Filosofía

La bondad: sol del alma humana

IMG_0083

 

El bien y el sol son dos reyes, el uno del mundo inteligible, el otro del mundo visible

La República, Libro VI, Platón 

¿Quién (…) puede ocupar las Sedes de los Benditos, las Sedes de la Sabiduría y de la Piedad? ¿Quién puede asumir la Flor del Poder, la planta del dorado tallo y de la flor azul?[1]

H.P. Blavatsky 

Esa bondad de corazón, tan necesaria a todos, nos debe inclinar inexorablemente a ayudar al prójimo, a tenderle una mano física, psicológica y espiritual. Sin eso, lo demás no vale nada a los ojos de los Maestros y de la propia Alma Inmortal.[2]

J. A. Livraga 

No me he arrepentido jamás de haber hecho el bien, y no me arrepentiré hoy[3]

Porcia, en el Mercader de Venecia de W. Shakespeare

En la obra teatral “El Mercader de Venecia” de W. Shakespeare se muestra una escena que, como todo lo que salió de la pluma de este genial dramaturgo, conduce a profundas reflexiones, ahora sobre la justicia y la bondad. ¡Es la magia del teatro!: El escenario se convierte en espejo donde se reflejan las virtudes y defectos del alma humana, sus luces y sombras, sus esperanzas y sus miedos. Shylock, un rico y avaro prestamista, por vengarse de Antonio, generoso veneciano que dejaba dinero sin ningún interés, le presta a este último, en un momento de apuro, una importante cantidad. En el contrato figura que caso de no poder pagarse antes de vencido el plazo; el usurero podrá extraer una libra de carne, próxima al corazón de Antonio. Llega la hora y Shylock exige, no ya el pago, sino el cumplimiento del contrato, para así arrebatar fríamente la carne, la sangre y la vida a su odiado enemigo. El Dux de Venecia le llama a la compasión y a la ternura, ofreciéndose varios de sus amigos a pagar el triple de la cantidad estipulada, pero él no accede, ávido de venganza. Porcia, protagonista angelical de esta obra, disfrazándose de abogado intercede por Antonio, pero Shylock no consiente, exige “la ley, la ejecución de la cláusula penal y lo convenido en el documento”. Ya que es evidente la mala voluntad del usurero, se insta al Dux a que “por una sola vez hagáis flaquear la ley ante vuestra autoridad”, y a “haced un pequeño mal para realizar un gran bien y doblegad la obstinación de este diablo cruel” (peligroso e incierto camino), a lo que Porcia responde que “No puede ser; no hay fuerza en Venecia que pueda alterar un decreto establecido; un precedente tal introduciría en el Estado numerosos abusos; eso no puede ser”, pues la estabilidad del comercio y de las relaciones humanas descansa en la validez de los contratos, y de la palabra empeñada. En el último momento, cuando la tensión dramática alcanza su punto álgido, Porcia recuerda al prestamista que si ha de cumplir el contrato debe ser “al pie de la letra”, y ésta no le autoriza a extraer una gota de sangre, o cortar un átomo más ni menos de esa libra de carne. Y que además no puede ya reclamar el débito, pues se extinguió el plazo. Y para finalizar, que, bajo pena de muerte, su fortuna queda confiscada, por, siendo extranjero, atentar contra un ciudadano de Venecia, según queda estipulado en las leyes de esta ciudad: “ya que pides justicia, ten por seguro que la obtendrás, más de lo que deseas”.

El usurero, queriendo hacer uso de la mecánica de la Justicia y del Derecho para sus propios fines malvados y egoístas, queda finalmente enredado en la letra de unos Decretos a los que  había querido arrebatar su espíritu de justicia, y por tanto la bondad con la que fueron creados.

Y es que existe el Karma, la inflexible Justicia que todo lo gobierna, pero esta es un efecto, o una garantía de la misma Armonía Universal, a quien H.P. B identifica con el Bien mismo. Sólo hombres perfectamente puros (como el personaje literario de Salomón Kane, de la obra de R. E. Howard) podrían ser intérpretes o ejecutores de esa misma Ley. Los hombres no somos Dioses, pero podemos y debemos trabajar con la bondad que de ellos, del Cielo emana, y no usar la “mecánica del Karma”, o sea el uso de las Leyes de la Naturaleza, despojada de su alma, para alcanzar nuestros fines egoístas; pues apartándonos así de la fuente de la Bondad y Armonía Universal nos sumergimos en las sombras, en el abismo de la nada, en la más completa negación de lo que es la condición divinamente humana, humanamente divina, bondadosa matriz de toda verdadera virtud.

Como nos recuerda, ¡y de qué modo tan maravilloso! H.P. B en su  “Clave de la Teosofía”: Nuestra idea de la Deidad Universal desconocida, representada por el Karma, es que es un Poder que no puede fallar y que, por lo tanto, no puede sentir ni la ira ni el perdón, sólo la Equidad absoluta que permite que cada causa, grande o pequeña, produzca sus inevitables resultados. La frase de Jesús: “Con la medida que midáis, a la vez seréis medidos” (Mat. VII,2), ni taxativa ni implícitamente, indica ninguna esperanza de una futura indulgencia o salvación por poderes. Es por esto que, reconociendo como lo hacemos en nuestra filosofía la justicia de esta afirmación, nunca podemos dejar de recomendar insistentemente la compasión, la caridad, y el perdón por las mutuas ofensas. No opongas resistencia al mal y devuelve el bien por mal, son los preceptos budistas y que primero fueron predicados en vista de la implacabilidad de la ley kármica. En cualquier caso, el que el hombre que se tome la justicia por su mano es un atrevimiento sacrílego. La Ley humana puede utilizar medidas restrictivas, no punitivas, pero un hombre que, creyendo en el Karma, todavía se vengue y se niegue a perdonar las ofensas y devolver bien por mal, es un criminal que sólo se perjudica a sí mismo. Como es seguro que el Karma castigará al hombre que le ofendió, el que buscando inflingir un castigo adicional a su enemigo y en lugar de dejar ese castigo en manos de la Gran Ley le añade su propia tilde, sólo genera, como consecuencia, una causa para la futura recompensa de su propio enemigo y un futuro castigo para él mismo.[4] 

Ya que la misma “mecánica del Karma” es una cristalización, aquí y ahora, del Bondadoso Poder del Logos, de la Voluntad que todo lo rige: Es evidente que nos encontramos ante una forma de computadora ya programada desde hace millones de años y que se va cargando de nuevos elementos y despojándose de otros constantemente. Pero NO DEBEMOS CAER EN EL ERROR sugerido por los materialistas de que todo lo que no es estrictamente humano es simplemente mecánico. Lo “mecánico” es tan sólo un camino construido con la mayor justicia y bondad por la Mente Divina en base a nuestras acciones y decisiones pasadas, buscando que superemos nuestras imperfecciones y dándonos la oportunidad, a través de la Filosofía, de apreciar toda esta maravilla, lo cual es la mejor prueba de que Dios existe.[5]

El mismo Shakespeare vuelve una y otra vez sobre este tema, tan importante, del Karma de la naturaleza y la bondad humana. La Justicia de la Naturaleza, que es, en definitiva una expresión de la bondadosa Luz del Logos, no debe impedir, sino todo lo contrario hacer que resuene la bondad en el corazón humano: esa bondad de corazón que te golpea el pecho como un badajo en el seno de una campana[6]. En Hamlet cuando llegan los cómicos que van a permitir al príncipe de Dinamarca desenmascarar al asesino y rey usurpador, y ante la petición de que sean bien atendidos, Polonio, el chambelán dice: Señor, los trataré conforme a sus méritos.  A lo que Hamlet responde: ¡Cuerpo de Dios![7] Mucho mejor, hombre. Dad a cada uno el trato que se merece, ¿y quién escapará de ser azotado? Tratadlos según vuestro propio honor y dignidad; y así, cuanto menos lo merezcan, tanto mayor mérito hará en vuestra largueza. Esta es la clave: ya hará el Karma lo que deba hacer, nosotros debemos comportarnos con bondad y cortesía, sabiendo, en definitiva, que los malvados huyen de la bondad como las sombras de la luz. Como diría San Agustín: “Cuanto mejor el bueno, más molesto el malo”

El propio Karma o Necesidad está regido por bondadosísimas inteligencias que permiten una renovación y una redención según la propia capacidad humana, haciendo de su poderoso flujo de dolor un instrumento para seguir avanzando e incluso para tornarse cada vez mejor. Es el mismo Karma quien puede hacer de nuestra vida una cárcel o un instrumento musical, depende sólo de lo despiertos que estemos y cómo trabajemos con él, y esto es una bondadosa oportunidad de redención. Según expresa Chopin, la vida es una desarmonía (desarmonía, desde luego, de la que nosotros mismos fuimos los artífices, en el pasado) que puede arrancar de nuestro corazón la más bella de las músicas. Y esto no es así por casualidad, sino por el bondadoso poder del Karma. Sekhmet, la diosa de la Justicia ejecutiva (y por tanto de la Medicina), era en Egipto, una expresión de la bondadosa Diosa Madre, siempre temida por los malos y amada por los buenos y justos, aun cuando sintieran sus garras poderosas: Nada está fuera de Maat, la Mente Cósmica justiciera que marca nuestras rutas… Cuando nos dormimos, la garra de Shekamet, la Leona de Fuego y Tierra, nos despierta violentamente… Entonces, los hombres comunes dicen que les tocó la desgracia…, pero nosotros sabemos que nos tocó Dios.[8]

El propio “ritmo” del Karma está ajustado para, aun en la necesidad de retornar al Equilibrio y sintonizar la infinidad de existencias y causas, el bien que de Él se pueda extraer sea máximo. Si cayera, ahora, o de forma caótica, el Karma que sobre nosotros pende, seríamos aniquilados, como muy bien expresa el autor de Hamlet.

En la mentalidad clásica la bondad estaba intrínsecamente unida a la justicia, a la verdad y a la belleza, sólo que en los últimos siglos se fue aproximando peligrosamente, su concepto, a la debilidad. Nunca la verdadera bondad puede ser un acto de sumisión, de debilidad: eso no es bondad. Todo lo contrario, lo que la Filosofía Antigua, y nosotros, con ella, consideramos es que la bondad está en el pináculo de la Pirámide de la Existencia, desde donde emanan la Luz y la Fuerza, el Corazón de Poder que sostiene e impulsa la vida. La bondad es el Sol del alma humana y la expresión más pura de su voluntad y fuerza interior. Bondadosos son sólo, los fuertes de alma, aquellos que siendo justos, desbordan su justicia con el manantial de su bondad, como sucede en el bello símbolo súmero de Ishtar, la Diosa del Vaso Manante. El verdadero poder es siempre bondadoso porque es una imagen del Dios que nos rige, y si un atributo hemos de otorgarle es el de la Bondad Suprema. Su naturaleza es la de un Océano sin orillas de bondad, y la bondad es, sin duda, la virtud necesaria, imprescindible de quienes representan su Voluntad, de los Reyes entre los hombres. Leamos, por ejemplo, los textos que sobre la realeza escribieron aquellos que sirvieron al Rey del Mundo, o aquellos que en sus vuelos metafísicos, o a los poetas que inspirados por la Musa, abrieron su alma a la luz de esta verdad. El emperador romano Marco Aurelio, el esclavo pero rey de sí mismo Epicteto, el orador “crisóstomo”[9] Dion de Prusa; Sinesio, discípulo de Hipatia, filósofo y gobernador moralmente obligado a desempeñarse como obispo cristiano; el divino emperador Juliano, los sabios chinos Mencio y Confucio, y tantos y tantos otros han dejado páginas inmortales por su belleza y saber al respecto de la bondadosa conducta de los verdaderos reyes, y de cómo sin bondad el gobierno se pervierte. Evidentemente todas las virtudes forman familias, pirámides, y como genialmente mostrase Raimundo Lulio la presencia de unas invoca naturalmente a las otras; pero aun así la virtud que caracteriza al rey es la bondad: él es el buen pastor.

En la metafísica y cosmovisión egipcia hay muchos Dioses que representan esta bondad, desde diferentes perspectivas; aunque si hemos de ser estrictos, todos los Dioses se “bañan” en la bondad y es la bondad en ellos, quintaesencia; su “carne” es de oro, es decir, luz del Sol, pero no el Sol que vemos, sino el interno, el verdadero, el que sostiene la Vida, el que ilumina y de donde emanan todos los arquetipos; y esta sustancia del Logos Solar es, según Platón, Bondad. El mismo Seth, el dios y hermano enemigo de Osiris, la sequedad del desierto recibe los epítetos de “majestad” y “el que habita en la ciudad de oro”; y en un texto de la XVIII Dinastía encontramos que “Horus purifica y Seth fortalece, Seth purifica y Horus fortalece”porque bondadoso, cumple su bondadosa función, que es sacudir, enseñar violentamente, despertar y desafiar al Aspirante o Héroe Interior (Horus) para que haga nacer lo mejor de sí: es el “Maestro duro” que nadie quiere cerca pero que todos en alguna medida necesitamos. En definitiva Seth es uno de los guardianes de la Barca de Ra, o sea uno de los que permite que el Sol del alma humana (Ra), la bondad pura surja invencible en el corazón humano, aún cuando sea Dios de la Tormenta y del Rayo.

Como decíamos, diferentes Dioses egipcios expresan este Sol que ilumina los arquetipos y que es la Bondad, y podemos destacar a Osiris, el Dios Bondadoso (Unnefer[10]); a Amon, Señor de los desamparados, Ra y Ptah, todos ellos vinculados con el Alma y la Vida de nuestro Astro-Rey. Osiris es asociado al azul, el color interno de nuestro Sol, según H.P.Blavatsky; aunque, evidentemente tiene muchos más significados. Ptah, (“el oculto, cuya forma eterna es desconocida”), según ciertos textos esotéricos es la sustancia matriz que alimenta nuestro Sol y por tanto, si llevamos el símbolo hacia lo espiritual, el Fuego o bondad Primordial que gesta todas las formas, y la primera y más perfecta, la esférica del Sol (Como Nefertum, el espléndidamente bello y primer nacido, hijo de Ptah). Es en este sentido de “fuente primera”, el que abre la puerta a la luz y bondad, el “padre de los padres y el poder de los poderes” y “padre de los inicios y creador del huevo del Sol y de la Luna”. La escena de la ópera Aida, de Verdi, en que los sacerdotes rinden culto a Ptah, cantan un himno, que desconozco si fue o no extraído de la liturgia egipcia, pero que de todos modos es inspiradísimo en música y contenido: ¡Poderoso, poderoso Ptah, espíritu animador del mundo! Tú que de la nada has creado las aguas, la tierra y el cielo, ¡nosotros te invocamos! Inmenso, inmenso Ptah espíritu fecundador del mundo, Dios que eres hijo y progenie de tu espíritu. Fuego no creado, eterno, que alumbró la luz del Sol, ¡nosotros te invocamos! Vida del universo, mito de eterno amor, espíritu fecundador, que de la nada has creado el mundo… ¡nosotros te invocamos!

Simboliza al alma misma de la bondad, bañando las almas de los astros y de todos los seres vivos en su fuente de fuego perpetuo e incesante. Ya que la bondad es, según explica la profesora Delia Steinberg Guzmán, Maestra de quien escribe estas líneas: una energía que fluye desde el interior de nuestro ser y busca las expresiones más acordes a la Gran Ley del Universo. En nuestro pequeño planeta humano, es la energía del Yo Superior que equilibra las manifestaciones del yo inferior o personalidad; es la que nos permite gobernarnos a nosotros mis­mos. 

Ra, el Sol, como fuente de vida y poder es el dios bondadoso, cuya luz y sabiduría, su “Nombre Secreto” es robado por Isis, la Naturaleza o Gran Hechicera, para dárselo a su hijo, Horus, que simboliza aquí la Humanidad. Cuando Ra puede liberarse de la magia y encantamiento de la diosa, envía a su Ojo Justiciero, que es la leona Sekhmet, para que destruya a esta Humanidad; pero finalmente su bondad hace que se salven los elegidos que engendrarán una nueva estirpe. Ra, en su barca, combatiendo a Apap, la materia primordial significa, en una clave psicológica la lucha del bien contra el mal, de la luz contra las tinieblas. En esta misma clave Ra es la vibración incesante del Ser Interior, como enseña veladamente Platón en el Cratilo, cuando dice: “la letra R me parece ser el instrumento propio para expresar toda clase de movimiento”; el Sol de Bondad en el alma humana, la fuente desde donde corre (roe, en griego) la sabiduría y la vida, el Ren, o bondad de la moral confuciana, que después comentaremos.

Él es también el Padre de los Dioses, y el Faraón es hijo de Ra, pues como Rey debe velar por la tierra de Egipto, para mantener la bondad y poder de los Dioses. La ceremonia anual de “partir el pan” que debía llegar hasta el último rincón de Egipto, como hizo Cristo en la Última Cena o como hace el Pater Familia romano es la ceremonia de bondad por excelencia. El cuerpo de Dios, la bondad, representada por el pan, debe alimentar a Egipto, y es el faraón quien debe velar por ello. El Cristianismo repite el mismo rito egipcio, a su modo, el mismo que cumplían los aztecas invocando la bondad de Huitzilopochtli, cuyo cuerpo era también “partido” y comido para que todos pudieran hermanarse en el cuerpo y la sangre del Dios de la Guerra.

Volvamos a Egipto y observemos con más detalle esta ceremonia: De todas las Festividades Sagradas a las que el Faraón debía asistir, la que mejor podemos entender en estos tiempos de euforia de lo social es aquella en la cual le presentaban enormes panes redondos con improntas de cruces ansatas o llaves de la vida. Durante unas 24 horas el Faraón partía los panes y los funcionarios los reducían luego a mendrugos… tantos como según el último censo, que le habían presentado sus sacerdotes especializados, tenía de habitantes el Imperio. Luego, por barcas y caminos, se derramaban esos pedacitos de pan que habían tocado las manos del Faraón a todos sus súbditos. Hasta el más alejado tenía derecho a uno, y el que alguien se quedase sin su pedazo de pan sacralizado podía costar la vida aun a los más altos funcionarios de la Administración.[11]

Es también quizás, a causa de esta relación de pan, faraón, bondad y Ra, que en los Textos de las Pirámides se dice:

Su pan de ofrenda está arriba,
En compañía de Ra.
Su comida está en el océano primordial.
El rey es el que circula aquí y allá,
Viene y va en compañía de la Luz.
Él abarca sus templos [12].

El jeroglífico egipcio asociado a la bondad es NEFER, que representa un corazón unido a una tráquea y que designa también la belleza, la armonía, la juventud, la felicidad, la perfección; es determinativo de instrumento musical, e indica al número cero (que por cierto sí era conocido por los egipcios); quizás el significado más literal si nos atenemos a la imagen sea: “voz del corazón”. Es curioso que el concepto griego de kalos agathon (lo bueno y lo bello) esté resumido en este jeroglífico, jeroglífico que aún esconde, sin duda, muchos de sus significados internos.

Muchos filósofos egipcios en sus sintéticos tratados, llamados “sabidurías” (sebait) expresan profundas verdades sobre la virtud que estudiamos, ya que en general, Egipto, como todas las grandes civilizaciones, hicieron de la bondad de corazón la piedra angular de todo su sistema moral. Recordemos que el corazón (IB), de naturaleza celeste (hijo de Nut) era sede de la conciencia moral, y quien en el Juicio debía ser pesado con la pluma, símbolo de la armonía y la justicia. Sólo un corazón perfectamente puro y bondadoso, es decir de luz, podría ser integrado a Osiris, siendo así “justificado”.

Por ejemplo, en las Máximas de Ani leemos: El corazón del hombre es como el depósito de un granero donde se almacenan respuestas de toda clase, elige las que son buenas y exprésate con ellas, pero guarda cuidadosamente en tu interior las malas.

En Oncheshonky: No hagas daño a un hombre para que otro no te haga daño a ti. No seas duro de corazón con un hombre si puedes interceder por él.

Ptahotep, visir de la V dinastía dice, haciendo referencia a la bondad que debe llegar desde Dios hasta el último de los habitantes del país de Kem:

Trata a tus subordinados lo mejor que puedas, porque éste es el deber de quienes tienen la bendición de Dios[13]

Una de las Máximas de este sabio, la 34, está dedicada a la “necesidad de benevolencia”; comienza así: Que tu rostro sea luminoso el tiempo de tu existencia. Lo que sale del almacén no entra en él de nuevo[14]. Es decir, que tu corazón ilumine con bondad cuanto haces, no pienses en aquello que te será devuelto. La verdadera bondad, es bondad porque nada pide a cambio. Y termina: La benevolencia es el memorial de un hombre, para los años que vienen tras el ejercicio del poder[15]. El término bondad es aquí imat, que significa también gentileza, dulzura de carácter.

Si enfocamos nuestra atención en uno de los heraldos de la Filosofía Egipcia, y padre de la Filosofía Griega, en Platón, vamos a encontrar muchas referencias de cómo la bondad es la Luz del Mundo, la sustancia íntimamente sutil que llena todos los cálices, la que como justicia sostiene todas las existencias. Explicando el Mito de la Caverna, en su República dice que el Sol que mira y adora el filósofo al salir de la caverna del mundo objetivo es la idea del bien, que se percibe con trabajo, pero que no puede ser percibida sin concluir que ella es la causa primera de cuanto hay de bueno y de bello (kalon agathon) en el universo; que ella, en este mundo visible produce la luz y el astro de quien la luz viene directamente; que en el mundo invisible, engendra la verdad y la inteligencia[16]. Enseñanza que repite cuanto dijimos de los dioses egipcios Ptah, el Fuego y Ra, el Sol. También Platón dice que la Bondad es el Rey, y que se halla, como el dios Amón en Egipto, en los umbrales del mundo inteligible. Por ello irradiando bondad y justicia, era este Dios, sin embargo símbolo del Misterio, de la negrura impenetrable y desconocida que existe aún más allá, de los límites más allá de los cuales ya no existe el mal, pero tampoco el bien, pues, para la conciencia humana, allí reina la homogeneidad primera de la unidad perfecta, el Ontos de Parménides o Divinidad sin Nombre, en la que no podemos establecer atributos. Esta idea es muy importante, y el divino Platón la insinúa varias veces, por ejemplo en su obra Lysis, o sobre la Amistad. En ella este sabio griego explica cómo el bien (por ejemplo, la medicina) es necesario para aquello que no es bueno ni malo (el cuerpo) ante la presencia del mal que lo corrompe (la enfermedad). Pero que desaparecido éste último, el bien también desaparece. Es lo mismo que la afirmación de Epicteto de “el bien y el mal sólo existen en tu Voluntad”. Indica, de un modo velado, que el Bien es el corazón de luz de la existencia, y que emana desde la Piedra angular de la Pirámide del alma y cuerpo de la Naturaleza. Así del mismo modo que la luz y las sombras, el bien y el mal son relativos. Cuanto más cercanos a la fuente más luz y más bien, cuanto más alejados, menos luz se recibe y más en el mal-materia se halla inmersa el alma. La bondad es el rey del alma humana, su Sol interior, cuanto más cerca se halla la conciencia, más plena de luz y poder. Pero la pirámide, las jerarquías, las causas y efectos, los grados y niveles de la existencia desaparecen cuando la Vida asume de nuevo una forma esférica y perfecta en los momentos de inmanifestación, en lo que los indos llaman Pralaya. 

Esta esencia de bondad que acompaña al alma en el camino hasta llegar a determinado umbral -más allá debe caminar sola- bondad que ayuda, que lucha contra monstruos, y es el “guerrero interior” de Luz en el Sendero; fue simbolizado por Enkidu en el Mito de Gilgamesh, y figurado como un Hacha de Doble Filo, el Labrys cretense. Y hay un momento en que el rey de Uruk, muerto Enkidu, debe continuar solitario su andadura. Esta Bondad es el Rey del alma humana,  Krishna en el Bhagavad Gita, guiando siempre a Arjuna y conduciéndolo a su Destino. El Universo entero se halla en este Rey de lo visible e invisible que es el Sol de Bondad. Así, Arjuna considera a Krishna su amigo, su primo, su Maestro, e incluso una encarnación divina (una avatara), pero cuando se revela en su verdadera naturaleza, la de una “bondad” que puede destruir soles y estrellas para liberar sus apresadas almas, el héroe queda aterrorizado, con ese temor divino (timor deorum) que siente el discípulo ante la verdadera naturaleza de su Maestro, porque su Maestro es la encarnación o símbolo de este Rey divino que es la esencia misma que rige el Universo entero (Atma o Atmán en sánscrito), la Bondad suprema. El sabio hindú Sri Ram, quizás una de las mentes más luminosas del siglo XX, dice, en Pensamientos para Aspirantes: “El Maestro resume para nosotros el Universo entero, con todas sus jerarquías y su matriz común, por todo lo que uno puede entender con Su comprensión.”

En su libro sobre el Lenguaje y las Etimologías, el Cratylo, Platón revela aún más la naturaleza de la bondad (o el bien, agathon), dice que es lo excelente, lo admirable, la esencia última de todos los seres. La palabra que analiza inmediatamente después es “la justicia” (dikaiosine), como el primer efecto de la bondad. El texto es de tal importancia que lo transcribo entero y el lector debe valorarlo en relación a cuanto se ha dicho, o sea: si la bondad es el Sol del alma Humana, la luz emanada es la misma bondad y justicia, en cuanto recorre los caminos de la existencia. Por lo mismo que MAAT, la diosa egipcia que representa el orden, verdad, armonía y justicia, es hija de RA, el sol visible y el invisible, la idea del Bien. De ahí que los egipcios dijesen que existía una doble MAAT, la justicia implacable que gobierna el mundo sensible, ligada a la luz material; y la que gobierna e ilumina las almas. Como los conceptos Dharma y Karma, rigiendo el uno las esencias y el otro las acciones, son las dos caras de la misma moneda. O sea, la Justicia “mecánica” y la Bondad que es su esencia.

Dice así Platón en el Cratylo:

“La palabra agathon, (el bien) conviene a lo que hay de admirable en la naturaleza entera. Moviéndose los seres, los unos lo hacen con rapidez, los otros con lentitud. Todas las cosas no son rápidas, pero algunas son admirables por su rapidez, y la expresión agathón se aplica a lo que es admirable por su rapidez. Dikaiosine (la Justicia), fácilmente se ve que es el nombre dado a la comprensión de lo justo (dikaion). Pero esta misma palabra (dikaion) es difícil de entender. Sobre algunos extremos los más están de acuerdo; pero no lo están sobre otros. Los que creen que todo está en movimiento, suponen que la mayor parte del universo no hace más que pasar; pero que hay un principio que va de una parte a otra del mismo, produciendo todo lo que pasa, y en virtud del cual las cosas mudan como mudan; y que este principio es de una velocidad y sutilidad extremas. ¿Cómo, en efecto, podría atravesar en su movimiento este universo móvil, si no fuese bastante sutil para no verse detenido por nada, y bastante rápido para que todo estuviese en relación a él como en reposo? Puesto que este principio gobierna todas las cosas, penetrándolas (diaion), se le ha dado, con toda propiedad el nombre de dikaion, formado con aquella palabra y una X para hacer la pronunciación más suave. Hasta aquí, como he dicho, todo el mundo está de acuerdo en que tal es la naturaleza de lo justo. Pero yo, querido Hermógenes, deseoso de conocerlo mejor, me he informado en secreto, y he descubierto que lo justo es también la causa (por causa se entiende lo que da el ser a una cosa), y se me ha dicho, en confianza, que de aquí procede la propiedad de la palabra dikaion. Pero cuando, después de haber recibido esta respuesta, digo con dulzura, para mejor ilustrarme: si es así, decirme, por favor, ¿qué es lo justo? Entonces parecen atrevidas mis preguntas y creen que salto, como suele decirse, la barrera. Exclaman que basta ya de preguntas, y que lo que he oído debe satisfacerme; y después, cuando han querido contestarme, los unos me dicen una cosa, los otros otra, sin que puedan ponerse de acuerdo. Este dice que lo justo es el sol. ¿No es el sol el que gobierna los seres, penetrándolos y calentándolos (diaionta kai kaonta)? Me apresuro a contar a otro este descubrimiento que creo magnífico, y se burla de mí y me pregunta si no hay justicia entre los hombres después de puesto el sol. Pregunto entonces a este hombre que piensa de lo justo, y me contesta que es el fuego. Pero esto no es fácil concebirlo. Otro dice: No es el fuego mismo, sino el calor que reside en el fuego. Otro pone en ridículo todas estas explicaciones, y pretende que lo justo es lo que dice Anaxágoras, a saber: la inteligencia. En su soberanía ordena todas las cosas, y sin mezclarse en ninguna, las penetra en todos sentidos, dia panton ionta.”

Aún en relación con el movimiento, el de la luz y el del Alma del Mundo, continúa Platón explicando en esta obra que la virtud (areté) significa el libre curso del alma buena, lo que marcha o corre siempre, sin coacción ni obstáculo, y que la maldad (kakia) es lo que marcha mal (kakos ion), lo que encadena nuestra alma, todo lo que pone algún obstáculo al movimiento y a la marcha. Si el bien llega, como los rayos de luz a todas partes donde no se impide su libre curso, siempre queriendo ofrecer su don de Dios; el alma se halla –dice Platón- sumida en el mal cuando se mueve con lentitud y embarazo.

Fluye el discurso de Platón como las aguas de un río que canta, y prosigue, explicando que la progenie de lo bueno y lo bello (kalon agathon) es lo ventajoso (ximferon), lo que aprovecha (lusiteloun), lo útil (ofelimon), lo lucrativo (kerdaleon); y repite que la naturaleza de la bondad (agathon) es “mezclarse en todas las cosas, penetrándolas”. El Bien, o bondad, es el libre flujo de las aguas de la Vida, con mayúscula, y donde éstas se estancan, la podredumbre y ausencia de respuesta (muerte) que provocan es lo que llamamos mal. Pero seamos optimistas, no hay dique que pueda contener la Bondad de Dios y aun lo que llamamos mal está dentro del Gran Plan, y en el fondo es muestra ignorancia o posición psicológica, en marcha, la que le da ese nombre.

También la filosofía estoica descubrió en la bondad la virtud-rey, a la que todas las demás deben servir; vio en ella la fuente de la vida perenne, que nunca cesa de brotar, el pináculo de su edificio moral. También ellos la compararon al Sol que extiende sus rayos benéficos, sin importar a quien ni pedir nada a cambio. En este sentido la bondad sería la raíz última de la generosidad, y por tanto su ethos, su carácter distintivo.

Por ejemplo, leemos en las Máximas de Epicteto:

La bondad: rey de las virtudes

“El verdadero bien del hombre está siempre en la parte que le distingue de las bestias. Conviene, por tanto, que esta parte se halle bien asistida y fortificada y que las virtudes sean sus centinelas avanzados, para mejor rechazar al enemigo y poder vivir con toda seguridad, exento de temores”[17]

La bondad: Sol del alma humana

“Al sol no hay que suplicarle para que dé a cada uno su parte de luz y de calor. Del mismo modo, haz todo el bien que de ti dependa sin esperar a que te lo pidan”[18]

Dios, la suma bondad es como un ojo que todo lo ve, jeroglífico de Osiris

“Lo primero que es preciso aprender es que hay un dios que con su providencia lo gobierna todo, al cual no se le oculta ninguno de nuestros actos, como ninguno de nuestros pensamientos e inclinaciones. Luego hay que examinar su naturaleza. Conocida ésta, es indispensable que los que quieran agradarle y obedecerle se esfuercen en parecérsele, y, por tanto, que sean libres, fieles, benéficos, misericordiosos y magnánimos. Por consiguiente, que todos tus pensamientos, todas tus palabras y todos tus actos sean los actos, pensamientos y palabras de un hombre que quiere imitar a Dios y parecérsele.”[19]

Marco Aurelio, el emperador filósofo, uno de los mejores ejemplos de bondad en la historia, que amante de la paz, tuvo que dirigir numerosas campañas militares contra los enemigos de Roma, en sus Meditaciones, nos dice:

“Supongamos que un manantial de agua pura y cristalina fuese maldito por un transeúnte: el manantial no por ello dejaría de dar un agua excelente; y si arrojase en él basura o lodo, pronto haría desaparecer estas inmundicias sin que su agua se alterara. ¿Cómo harías tú para poseer interiormente un manantial inagotable como éste? Vigilándote a ti mismo continuamente para proteger tu libertad, y con ésta tu bondad, tu sencillez y tu dignidad”[20]

Y de nuevo el Sol como símbolo de todo bien, de toda sabiduría, ejemplo continuo de a quien tenemos que imitar:

“El sol parece fundirse en claridad; lo que hay de cierto es que pasea su luz por todos los ámbitos del universo. Pero no se agota, y su difusión no es más que una extensión. Por eso, en griego, sus rayos se llaman aktinés, del verbo ekteinesthai, que quiere decir, extender. Ahora bien, qué es un rayo. Puede uno formarse la idea de lo que es observando la luz del sol que penetra en una habitación oscura por un pequeño agujero; primeramente se dirige en línea recta, pero al tropezar con el cuerpo sólido que separa la habitación oscura del aire exterior se divide, por decirlo así, y lo que queda fuera se detiene, sin escurrirse ni caer. Así pues, deben ser exteriormente la confianza y la función de tu alma. Esta debe llegar hasta los objetos sin disiparse ni tropezar con violencia contra los obstáculos que encuentra y sin que nada pueda derribarla. Es preciso que se detenga sencillamente y que ilumine todo aquello que sea susceptible de que sus rayos penetren. En cuanto a los corazones impenetrables, que se entiendan por sí solos, si se ven privados de claridad”[21]

En general, la mentalidad romana asoció, casi identificando, la bondad con la clemencia, virtud regia por excelencia, clemencia que sin quebrar la ley, la desbordaba, o si no temperaba con sus bondadosas ondas. Clementes eran las vestales, que inspiradas por los Dioses, podían perdonar la vida de un condenado a muerte, y restituirle la plena libertad. Clemente era el emperador que cuando bondadoso, olvidaba todas las ofensas personales y aun delitos contra su persona si el bien público se mantenía intacto, y aún perdonaba a los condenados por la justicia. Los propios romanos definieron la Clemencia como la “continencia de espíritu cuando él tiene poder para castigar, o la blandura de un superior para un inferior, al determinar su pena. Se puede decir que es una inclinación del espíritu para la blandura, cuando se aplica un castigo. Clemencia es una moderación que perdona parte de una pena merecida y debida.”[22]

Los mejores ejemplos de Clemencia en Roma son Julio César y Augusto. Al primero le honró el Senado con un templo dedicado a Clementia Caesaris, donde la personificación de esta divinidad, aparece dando las manos al general. Por un escudo votivo hallado en Arles, sabemos que la autoridad de Augusto se basaba en: virtus, iustitia, clementia, pietas, lo que no era sólo un instrumento de propaganda, sino que de hecho, la vida del emperador, estaba fundamentada en estas virtudes.

Después de cinco años de buen gobierno, Séneca dirigió un discurso de elogio a la clemencia de un emperador , Nerón, que, por desgracia se convirtió después en uno de los paradigmas de crueldad. Es el De Clementia, tratado sobre la realeza y sobre el arte de gobernar con bondad. Extraemos los siguientes fragmentos:

No conviene tener una clemencia común y vulgar y tampoco estrecha, pues tanta crueldad es perdonar a todos como a ninguno. Debemos tener mesura, pero como el equilibrio es difícil, lo más justo es inclinarse por lo más humano (…)

Pues ¿qué?, ¿no tiene un lugar próximo a ellos quien se porta según la Naturaleza de los Dioses, siendo benéfico, liberal y generoso para hacer el bien? Esto es lo que conviene imitar: ser considerado como el hombre más grande sólo si a la vez se es considerado como el más bueno.

Sin embargo, las más sublimes alusiones a la Clemencia las hallamos, otra vez en el Mercader de Venecia, de Shakespeare, de nuevo en labios de Porcia:

La propiedad de la clemencia es que no sea forzada; cae como una dulce lluvia del cielo sobre el llano que está por debajo de ella; es dos veces bendita: bendice al que la concede y al que la recibe. Es lo que hay de más poderoso en lo todopoderoso, sienta mejor que la corona al monarca sobre su trono. El cetro puede mostrar bien la fuerza del poder temporal, el atributo de la majestad y del respeto, que hace temblar y temer a los reyes. Pero la clemencia está por encima de esta autoridad del cetro; tiene su cetro en los corazones de los reyes; es un atributo de Dios mismo, y el poder terrestre se aproxima tanto como es posible al poder de Dios, cuando la clemencia atempera a la justicia[23] 

En la filosofía china, la bondad es el término Ren, que también podemos traducir como “humanidad” o amor fraternal (el agapé griego). Es la principal doctrina de Confucio, pues para él –como para el profesor J.A.Livraga[24]– la clave de todo orden político se halla en la vivencia de esta virtud. El Ren es, en Confucio, aquello por lo que el hombre es hombre; sin bondad lo que resta es un animal astuto y hábil (sofisté). El mismo fonema, en la lengua china, expresa la caridad humana (cuyo ideograma es “ren-hombre, dos”, dos seres humanos, la relación con el prójimo). Dice Confucio que adquirir el Ren supone vencerse a sí mismo y la apertura de comprensión, solidaridad, amor, compasión y compromiso con el otro.

El Ren, aunque forme parte de la naturaleza humana, hay que despertarlo, hay que estudiarlo y hay que practicarlo, para fijar mejor la bondad en el alma. Es para Confucio, el alma del Rito de Gobierno, el fundamento del Li (la Armonía Cielo-Tierra, el Fuego, el orden social según la razón celeste). Cuáles son los pasos necesarios para la práctica de esta virtud. Confucio responde: “Lo que no es correcto, no se ve; lo que no es correcto, no se oye; lo que no es correcto, no se dice; lo que no es correcto, no se hace” (Analectas XII, 1).

Que la bondad es el alma del rito, y que es la base de la justicia (de la armonía) lo entendemos muy bien con la siguiente máxima de las Analectas: “¿Cuando un hombre no es virtuoso, de qué naturaleza son sus maneras ceremoniales (Li)? ¿Cuando un hombre no es virtuoso, de qué naturaleza es su música?”

El Libro IV de los Analectas está dedicado a esta virtud, que también es traducida como “fortaleza moral”, en él encontramos las siguientes enseñanzas del Maestro Kung:

Si el noble (Ju) se aparta del bien, pierde su reputación de sabio; el noble no debe obrar contra la bondad ni un sólo instante; tanto en las penas como en las alegrías, debe permanecer en el camino del bien (An. IV,5)[25]

¿Hay alguien que pueda practicar el bien, con todas sus fuerzas aunque sólo sea por espacio de un día? No he conocido nunca a nadie que habiendo puesto todo su empeño en la realización del bien, aunque sólo sea por el espacio de un día, haya carecido de fuerzas para conseguir su propósito; si actualmente existe alguien así, yo no lo conozco[26]

El hombre es bueno por naturaleza; si durante su vida el hombre se aparta de esta bondad natural, pierde con ello la felicidad[27]

Preguntó Fan chi en qué consistía la bondad. El Maestro le dijo: El hombre bueno no se detiene ante las dificultades, y sólo piensa en el premio después de haber obrado bien; en esto consiste la bondad.[28]

Interesantísima la comparación que hace entre el hombre bondadoso y el sabio. No podemos sino recordar el film Master and Comander, donde cada uno de los protagonistas encarna una de estas virtudes. La bondad, desde luego, asociada al mando; ya que si esta virtud es el Sol del alma humana, aquellos que deben ser como un Sol entre los hombres, los gobernantes, no tienen derecho moral a serlo si no son bondadosos.

El sabio es como el agua clara que alegra nuestra vista, el bondadoso es como las montañas que nos sobrecogen. El sabio es activo e inquieto, el bondadoso es tranquilo y reposado. El sabio tiene muchas alegrías, el bondadoso alcanza larga vida.[29]

El hombre bueno se fortalece y luego fortalece a los demás; investiga por sí mismo las causas de todas las cosas y luego las da a conocer a los demás hombres[30]

Muy importante también la enseñanza de que es posible lograr que el pueblo siga al hombre bueno, pero nunca se le podrá forzar a que le comprenda [31]; detrás de esa bondad hay un misterio impenetrable, el mismo de la Divinidad en acción, la sustancia padre-madre que es el corazón de todas las existencias.

En la filosofía y simbolismo del budismo mahayana, especialmente en el Tibet el concepto que mejor expresa la bondad es la compasión, Karuna, un amor bondadoso y sin preferencias, que derrama rayos de luz que penetran hasta el corazón de todos los seres vivos. Es la virtud por excelencia del que se juramenta, en su camino espiritual, a no cesar en su esfuerzo hasta no liberar a todos los seres sencientes, a impulsar la vida universal con la propia bondad de corazón, unido a la bondad de todos los Budas presentes, pasados y futuros: es el voto del Bodhisatva. El mismo Dios que rige el Tibet, Avalokiteshvara, (o Chenresi, en tibetano, de quien se dice que el Dalai Lama es una encarnación, así como el Panchen Lama lo es de Amitabha, el Buda de la Luz infinita) es el paradigma de la bondad. Su nombre significa, en sánscrito, “el Señor que mira desde lo alto” y es como un Sol, que con sus rayos alienta y protege a todos los seres vivos. Se le representa con 11 cabezas y mil brazos, como rayos de luz, que terminan en manos con un ojo abierto, pues a la bondad se une la sabiduría y el cuidado. H.P.B dice que representa a Atma, en la constitución septenaria hindú, y que, sobre su estatua (en la forma china de Kwan-Shi-Yin), aparece la inscripción “Salvador universal de todos los seres vivos”. Es, parafraseamos sus enseñanzas en la Doctrina Secreta[32]: El alfa y el Omega de la Naturaleza Manifestada. El mismo Padmapani, “el Uno en el Loto”, que “hizo voto de trabajar sin descanso hasta conseguir que la humanidad sintiese la presencia de él en sí mismo, y de este modo se salvara de las miserias del renacimiento. Prometió además, conseguirlo, antes del término del kalpa, añadiendo que, en caso de fracasar, quería que su cabeza se rompiese en innumerables fragmentos. Terminó el kalpa sin que la humanidad lo sintiese en su frío y malvado corazón; por lo que la cabeza de Padmapani quedó destrozada y dispersa en mil pedazos. Movida la Divinidad a compasión, volvió a juntar los pedazos en diez cabezas, tres blancas y siete de diversos colores. Desde aquel día, el hombre es un perfecto número DIEZ”[33]

En el Budismo Mahayana, la Bondad está vinculada a la virtud trascendental o Paramita DANA, que nos dice el profesor Livraga que representa la gran alegría, la danza interior, la gran generosidad, y de la que en Voz del Silencio se dice que es la llave de caridad y de amor inmortal; es el estado en que uno tiene que vivir y respirar en todo, tal como todo lo que ves respira en ti, sentirte existir en todas las cosas y todas las cosas en TI, armonizar tu corazón y mente con la gran mente y corazón de toda la humanidad, pues como en la rugiente voz del Río sagrado donde resuenan todos los ecos de la Naturaleza, así debe el corazón de aquel que ‘quiere entrar en la corriente’ vibrar en respuesta a cada suspiro y pensamiento de todo cuanto vive y respira.

Estas seis virtudes trascendentales o Paramitas reinan sobre las diferentes etapas de la Senda Espiritual, incorporándose una en cada nuevo nivel. Esto significa que la virtud que, según el budismo esotérico tiene que estar desde el comienzo hasta el fin es Dana, la bondad. La bondad al comenzar, durante y hasta el fin del camino de perfección: es la base, es el camino mismo, es el rayo de Dios, el Dios Bueno, en el que el alma avanza, o mejor, se deja atraer como el hierro al Imán. Como diría Paracelso, Dios es el Imán de todas las existencias, y sus efluvios “magnéticos” son la bondad misma, es el Grial que alimenta al alma desde el principio hasta el fin de su marcha hacia Dios

También Pitágoras se refiere a la bondad como una fuente inagotable, que se vierte desde el corazón. En los Versos Áureos leemos: Tú veras que los males de los hombres son fruto de su elección; y que la fuente del bien la buscan lejos, cuando la llevan en su corazón. La práctica del bien nos torna buenos, y dice Aristóteles que es el único medio de ser feliz. Platón, su Maestro insiste en que sólo buscando el bien de nuestros semejantes encontramos el nuestro. Si la bondad es el rey, el sol del alma, es lógico que Beethoven reconociera en ella el único signo distintivo de superioridad, o que el poeta y pensador Miguel de Unamuno dijese que “todo acto de bondad es una demostración de poderío”.

La misma iconografía de esta virtud demuestra que ella es la fuente perpetua, la que alimenta almas y cuerpos (como luz). En la obra de Cesare Ripa se la muestra como una Señora noble vestida con una túnica del color del cielo y estrellas de oro. Aprieta sus pechos con las dos manos, y de ellos fluye abundancia de leche, alimentando a los animales (generalmente, perros). A su izquierda el fuego arde en un altar. El mismo Ripa en su Iconología, dice que el apretar los senos indica Bondad hacia los sujetos, el color del cielo, que ésta, la bondad, debe ser ejercida sin ningún interés material; el altar porque la bondad está en relación con lo sagrado, con la religión (re-ligare, lo que une a los hombres entre sí y a estos con Dios), imitando esta virtud a Dios mismo.

Podemos añadir que en esta alegoría la bondad es como la luz infinita que nace y se vierte de los astros infinitos, los infinitos soles, uniendo a los infinitos seres en el mismo tejido de la Vida Una, la sinfonía majestuosa de la bondad perpetua y sin fin. 

José Carlos Fernández


[1] Doctrina Secreta III de H.P. Blavatsky, pag.406  editorial Kier, Buenos Aires 12ª edición

[2] Pensamientos, de J.A. Livraga

[3] Traducido por Luis Astrana Marín, Ediciones Aguilar

[4] La Clave de la Teosofía, pag 205-6 Editorial Teosófica 1991 Barcelona. El subrayado y la negrita son nuestros.

[5] Los Relojes Biológicos, J. A. Livraga

[6] J.A. Livraga, Pensamientos.

[7] Interesante afirmación que es, en sí misma, como veremos más adelante, una invocación a la Bondad.

[8] Ankor el discípulo de Jorge Angel Livraga, Editorial Nueva Acrópolis 1997,  281

[9] Este epíteto, con el que se le reconoce habitualmente, significa, literalmente, en griego “boca de oro”.

[10] Y que originó, después a este santo o evemerización del Dios Osiris que es San Onofre.

[11] Tebas, Jorge Angel Livraga, pag 53, 54 Ediciones Nueva Acrópolis, España, 1986.

[12] Textos de las Pirámides 310, extraído del libro “Poder y Sabiduría en el Antiguo Egipto” de Christian Jack, pag 50 Editorial Planeta.

[13] Estas últimas máximas extraídas de “La Sabiduría de los Antiguos Egipcios” de William Macquitty, Editorial Lidium Buenos Aires.

[14] Las Máximas de Ptahotep, versión de Christian Jacq, Editorial Edaf, pág 147.

[15] Idem, 148.

[16] Diálogos de Platón, Editorial Porrua, pág. 553.

[17] Los Estoicos, pag 26, Editorial Nueva Acrópolis, España 1997.

[18] Idem, pag 43

[19] Idem, 53

[20] Idem, pag 224

[21] Idem, pag 225

[22] Estudos da Historia da Cultura Classica, II de Maria Helena da Rocha Pereira, pág 372.

[23] El Mercader de Venecia de William Shakespeare, tomo I, pág 1190, traducción de Luis Astrana Marín; editorial Aguilar., 16ªedición

[24] Ver el artículo “Necesidad de hombres buenos”, de la revista Nueva Acrópolis, España, número

[25] Los Cuatro Libros de la Sabiduría de Confucio, editorial Edicomunicación, pág 65

[26] Idem

[27] Idem, pág 80

[28] Idem

[29] Idem, pág 80

[30] Idem, pág 82

[31] Idem, pág 93

[32] Doctrina Secreta, pág 171, Sobre Kwan-Shi-Yin y Kwan Yin. Editorial Kier, 9ª Edición, Volumen II.

[33] Doctrina Secreta Volumen VI, pág 82 Idem

Si el artículo le ha gustado, deje por favor un comentario. Agradecemos su opinión.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s