Filosofía

La Filosofía Estoica (I)

Hércules, héroe inspirador de la Filosofía Estoica
Hércules, héroe inspirador de la Filosofía Estoica

 

Grecia, en el siglo III a. C., una generación después que las grandes luminarias del pensamiento, Platón y Aristóteles legaran su mensaje filosófico, parece hallarse exhausta en su vuelo metafísico. Reclama escuelas de moralistas que enseñen a vivir, a superar los vientos adversos de la fortuna y a conocerse a sí mismos de un modo práctico y eficaz. La escuela cínica, heredera de la moral socrática, al burlarse de las necesidades de la gente, al despreciar todos los bienes y al separarse en orgulloso aislamiento de todos los afanes del mundo; no enseña un camino fácil para los jóvenes. La Escuela Platónica, con Arcesilao, abandonando la inspiración poética y profunda sabiduría de su Maestro, se encierra en un nihilismo escéptico, usando una y otra vez la dialéctica para defender una posición… y luego la contraria. Era preciso, pues, una Escuela y una Filosofía, que fueran, para los jóvenes, como es un faro en la tormenta: una antorcha de esperanza, una guía en las tinieblas y un firme asidero en medio de un mundo que se desmorona. Zenón de Citia cristalizó esta necesidad histórica y crearía los cimientos de una Escuela de Filosofía y de una forma de pensar que, no sólo perduró más de cinco siglos (del III a.C al III d.C.); sino que llegó a convertirse casi en “Religión de Estado” de las almas más nobles del Imperio Romano, desde Julio César a Marco Aurelio. Halló asiento en el corazón de los emperadores desde Nerva hasta el ya nombrado emperador filósofo[1], y en caballeros y senadores como Séneca. En el más antiguo linaje patricio y en esclavos como Epícteto. Y ya en el ocaso de la civilitas romana alienta la resignación de un Boecio en su “Consolación por la Filosofía” y entrega su “código de comportamiento” al cristianismo a través de los primeros Padres de la Iglesia, que hallaron, en los textos estoicos sus manuales del buen hacer y de forja de voluntad.

Debemos retroceder en el tiempo y estudiar la situación moral, económica, político y social que vivía Atenas, en el siglo III a. de C. para entender bien el cómo y el por qué del nacimiento y auge de esta filosofía.

Las conquistas de Alejandro Magno, el joven-Dios, han expandido la civilización griega hasta el Asia y en toda la cuenca del Mediterráneo, en el llamado “helenismo”. Y a su vez, las ciudades de la Hélade se han abierto a las influencias orientales. La polis como entidad cultural, religiosa y de poder se pierde, avasallada por las monarquías absolutas de los sucesores de Alejandro, hasta que en el año 146 a. C. Grecia entera queda convertida en provincia romana, con el nombre de Acaya. El caracter distintivo de la polis se disuelve, pues, ante la obra unificadora del Macedonio; obra precursora del futuro Imperio Romano, aunque más fugaz que éste. Se forman grandes urbes, nuevas capitales del mundo, en lo económico y en lo cultural, como Alejandría; el ciudadano se siente desarraigado del lugar y de la cultura de origen; pero nace, por primera vez en la historia de las multitudes, un sentimiento de cosmopolitismo. La fe en los panteones locales se minimiza y torna relativa, ante la multiplicación de los cultos, muchos de los cuales se estudian ahora de un modo erudito y filosófico. En vez del culto a la patria y de los esfuerzos por conquistar gloria en su nombre, nuevos ideales hacen su aparición y caldean el corazón humano:  el ideal de imperio o monarquía universal, el de fraternidad sin distinciones de raza, credo y condición social, y el de la liberación de las cadenas del destino. Surgen y se expanden sociedades mistéricas que quieren libertar al hombre de la esclavitud de la fortuna y de la vida a través de iniciaciones y juramentos que trasmiten conocimientos y vivencias secretos. Las sociedades místicas pitagóricas, los misterios de Mitra y Cibeles, el culto a Isis, así como la astrología y magia caldea y el hermetismo egipcio se “superponen” a las creencias y cultos oficiales de cada localidad, que por veces las acepta y promueve, y otras las rechaza de un modo cruento.

La soledad del individuo que no siente ya las murallas maternales y protectoras de su polis; y las guerras y catástrofes naturales, sin una fe religiosa que sirva de seguro sostén, llevan las miradas de los jóvenes a la Filosofía. Porque si, como dice Séneca “todo ser humano desea vivir feliz, pero nadie ve con claridad lo que hace feliz la vida” los jóvenes más audaces que quiebran las cadenas de la costumbre se acercan, cada vez más al calor y a la luz que iradian las Escuelas de Filosofía.

Las Escuelas de Filosofía más importantes en este periodo, además de la Estoica son:

Las Escuelas Morales: La Cínica, fundada por Antístenes, discípulo de Sócrates, de una austeridad e independencia proverbial; y la Cirenaica, que aunque heredera de Sócrates- fundada por uno de sus discípulos, Aristipo de Cirene-, se inclina al lujo y a los placeres del mundo; esto sí, con gran delicadeza y dignidad.

La Academia, fundada por el divino Platón. Una Escuela Filosófica que aunque nació con tendencias pitagóricas e inspiración egipcia; desde el 265 está regentada por el escéptico Arcesilao, quien la acerca peligrosamente a los escollos de una dialéctica no iluminada por el Logos (El Espíritu), de una dialéctica que ya no es un instrumento de purificación del alma y la mente (para que esta se torne semejante a los Arquetipos-Números), y por lo tanto, precipita al candidato en el laberinto de las afirmaciones y negaciones sin finalidad ni destino.

El Liceo, de Aristóteles. Fundamental, en su estructura lógica, para el desarrollo de las Ciencias Experimentales. La Escuela Aristotélica es la primera que “sistematiza” los conocimientos y la Filosofía, para bien y para mal. Para bien, porque hace más pedagógicas y “trasmitibles” las enseñanzas, al encuadrarlas en sistemas categóricos. Para mal, porque ya Platón nos advertía de los peligros de querer “embotellar” una llama tan alada, sutil y penetrante como es la Sabiduría, alma, luz, quintaesencia y finalidad de todo conocimiento.

El Jardín, de Epicuro. En clara oposición con la filosofía estoica. Cultiva la amistad, la contemplación y los llamados placeres puros, es decir, aquellos que no dejan ninguna mácula ni atadura terrena en el alma. No quieren- a diferencia de los estoicos- participar en los asuntos y responsabilidades del mundo, ni implicarse en las corrientes del destino que llamamos Historia; sino más bien, apartarse del barullo e inquietudes de las ciudades, y en comunidad, disfrutar de los bienes que la naturaleza y las buenas compañías nos prodigan fácilmente, cuando todo lo que deseamos, lo hacemos con moderación. El gran filósofo renacentista Giordano Bruno, estudiando similitudes y diferencias en ambas escuelas, la estoica y la epicura, diría que el lema de la segunda era “No sufrir” y el de la segunda “Soportad con fortaleza”.

Para ubicarnos psicológicamente en la época es importante entender bien la función y el modus operandi de estas Escuelas de Filosofía, que nada tenían que ver con las academias, universidades o centros de estudios de nuestra civilización. Eran taller de forja de caracteres y de educación en la ciencia y arte de vivir; fraternidades de jóvenes, al amparo de los Maestros de dichas escuelas, o de los discípulos más experimentados. Había en ellas, o quizás, eran ellas mismas, un Alma- Mater que guiaba, verdaderamente, al discípulo en la búsqueda de la sabiduría y animaba las conversaciones y los trabajos conjuntos. Eran en espíritu y forma, completamente diferentes de la enseñanza sofística, reglada, y de pago, donde los “hábiles” enseñaban a los alumnos métodos y herramientas para destacarse social y políticamente entre los demás. Y para, a través de la palabra apasionada y de la dialéctica, un poco o muy corrompida con sofismas, imponer el propio criterio personal y egoísta. Un criterio hijo del deseo, y generalmente desvinculado de la verdad y de la moral, en su sentido más profundo. En las Escuelas de Filosofía, sin embargo, el Fundador y Maestro, y también aquel que regentaba la Escuela, era un ejemplo moral y un modelo continuo de referencia. Los frutos de estas enseñanzas y de estas vivencias eran: el mayor conocimiento de uno mismo, un despertar del alma y de sus fuerzas dormidas y un vínculo fraterno con los discípulos que compartían un mismo ideal de vida. Y quizás lo más importante de todo, evocar en cada uno el sello de autenticidad, el rasgo distintivo que cada alma tiene cuando llega a este mundo, el don propio o genio.

Cuando el Emperador Justiniano cerró las Escuelas de Filosofía y los centros de oratoria apagó la última llama que iluminó el mundo clásico. Es cierto que ya Roma era un cadáver desde hacía siglos y que manifestaba serios síntomas de descomposición, y que estas Escuelas carecían, en general, del vigor y la inspiración de antaño- San Agustín ha perfilado muy bien, en sus Confesiones, el panorama vital de aquel tiempo- Y aún así, el definitivo cierre de estas Escuelas, significó la entrada en la más oscura Edad Media.

Hay una anécdota del tiempo del estoico Zenón. Uno de sus discípulos, nos cuenta Eliano en sus Historias diversas, después de muchos años de aprendizaje volvió a su tierra natal, Eretria. Allí, su padre, le preguntó qué sabiduría había adquirido en tan grande lapso de tiempo. La demostración, contestó el joven, y –añadió- no lo he hecho muy profundamente. Y como el padre se enojara y comenzara a golpearle, él, con mucha serenidad y autodominio respondió que era esto lo que había aprendido y a soportar la cólera de los padres sin indignarse con ello. Esta historia ilustra muy bien el aprendizaje en las Escuelas de Filosofía, que más que cultura y enciclopedismo, buscaban el despertar y desarrollo de la inteligencia, que es, como nos decía el gran filósofo J.A.Livraga (1930-1991), la recta interpretación de los hechos.

Zenón de Citia era hijo de un rico comerciante fenicio, Mnases; y viajó, a los 20 años, a Atenas para estudiar Filosofía, enamorado de los textos platónicos, y especialmente de la Apología de Sócrates. Habiendo consultado a un oráculo ¿qué debía hacer para vivir del mejor modo?, el Dios le respondió “Estar en contacto con los muertos”, lo que interpretó como que debía leer a quienes ya en aquel tiempo eran “clásicos”. Para aquel que lo medite, la afirmación del Dios es de gran profundidad e importancia. Estar en contacto con los “muertos” es sentir viva la presencia de lo invisible y del misterio, es percibir el aroma de la flor, aunque ésta ya haya muerto, y la música que la lira ha hecho, aunque ésta ya esté quebrada;  y la voz viva y ardiente de quienes aunque “muertos” nos guían con sus palabras, obras y ejemplos; es vivir en el mundo con aquello, que al permanecer, no es una creación de este mundo material y efímero, sino de uno más espiritual, arquetípico, imperecedero; es sentir, crucificado en el tiempo y el lugar, la armoniosa e impalpable presencia de aquello que espera, más allá de la encrucijada de esta viva muerte que lleva a una muerte viva… Zenón, siguiendo los consejos del oráculo, estaba leyendo las Memorables de Jenofonte, cuando, entusiasmado preguntó “¿dónde existen estos hombres?”, a lo que alguien que andaba cerca, y como en ese momento pasara por ahí el filósofo cínico Crates, le dijo, “Allí va uno, ¡síguelo!”

Durante un tiempo siguió sus enseñanzas, y después escribiría un libro[2] en recuerdo y alabanza de su filosofía. Filosofía, que dice Diógenes Laercio, no se acomodaba bien con el carácter ruboroso del joven. La filosofía cínica estaba tan frontalmente en contra de toda convención que hacía vivir muchas veces a sus practicantes situaciones vergonzosas; eran los “aguafiestas” de todos los banquetes a que eran invitados, o a los que acudían sin ser invitados, y sin comer, para con su presencia, hacer ver lo inútil y superficial de las costumbres mundanas.  Crates era discípulo de Diógenes el Cínico, este extraño personaje, discípulo de Antístenes, discípulo a su vez de Sócrates; de comportamiento “excéntrico” y que dormía en un tonel. De este Diógenes, Platón diría que era un Sócrates enloquecido; y Alejandro Magno, que de no ser él quien era, no le gustaría ser otro, sino Diógenes. Crates, sin embargo, a diferencia del carácter áspero de Diógenes, era de carácter bondadoso, dulce y jovial. De distinguida ascendencia, abandonó sus riquezas y se dedicó a predicar las enseñanzas de su Maestro y a solventar las reyertas familiares de los atenienses, prodigando máximas y consejos prácticos para vivir mejor. Por esta razón era llamado el “abrepuertas” y conocidísimo en Atenas.

Zenón escribió mucho y desde muy joven. Perteneciendo a la Escuela Cínica, con Crates, escribió una obra llamada República, donde exponía el sueño político de una humanidad común, regida por las mismas leyes, con bienes comunes y una vida en comunidad de mujeres, varones e hijos. Regidos por Eros, que en este Filósofo aparece como Dios de la Amistad, de la Concordia y de la Libertad interior. Un Estado sin moneda, sin templos ni gimnasios, pues Dios habita en el corazón de los hombres buenos y virtuosos y “un Estado debe embellecerse, no con monumentos conmemorativos, sino con las virtudes de sus ciudadanos”[3]

Zenón siguió también las enseñanzas de la Escuela Platónica, quizás más como oyente que como discípulo. Y según algunos pasó diez años estudiando con Jenócrates, jefe de la Academia. También siguió las enseñanzas de Estilpón, de la Escuela de Megara, Escuela fundada por Euclides, discípulo de Sócrates. La Escuela  de Megara fue una escuela dialéctica que se distinguió por las polémicas y debates y fue heredera del espíritu eleático de Zenón[4] y de Parménides. Niega que el mundo que conocemos, sensible, y la realidad pura e inteligible tengan ningún punto de contacto. Zenón conocía bien la filosofía aristotélica y la pitagórica, y se inspiró mucho en la filosofía de Heráclito, en su armonía de los opuestos, en el Fuego- el Logos- como agente creador, conservador y renovador de la vida y en muchas otras de las casi crípticas enseñanzas del filósofo de Éfeso. Con todas estas influencias, y otras, quizás, ocultas, patrimonio de las Escuelas de Misterios, tejió la recia urdimbre de su filosofía estoica. Y nos recuerda el gran filósofo, Iniciado y Padre de la Iglesia, Clemente de Alejandría en su Stromata que: “Dicen los estoicos que Zenón fue el primero en escribir ciertas cosas que no se confían fácilmente a los discípulos para que las lean a fin de que no les otorgue el saber si no filosofan auténticamente”. Es decir, que también la Filosofía Estoica, como la Platónica, o incluso la Aristotélica o la Pitagórica tenía una “doctrina secreta” que sólo se confiaba a los más entregados y que estaban preparados para ella.

Después de 20 años de aprender, comenzó a enseñar en el Pórtico Decorado (Stoa Poikilé), galería ornada con pinturas de Polignetes, lugar en que los Treinta Tiranos habían hecho perecer a 1.400 atenienses. De ahí el nombre que recibieron los Estoicos, ya que Stoa es, en griego, galería. Allí jóvenes de toda condición social comenzaron a oír sus lecciones. La humildad de quien asistía a sus pláticas, y, que a diferencia de las Escuelas ya constituidas y poderosas –generalmente en villas en los alrededores de Atenas- enseñase en lugares abiertos y públicos, hizo que fuera muy criticado, y se tratase de pordioseros a sus discípulos, o que se burlasen de que estos discípulos no eran, por ejemplo, tantos como los de Teofastro, de la Escuela Aristotélica. A lo que Zenón respondería que “son menos, pero están más concertados”. Durante más de cuarenta años profesó esta nueva filosofía en Atenas, y sus discípulos acudían desde todos los estamentos sociales y desde las tierras más lejanas. Entre ellos destacar, el futuro soberano de Macedonia, Antioco Gonatas, que se convirtió en discípulo y amigo suyo y que le llamó a su corte como consejero y educador. Zenón, anciano, rechazó la oferta, pero envió a Persio, su antiguo sirviente y discípulo, quien luego además se convertiría en jefe de la guarnición militar de Acrocorinto y moriría allí, como un héroe, defendiéndola. Se conservan las cartas de solicitud y de respuesta, que por el nivel, elegancia y profunda humanidad que desprenden, incluimos en este prólogo:

Carta del rey de Macedonia
El rey Antígono al filósofo Zenón,
¡Salud! Creo que en fortuna y fama yo te aventajo, pero tú me llevas la delantera en inteligencia, en cultura, y en la perfecta felicidad que posees. He decidido, por esto, que vengas a mí, persuadido de que no te resistirás a quien te estima. Trata, pues, por todos los medios, de reunirte conmigo, pensando que no solamente serás mi maestro, sino de todos los macedonios en general. Porque es evidente que quien educa y conduce a la felicidad al príncipe de Macedonia, prepara también a sus súbditos para la varonil firmeza. Pues así como fuere el gobernante, así serán, también, sin duda, los más de sus súbditos.
 
Carta de Zenón
Zenón al rey Antígono,
¡Salud! En mucho aprecio tu amor al saber, pues buscas la verdadera cultura, encaminada a lo útil, y no a lo vulgar, que corrompe las costumbres. Al apetecer la filosofía y al evitar el muy celebrado placer que afemina las almas de ciertos jóvenes, es evidente que no sólo te inclinas a los sentimientos nobles por naturaleza, sino también por deliberada elección. Una naturaleza noble, cuando se le añade un moderado ejercicio, a través de un maestro generoso, fácilmente se encamina a la perfecta adquisición de la virtud. Yo, sin embargo, me encuentro afectado por la debilidad del cuerpo, a causa de la vejez. Tengo, en efecto, ochenta años, por eso no puedo reunirme contigo. Te envío, en cambio, algunos compañeros de estudio que no son inferiores a mí en cuanto al alma y me aventajan en cuanto al cuerpo. Si los escuchas, en nada serás superado por quienes poseen la perfecta felicidad.

La misma ciudad de Atenas le distinguió a su muerte con una corona de oro, una estatua de bronce y las llaves de sus murallas. En gratitud por sus virtudes cívicas y por la coherencia entre sus enseñanzas y su conducta; así como por haber forjado, a fuego, el carácter de tantos buenos atenienses.

Diógenes Laercio narra la muerte, ¿antes de tiempo? de este filósofo, que, dice, oyó la llamada del Hades. Porque en realidad a todos aventajaba en este género [de vida], no solamente en dignidad, sino también, por Zeus, en dicha. Sobrepasó en ocho los noventa años de vida, habiendo vivido sin enfermedades y con salud. Perseo dice en sus Lecciones morales, que falleció a los 72 años, y que llegó a Atenas a los 22. Apolonio a su vez refiere que el mismo estuvo durante cincuenta y ocho años al frente de la escuela.

Su muerte fue de esta manera: al salir de la escuela, tropezó y se quebró un dedo. Y mientras golpeaba la tierra con la mano dijo aquello de Níobe: Voy, ¿por qué me llamas? Enseguida, ahogándose murió. Los atenienses le dieron sepultura en el Cerámico y, según hemos dicho antes, lo honraron con decretos en los que proclamaban su virtud

Como Zenón fue el fundador de esta filosofía estoica, es importante que mencionemos todas las obras que se le atribuyen, siguiendo a Diogenes Laercio. Además de la República, de la que ya hablamos:

– Sobre la vida conforme a la naturaleza, donde debía exponer cómo armonizarse con la naturaleza siguiendo la razón, uno de los temas claves de la ética estoica.

– Sobre el impulso o sobre la naturaleza del hombre, donde Zenón debía tratar de la fuerza natural e instintiva que lleva a todos los entes a perfeccionar su propia esencia.

– Sobre las pasiones, que para la filosofía estoica son afecciones o enfermedades de las que el alma debe despojarse.

– Sobre lo adecuado es una doctrina de los deberes e inspiraría el Tratado de los Deberes (De Officii) de Cicerón.

– En el Sobre la Ley discurriría sobre la diferencia entre la ley natural y la ley positiva, es decir entre lo que exige de nosotros la naturaleza racional humana y lo que exigen las distintas instituciones legales y costumbres que encuadran nuestra vida social. Tema clásico estoico, Cleantes y Crisipo escribirían sendos libros con el mismo título, el de la Ley, que para el poeta Pindaro y el pensamiento estoico es la “Reina de todas las cosas, divinas y humanas”.

– Sobre el estilo, que versaba sobre cuestiones morales.

– Los cinco libros de Problemas Homéricos y el ensayo Sobre la Teogonía de Hesíodo que siguiendo otra de las pautas de la filosofía estoica, debía interpretar el simbolismo y alegoría de la mitología homérica y de Hesíodo. Para la ilosofía estoica los Dioses son fuerzas espirituales de la misma Naturaleza, y como ella, sometidas a la ley y al destino.

– El Arte era un tratado de retórica, donde se definía el arte como “un sistema de comprensiones ejercitada para un fin útil a las cosas de la vida”.

– Sobre el Raciocinio, una teoría del conocimiento y una introducción a la lógica estoica.

– Sentencias: Apotegmas y anécdotas morales.

– Sobre la sustancia: Un ensayo crítico sobre la noción de “sustancia” tal y como la entendían Aristóteles y los peripatéticos.

– Sobre la naturaleza, un tratado sobre la filosofía de Heráclito, uno de los sabios presocráticos que más influyeron en Zenón y en el movimiento estoico.

– Sobre el Todo, una explicación lógica de todo el ser y el mundo fenoménico.

– Otras obras son Sobre la educación griega, Sobre la vista, Sobre los signos, Pitagóricas, Universales, Sobre la audición de los poetas, Soluciones, Refutaciones, Memorables de Crates y Diatribas.

Además del ya citado Persio, el discípulo más conocido de Zenón es Cleantes, que le sucedió en la dirección de la Escuela Estoica. Nació en torno al año 331 y murió en el 232. Atleta en su juventud, estudiaba con Zenón durante el día y acarreaba agua para los jardines de Atenas durante la noche. El Aéropago quiso becarle con una importante cuantía económica, que rechazó, siguiendo el consejo de Zenón. Permaneció 19 años junto a su Maestro, y tanto los filósofos de la Escuela Estoica como Atenas entera reconocieron en él a alguien lento en la gimnástica mental, pero con una profunda asimilación de las enseñanzas y gran sabiduría en sus juicios. Un ejemplo, en fin, de que la agudeza mental no es inteligencia, ya que esta última se manifiesta en una clara visión de la realidad, y por lo tanto, del deber ser y del deber hacer. Cleantes era, además un filósofo de gran humildad de corazón, que supo ganarse el respeto, incluso, de los adversarios de la Escuela Estoica.  Como le reprochasen que era un asno, respondía que bien, que así podría llevar el gran peso de las enseñanzas de Zenón. Plutarco en su “Vida de los Filósofos” escribe, admirado “…cuán grande era el espíritu de aquel varón, que con mano habituada al molino y al mortero, debilitada y sucia, escribía acerca de los dioses, de la luna, de los astros y del sol”. Zenón le comparaba a un encerado en que se escribe con dificultad, pero se mantiene con fidelidad lo escrito. Cleantes escribió un himno a Zeus que fue loado por toda la Antigüedad Clásica por su profunda piedad y filosofía. En él se cantan las virtudes y naturaleza del Logos: inteligencia, principio rector y fuerza de unión del Mundo, el Dios de la filosofía estoica. Dado que expone con singular maestría los pilares de la teología estoica lo incluimos en este prólogo:

HIMNO A ZEUS de CLEANTE
El más glorioso entre los inmortales, de muchos nombres, siempre todopoderoso,

Oh Zeus, rey de la naturaleza, que con la ley todo lo gobiernas, salve, pues es ley que todos los mortales te saluden, pues hijos tuyos son, ya que una imitación del Eco les ha tocado en suerte, a ellos, solos, entre los animales que viven y se arrastran sobre la tierra. Hacia Ti, pues elevaré mis himnos y celebraré siempre tu poder. A Ti todo este universo que gira en torno a la tierra te obedece allá donde lo guíes y él, con gusto por Ti es gobernado. Como arma entre tus manos invencibles, tienes el rayo de dos filos, en llamas, siempre viviente, ya que bajo tu golpe todas las obras de la naturaleza se realizan.

Con él diriges la Razón común, que discurre a través de todas las cosas, uniéndose a los pequeños y a los grandes fuegos. Con él llegaste a dominar, como rey excelso, todas las cosas, y sin Ti, oh Daimon, nada es posible, ni en la esfera divina del éter, ni en el mar, salvo las que realizan los malos con sus propias demencias. Sabes también, Tú, moderar aquello que es excesivo, y ordenar aquello que se halla en desorden, y las cosas no gratas son gratas para Ti. Todas las has armonizado en una sola, malas y buenas, de modo que en todas ellas hay una sola Razón, siempre existente, de la que huyen los mortales malvados, los desdichados que, procurando siempre alcanzar el bien ni ven ni oyen la ley universal de Dios, ya que, si la obedecieran, con el entendimiento, alcanzarían una vida feliz. Ellos, insensatos, tienden cada uno a una desgracia, unos solicitando y combatiendo por la fama, otros yendo, sin ninguna dignidad, al lucro, otros hacia el desenfreno y las actividads placenteras del cuerpo, llevados, ya a una, ya a otra (desgracias), y esforzándose mucho en que les suceda lo contrario. Pero Tú, Zeus, que dispensas todos los dones, Tú de las negras nubes, señor del rayo, saca a los hombres de la triste inexperiencia, y haciéndola huir del alma, Padre, otórgales alcanzar la razón en que te fundas para reinar en todas las cosas con justicia. De modo que honrados así, te otorguemos a nuestra vez honores, cantando siempre himnos sagrados a tus obras, como corresponde al mortal pues ni hombres ni dioses pueden hacer mejor ofrenda que celebrar siempre, como es justo, la Ley Universal.

Cleantes gustaba de expresar sus enseñanzas de un modo muy simple y elegante, y con frecuencia en poemas o escenificando con imágenes. Cuando le preguntan qué es el bien, responde en los versos siguientes:

¿Preguntas qué es el bien? Escucha, pues.
Ordenado, justo, santo, piadoso,
Dueño de sí mismo, provechoso, bello, necesario,
Austero, franco, siempre conveniente,
Sin miedo ni aflicción, ventajoso, exento de dolor,
Útil, agradable, seguro, querido,
Honrado, (grato), acorde,
Glorioso, modesto, diligente, benigno, solícito,
Duradero, irreprochable, siempre perseverante

En otros poemas escenifica el eterno diálogo y combate entre Razón y Placer, dentro del alma humana:

Razón: ¿Qué es lo que quieres que haga, Pasión? Dímelo.
Pasión: Que hagas, oh Razón, todo cuanto deseo.
Razón: Hablas como un rey. Dilo, sin embargo, de nuevo.
Pasión: Que todo aquello a lo que aspiro, así tal cual se realice

El mismo Séneca, como después Epícteto se inspiraría en los versos de Cleantes y en la obediencia que muestra al Destino: Condúceme, oh Padre, y señor del excelso polo a donde te plazca; que no habrá demora en mí en obedecerte. Estaré presente sin pereza. Y si haces que no quiera, te seguiré llorando, y sufriré, como malo, lo que podría sufrir como bueno. Los hados conducen al que quiere, arrastran al que no quiere.

Y es que sencilla y poderosa es la cosmovisión estoica. Dos principios, el uno activo, La Fuerza o Tensión, que es Dios (el Logos); y el otro pasivo, la materia primera e invisible, sin cualidades. Una filosofía que tiene reminiscencias de la filosofía samkhya hindú, con sus principios de Purusha (Pensamiento Divino o Espiritu) y Prakriti (Materia en estado puro, incondicionada).

Hermias, en Burla de los Filósofos Paganos expone el pensamiento de Cleantes:

“Cleantes, empero, mientras del pozo saca la cabeza, se burla de tu doctrina y llega, por su parte, a los verdaderos principios: Dios y la materia. La tierra se convierte en agua; el agua en aire; el aire es llevado; el fuego ocupa la región que rodea a la tierra; el alma se difunde por todo el universo, y nosotros, al participar de ella, resultamos seres animados”

Cleantes rigió con gran fuerza y benevolencia la Escuela Estoica, durante unos treinta años y arraigó firmemente en las conciencias de los atenienses lo que su Maestro Zenón había sembrado con tanta prodigalidad. Casi centenario, habiéndosele detectado una inflamación o un tumor en uno de los labios, los médicos le recomendaron un ayuno de varios días, pero él comprendió que su hora había llegado, y que desde lo invisible los Dioses le animaban a despojarse ya de su envoltura terrena. Dejó de comer y beber hasta que murió.

Dice Diógenes Laercio que “escribió muy bellos libros”, de los que conservamos sólo, los títulos: Sobre el tiempo, Sobre la Filosofía natural de Zenón, Exégesis de los escritos de Heráclito, Sobre la sensación, Sobre el arte, Contra Demócrito, Contra Aristarco, Contra Hérilo, Sobre el Impulso, Arqueología, Sobre los dioses, Sobre los gigantes, Sobre el himeneo, Sobre el poeta, Sobre los deberes, Sobre la cordura, Sobre la gratitud, Exhortatorio, Sobre las virtudes, Sobre la buena índole, Sobre Gorgipo, Sobre la envidia, Sobre el amor, Sobre la libertad, Arte amatoria, Sobre el honor, Sobre la gloria, Político, Sobre la decisión, Sobre las leyes, Sobre el juzgar, Sobre la conducción, Sobre el discurso, Sobre el fin, Sobre lo bello, Sobre la acción, Sobre la ciencia, Sobre el reino, Sobre la amistad, Sobre el banquete, Sobre que la virtud es la misma en el varón y en la mujer, Sobre que el sabio habla como los sofistas, Sobre las necesidades usuales, Diatribas, Sobre el placer, Sobre las expresiones propias, Sobre las expresiones ambiguas, Sobre la dialéctica, Sobre los tropos, Sobre los predicados.

Discípulo de Cleantes es Crisipo, el verdadero constructor del edificio del pensamiento estoico. Nace en Soloi, o quizás en Tarso, en torno al año 280 a. C. y muere en el 210. Es considerado como el segundo fundador de la Stoa. Los historiadores antiguos decían que de no haber existido Crisipo, no habría subsistido la Escuela Estoica. Hizo de esta Escuela de Filosofía la más importante de Atenas. Su dialéctica, sutil y penetrante combatió el escepticismo o probabilismo en que había caído la llamada Nueva Academia, dirigida por Arcesilao, que se dedicaba a refutar toda opinión propuesta, dejando el juicio en una suspensión que sólo las almas grandes y humildes pueden hacer fértil. Por este combate dialéctico y por sus victorias llamaron a Crisipo, “el cuchillo que corta los lazos académicos”. Pero no sólo dedicó su dialéctica a combatir sino también a construir y delimitar toda la estructura racional del estoicismo, escribiendo para ello más de 700 obras, de las cuales Diógenes Laercio menciona los títulos de 119 tratados de carácter lógico y 43 de ética. La enseñanza estoica asume un carácter dogmático y racional, usando la lógica como una muralla de contención y como un sostén de su filosofía de la naturaleza –física- y de su ética.

Mencionamos los títulos de algunas obras de este filósofo, del que afirmaron sus contemporáneos si entre los Dioses hay dialéctica no debe ser distinta de la de Crisipo:

De las investigaciones del filósofo, De definiciones dialécticas, Sobre los términos de la dialéctica, Arte dialéctica, De los argumentos persuasivos, Sobre las proposiciones, Sobre la copulativa, Sobre las negativas, Sobre las proposiciones no simples, Sobre las categoréuticas, Sobre lo dicho según la privación, Sobre las proposiciones indefinidas, Sobre la diferencia de las indefinidas, Sobre lo dicho según los tiempos, Sobre las proposiciones en perfecto, sobre la disyuntiva verdadera, Sobre la condicional verdadera, Elección, Contra “Sobre los consecuentes”, Sobre los argumentos por medio de tres, Sobre los posibles, Contra “Sobre los significados” de Filón, Sobre cuáles son las proposiciones falsas, Sobre las órdenes, Sobre la interrogación, Sobre la pregunta, Resumen sobre la interrogación y la pregunta, Resumen sobre la respuesta, Sobre la investigación, Sobre la respuesta, Sobre los predicados, Sobre los predicados rectos y supinos, Sobre los predicados completos, A Pásilo, sobre los predicados, Sobre los cinco casos, Sobre las expresiones definidas según el sujeto, Sobre la connotación, Sobre los nombres comunes, Sobre las expresiones singulares y plurales, Sobre las palabras, Sobre la anomalía en las palabras, Sobre los sorites referidos a las expresiones, Sobre los solecismos, Sobre las expresiones que son solecismos, Discursos contra el uso común, La palabra, Sobre los elementos del discurso y los enunciados, Sobre el orden de los enunciados, Sobre el orden y los elementos de los enunciados, Sobre los elementos del discurso, sobre lo que se dice por referencia a otra cosa, Contra los que no hacen distinciones, Sobre las ambigüedades, Sobre las ambigüedades en las premisas mayores, Sobre la ambigüedad de la implicación en la premisa mayor, Contra el “Sobre las ambigüedades” de Pantoides, Sobre la introducción a la ambigüedad, Resumen de las ambigüedades dirigidas a Epicrates, Materiales reunidos para la introducción a las ambigüedades, Arte de 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Los siguientes regentes de esta Escuela dan inicio a lo que se ha llamado Estoicismo Medio, el injerto de la filosofía estoica en Roma: Zenón de Tarso; luego Diógenes de Babilonia, enviado como embajador de Atenas a Roma; Antipater de Tarso, y discípulo de éste, Panecio (185- 112) otro de los pilares de la Stoa.

(continua en La Filosofía Estoica II)

José Carlos Fernández


[1] El emperador Marco Aurelio

[2] El título es Crates y desgraciadamente está perdido.

[3] Cita sobre Zenón por Estobeo en su Florilegio, 43, 88

[4] Este Zenón es otro distinto del que estamos hablando, es Zenón de Elea, discípulo de Parménides, conocido por sus paradojas del movimiento: la tortuga y Aquiles, la flecha que nunca llega al blanco, etc, paradojas aun no resueltas claramente en este momento.

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