Historia

El Buda y los deberes del rey justo

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Todos aquellos que hayan meditado, o se han esforzado por conquistar “calidad de vida” saben que uno de los mejores tesoros es el silencio, o mejor, los mil sones armonizados de la naturaleza toda. La música de la naturaleza, o el mismo son de la actividad humana, confundida con el silencio, y sin estridencias, otorgan al alma una divina embriaguez, el recuerdo de una esencia perdida y olvidada, olvidada y perdida.

En el mismo silencio de nuestra mente, dominadas y en paz las tendencias de la psique; dicen los sabios que surge una voz, o una percepción; un reconocimiento. En el Budismo Mahayana se designa con la palabra sánscrita “Nâdâ” a dicha voz, palabra que los sabios interpretaron como “voz del silencio”, la Voz en el silencio, la voz del Alma de la Naturaleza; la Voz del Ser Interior.

En medio de la multitud, ¡qué difícil es oír el consejo de un sabio! En medio de la turbamulta de nuestros deseos y del desorden de nuestra vida interior, qué difícil es percibir las vibraciones del hilo de Ariadna de la sabiduría.

Aristóteles afirmó que la condición natural del alma humana es la relación con los demás, que el hombre es un zoon politikon, un “animal político”. Nosotros afirmamos que es también condición esencial del alma humana escribir historia. Una página, una línea, una letra o un átomo de la misma, pero historia; es decir, un recuerdo en la Mente Divina, una huella en el Alma de la Humanidad. Todo en la naturaleza marcha hacia la Unidad primera. La evolución de la Naturaleza es el plan de Dios. El ser humano es “Naturaleza” y su evolución se llama “Historia”.

Si tan importante es dejar una huella en la vida, una huella en la historia; no lo es menos el despertar de la conciencia histórica. La percepción de un “viento divino”, de una necesidad de acción en el alma humana es quien le impulsa al natural cumplimiento de su destino, de su trozo de historia. Tal es la enseñanza de Cicerón, uno de los filósofos romanos que más ha reflexionado sobre la naturaleza y el sentido de la Historia.

Siendo tan importante la vida, más lo es el alma de la vida. ¡Qué valor tiene la Historia! Pero más lo tiene aún el alma de la Historia.

El deseo con que iniciamos esta sección de la revista es poder sentir y vivir en los murmullos de la historia y en los murmullos de la vida, su alma; la esencia que trascendiéndola es su causa, principio y fin.

Según los verdaderos filósofos de hoy y de antaño, esta tragicomedia que llamamos “vida” precisa de un arte para ser interpretada con dignidad y sin disonancias. Recordemos que para las antiguas civilizaciones la Filosofía es el Arte de Vivir.

Es el Alma quien estudia la Vida y la Historia. Por lo tanto, lo que percibe el Alma no puede ser sino el Alma de la Vida y el Alma de la Historia.  Al Alma de la Vida los filósofos le llamaron “Sabiduría”; y al Alma de la Historia “Destino”. Al oír estos murmullos de la vida y de la historia, buscamos sentir, aunque sea como un débil eco, la presencia de la sabiduría y de la voluntad en el Alma de la Naturaleza.

También Cicerón enseñó que la Historia es maestra de vida. Procuremos entonces en estas lecciones de historia, lecciones de vida. Enseñanzas que nos faciliten interpretar la Historia y la Vida.

 

Hoy nos llegan murmullos del siglo VI a. de C., murmullos de historia recopilados luego por escrito varios siglos después. Se refieren al Buda; y a sus enseñanzas sobre el gobierno justo. En la obra Dhammapadatthakatha expresa que para que un país sea feliz debe tener un gobierno justo. Fijemos en nuestra conciencia y en la memoria este murmullo de la historia y esta verdad de vida y tratemos de entenderla.

Afirma que la clave de la felicidad no se halla en la satisfacción de todas las necesidades humanas, a placer; tampoco en una vida sin dificultades ni peligros, físicos y psicológicos. La clave de la felicidad es la vivencia y ejercitación de Ideales que ennoblecen el alma.

Confucio decía que es mejor vivir en una ciudad justa, aunque peligre la existencia física; que respirando los miasmas de la injusticia y la inmoralidad.

Enseñaron los estoicos que al cuerpo hay que darle aquello que necesita según su naturaleza. Y siempre- decían- es menor de lo que podamos creer, porque el cuerpo, y esto está perfectamente demostrado- tiene capacidad para adaptarse a las circunstancias más difíciles.

Pero el alma, el alma no puede vivir allí donde no vive la belleza, la verdad y la justicia.

¡Quien puede afirmar que la tan loada “sociedad de consumo” haya otorgado un átomo de felicidad; que haya elevado la “calidad de vida”! Y lo que importan no son las cosas, sino la vida, y de la vida, su calidad. Mejor un buen libro que cien mediocres; mejor una amistad verdadera que multitudes anónimas, mejor la tierna sonrisa del amor y una mirada de autenticidad que las mil máscaras que nos impone nuestro modo de vivir.

Volviendo a las enseñanzas del Buda: Los principios del gobierno justo son expuestos en los “Diez Deberes del Rey”

  1. Liberalidad, generosidad, caridad (dhana). El soberano no debe tener avidez ni afección por la riqueza y propiedad, sino disponer de ellas para el bienestar del pueblo.
  2. Un carácter moral elevado (shila). No debe jamás destruir la vida, engañar, robar ni explotar a los otros, cometer adulterio, decir cosas falsas ni tomar bebidas embriagantes (es decir, debe observar también los preceptos de los laicos)
  3. Sacrificar todo por el bien del pueblo. Debe estar preparado para sacrificar su comodidad, su nombre, su renombre y su misma vida en interés del Reino.
  4. Honestidad e integridad. Debe carecer de miedo o de favoritismos en el ejercicio de sus deberes; debe ser sincero en sus intenciones y no debe engañar al público.
  5. Amabilidad y afabilidad. Debe tener un temperamento dulce.
  6. Austeridad en los hábitos. Debe llevar una vida simple y no se debe dejar llevar por el lujo. Debe ser dueño de si mismo.
  7. Ausencia de odio, animadversión o enemistad. No debe guardar rencor a nadie.
  8. No- violencia, esforzarse por hacer reinar la paz y la justicia.
  9. Paciencia, perdón, tolerancia, comprensión. Debe ser capaz de soportar las pruebas, las dificultades y los insultos sin enfurecerse.
  10. No oposición, no obstrucción. No oponerse a las medidas favorables para el bienestar del pueblo. Mantenerse en armonía con el pueblo.

 

Es importante reflexionar sobre estos principios. Donde dice “reyes” deberíamos entender también gobernantes, presidentes, primeros ministros…Es muy difícil oír estos “murmullos de historia” y no comparar este gobierno del rey justo con el circo y la payasería en que se ha convertido la política actual.

No encontramos generosidad, sino vampirismo social. No un carácter moral elevado, sino miles de mediocres y demagogos. Nadie que sacrifique su vida y fortuna, sino muchos con su cartera de clientes llena al salir del escenario político; con “Fundaciones” y otras cortinas de humo que encubren operaciones financieras de gran calado.

La Honestidad, virtud suprema que nos hablara Cicerón en su “Tratado de los Deberes” y que es, en definitiva, pureza de alma; ha sido cambiada por engaños y encubrimientos. La austeridad en los hábitos por un lujo insultante y vergonzoso. La ausencia de odio, la no-violencia, la compasión y la armonía con todos, han degenerado en insultos y furia animalesca, en rigidez mental y en luchas de poder entre o dentro de los mismos partidos, que nos recuerdan -¡Y esta no es la condición natural del alma humana! – que el hombre, cuando perdida su luz moral se convierte en lobo para el hombre.

Como dijera el gran filósofo Jorge Angel Livraga (1930- 1991), más allá de las formas políticas es imperioso que tornemos al gobierno de los hombres buenos; pues son ellos, en verdad, los únicos que pueden salvar el mundo de este caos moral y vital en que nos precipitamos.

 

José Carlos Fernández

Oporto Junio 2005

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