del Estado. Séneca percibió plenamente la urgencia de estos problemas y su naturaleza espiritual. La filosofía estoica aportaba una solución. Y la intentó aplicar, en la medida que pudo. Sería injusto decir que su “ministerio” terminó con un fracaso. Cuando leemos el “Panegírico” de Plinio, los recuerdos de Séneca nos dan la prueba de que su pensamiento aún se hallaba vivo. Los conceptos, heredados de la Escuela [ Estoica] que él había puesto en circulación, conservaban toda su eficacia, y sería un error ver en ellos una tradición retórica sólo. El principado de Trajano es, en medida notable, heredero del que Séneca había querido instalar bajo Nerón. Séneca ha marcado la historia de las ideas políticas en Roma con una impronta profunda; y esto en primer lugar porque fue estoico, porque fue, como hombre de Estado, fiel a sus convicciones filosóficas, en un tiempo en que sus pares estaban mejor preparados que nosotros para comprender su lenguaje, y para participar de su Ideal”[3] 

 José Carlos Fernández

 


[1] Anales de Tácito, Libro XIV

[2]  Prefacio de Cuestiones Naturales, extraído de Cervantesvirtual.com

[3] Pierre Grimal,  Sénèque

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