Historia

La emperatriz Isabel de Portugal y el caballero que se convirtió en santo

 

Isabel de Portugal, emperatriz de España.
Isabel de Portugal, emperatriz de España.

¡La Reina Isabel había muerto! La dulce amada de Carlos V, Regente de España en su ausencia, emperatriz –la única nacida en Portugal- por hallarse con él desposado, con sólo 36 años y ejemplo de reina, de esposa y de madre, había fallecido: en Toledo, y cuando tanto el emperador como el príncipe Felipe II se hallaban en Madrid. Un dolor sordo dejó exhausto a Carlos V, que apenas si era capaz de pronunciar palabra. Un dolor laceró el corazón de sus súbditos y de todo el pueblo, pues todos amaban con ternura a esta infanta de Portugal, considerada  unánimemente como una de las mujeres más bellas de su tiempo[1]. Trece años, desde el 1526 al 1539 había vivido doña Isabel en España como Emperatriz y Reina consorte. Dieciséis ciudades se habían disputado durante este tiempo el albergarla entre sus muros y ser sede de su Casa y Corte.[2]

El triste deceso fue el día 1 de mayo al mediodía, y después de las honras fúnebres, las de una Reina, se puso en marcha por orden del Emperador la comitiva que iba a acompañar sus restos mortales hasta Granada, para ser depositados en la Capilla Real, al pie del sepulcro de la Reina Católica, su egregia abuela[3]. El Emperador, desolado no iría a seguir esta procesión[4]. No iba a escandalizar al cielo y a la tierra con su dolor como había hecho su madre Juana de Castilla, siguiendo, enloquecida, el cadáver de su marido durante un año. Carlos V se refugió en el Monasterio Jerónimo de la Sisla, aislándose en él durante más de un mes.

La conversión del caballero Francisco de Borja (Moreno Carbonero, Museo del Prado)
La conversión del caballero Francisco de Borja (Moreno Carbonero, Museo del Prado)

Quien sí estaba presente era don Francisco de Borja, Duque de Gandía y Marqués de Lombay[5], que tuvo que descubrir y reconocer el cadáver de su Reina[6]. Después de tantos días de viaje por la estepa castellana y Andalucía, casi en verano, y como consecuencia, seguro, del tipo de enfermedad padecida, el cuerpo se debía hallar en un avanzado estado de descomposición. Francisco de Borja quedó conmocionado: la belleza y dulzuras de su Señora y Dama, ¿en qué se habían convertido? en una masa infecta de hedor y de ponzoña. Él debía estar ya preparado psicológicamente en sus meditaciones con lo que iba a encontrar, pero desearía quizás contemplar, una vez más, una última vez la imagen corpórea de sus devociones y cortesías… y estaba obligado a ello, pues ésta era una de sus misiones ante el Emperador: certificar que se entregaban a sepultura, en la Capilla Real de Granada, los restos mortales de la Reina.

Y aun así, quedó vivamente impresionado, hasta el punto de jurar abandonar el mundo y su vanagloria para entregarse del todo a Dios, si sobrevivía a su esposa. No poco tuvo que ver en esta decisión, además del escenario y la pujanza de su propia alma, el discurso fúnebre que pronunció el beato Juan de Ávila, uno de los oradores sagrados más elocuentes de la historia de España. Así, el caballero renunciaba al mundo, con esta máxima que convertiría en lema de vida: “no servir a señor que se me pueda morir”. Y el celo que aplicó en servir a su Rey, sería dedicado ahora en servir a Dios, Rey de Reyes. Después de la muerte de su esposa, en 1546, que acabó de desligarlo del mundo, entró en la Compañía de Jesús, en la que llegó a ser superior general, distinguiéndose, ante todo, por su profunda humildad, dando un gran impulso a las misiones. Murió en Roma el 1 de octubre de 1572 y fue canonizado en 1671, celebrándose su fiesta el 3 de Octubre.

El Romanticismo literario va a inspirarse en esta escena histórica, tan emotiva, para recrear los sucesos. Varios autores atribuyen a Francisco de Borja un amor platónico a la Reina Isabel de Portugal, lo que da mayor crudeza al reconocimiento del cadáver. El Duque de Rivas, Ramón de Campoamor y Pedro Antonio de Alarcón rehacen la historia que converge en tan sugestiva escena. La historia se convierte en mito, nimbado de los bellísimos colores que le otorga su carga emocional.

La obra que escribe el Duque de Rivas es un romance histórico titulado “El solemne desengaño”. En él Francisco de Borja siente una pasión arrebatadora por la Emperatriz, que le arrebata la salud. Su único confidente es Garcilaso de la Vega, que en una de las noches que vela al enfermo de amor, cuando le deja, aparece una figura embozada que saliendo silenciosamente de un tapiz, llega a su cabecera, le toca la frente y suspira, desapareciendo por una puerta secreta, como la imagen de uno de sus sueños o desvaríos. El médico del Emperador, Villalobos, receta al duque de Gandía un cambio de ambiente para recuperar la salud, y marcha con Carlos V a las campañas de Italia. Volviendo después de la guerra a Toledo, vela a la reina durante su enfermedad, sin apartarse de la antecámara, y refugiándose en la catedral de esta ciudad cuando siente ya su fin. Con el mismo dramatismo emocional pinta el cortejo fúnebre y el reconocimiento del cadáver cuando hace su entrega en Granada. Al ver a su amada convertida en carne infecta, queda impávido, inmóvil y cae desmayado, pronunciando las palabras ya mencionadas que convertirá en lema de vida.

La obra de Campoamor se llama, “Amores en la luna”, es un pequeño poema y disertación filosófica sobre “amores imposibles”. Dice que los amores imposibles sólo pueden vivir en la Luna, viven con la vida de los hombres, en sus ensueños y anhelos, y mueren sin llegar a realizarse. Aquí es la Emperatriz quien se consume de amor por el duque de Gandía, alimenta y renuncia a un tiempo a este amor imposible manteniéndose, eso sí digna y fiel al Emperador todos los días de su vida[7].

Pedro Antonio de Alarcón escribe sobre este romance imaginado y amor platónico (del que de tan platónico, si es que lo fue, no se tiene ninguna constancia ni comentario de la época) en algunas páginas de sus Historietas Nacionales. Aprovecha el encuentro[8] que tuvieron, Francisco de Borja y Carlos V, ambos figuras próceres[9] en el Monasterio de Yuste, en el año 1556. Carlos V ya retirado de la tempestad política y militar de casi medio siglo; y el antiguo duque de Gandía (había renunciado a su título en pro de su hijo Carlos) convertido en sacerdote jesuita. El escritor dice que el motivo de la entrevista era el cargo de conciencia del jesuita que le exige confesar al emperador el amor que tuvo por la emperatriz y pedirle humildemente perdón. Diciendo, en su descargo, que Isabel de Portugal jamás supo nada de esta oculta pasión.

Hace no más de medio siglo[10] refiere María del Carmen Mazarío[11] todavía en algunos rincones de España  jugaban las niñas al corro cantando este romance, en la música “monótona y siempre fresca” de las endechas populares: 

Yo soy Francisco de Borja
aquel Duque de Gandía
aquel que Grande de España
me llamaron un día.
 
¡Ay de mí, mas ay de mí!
las grandezas de este mundo
las pone la muerte fin.
 
Fue abrir Cortes a Toledo
Carlos V, de quien fui
muy amado y muy querido,
me llevó consigo a mí.
 
¡Ay de mí, mas ay de mí!
qué felices Cortes fueron
donde aprendí a bien vivir.
 
Estando en Cortes murió
aquel dorado jazmín,
aquella hermosa princesa,
Isabel la Emperatriz.
 
¡Ay de mí, mas ay de mí!
Que hasta a las hermosas Reinas
les pone la muerte fin.
 
Entre los Grandes contado para ir a Granada fui
a llevar este cadáver
que tiene sepulcro allí.
 
¡Ay de mí, mas ay de mí!
que ayer ésta me mandaba
y hoy está sujeta a mí.
 
Luego al llegar a Granada
se descubren y piden si
era el cuerpo de la Reina
el que yo entregaba allí.
 
¡Ay de mí, mas ay de mí!
que al ver la horrenda figura
no supe lo que decir.
 
Con esto todo mudado
para Toledo partí
donde llegado dí cuenta
al Rey de lo que allí ví.
 
¡Ay de mí, mas ay de mí!
las delicias de este mundo
no son nada para mí.
 
Renuncié todas las pompas
y todo vano lucir
para pensar solamente
que una vez se ha de morir.
 
¡Ay de mí, mas ay de mí!
que si en morir se pensara
sería el mundo feliz.
 
Para llorar mis pecados
la Compañía elegí
como puerto más seguro
para lograr fin feliz.
 
¡Ay de mí, mas ay de mí!
que las delicias del mundo
se acabaron para mí.
 
¡Oh dichosa soledad!,
¡oh dichoso quien te ama!
¡oh dichoso quien te busca!
¡oh dichoso quien te abraza!
 
¡Ay de mí, mas ay de mí!
que a las riquezas del mundo
les pone la muerte fin.
 
Adiós, pues, mundo engañoso,
adiós quien te va siguiendo,
adiós contentos y gustos,
adiós locos devaneos.
 
¡Ay de mí, mas ay de mí!
que si a ti yo no renuncio
no puedo a Cristo seguir. 

No es por casualidad, entonces, que cuando en 1916, el gobierno español decidió celebrar el tercer centenario de la muerte de Cervantes[12], elevando un monumento[13] no sólo a este escritor, sino a la Hispanidad que representa, eligió la figura de Isabel de Portugal como reina y señora.

En los jardines de la Plaza España de Madrid, la efigie entronizada del autor del Quijote, Rinconete y Cortadillo y tantas otras obras inmortales, sonríe amable desde las alturas. A sus pies, los personajes de su pluma que mejor representan el carácter español: idealismo y sentido común, Don Quijote y Sancho Panza. El caballero de la Triste Figura alza el brazo, no sabemos si saludando al viajero o abriéndose paso entre las tinieblas del mundo de los sentidos, oscuro y gris, para no perder la visión mágica de su Ideal.

Del otro lado de este bello monumento – uno de los últimos realizados en el siglo XX en Madrid que no quiebran nuestros nervios con sus extravagancias, sus burlas, o directamente con su ofensa a la sensibilidad y a la belleza–  Isabel de Portugal, también entronizada mira calmamente el bullicio de nuestra capital. La Emperatriz, inmóvil en piedra, bellísima –como ninguna otra reina de España- y digna, lee un libro. Aunque en las guías de Madrid de Internet[14] explican que la estatua es una alegoría de la Literatura, es evidente que quien esto dice no recuerda el bellísimo retrato que hizo Ticiano de la Emperatriz: ya que es idéntico en posición, vestuario y rasgos de la cara. A sus pies y desde el escudo de España, mana el agua de una fuente bañando al deslizarse en la piedra, los escudos de cada uno de los países en que se habla la lengua española. Símbolo de la madre patria, la sangre de Hispania[15] fecunda derramada por todo el orbe y haciendo nacer tantos países nuevos. Está flanqueada por dos estatuas, alegorías –se dice- de la virtus guerrera y el idealismo espiritual, que bien podría evocar las dos caras de San Francisco de Borja como caballero, primero, en la guerra de Italia y después como monje, en sus rigurosos ascetismo y místicos anhelos, y siempre a los pies de su dama y señora, en la tierra y en el cielo.

Es ella, es Isabel de Portugal, una dulce brisa del reino lusitano en los jardines del alma de España, a quien el mismo Emperador educó en el arte de gobernar y confió la Regencia de estas tierras y pueblos, más fieros que los suyos y de horizontes más dilatados. La infanta de Portugal, hija de Manuel el Afortunado[16], el monarca más rico de la Cristiandad de aquel siglo. Una joya en la corona de la misma historia de España, con su dulzura, prudencia y voluntad de hierro.

Bien sabía el poeta y dramaturgo portugués, Gil de Vicente, qué joya llevaba España en este regio matrimonio. El rey Manuel el Afortunado mandó al poeta escribir una obra teatral destinada a ser representada como despedida en la frontera lusa, cuando princesa y cortejo se adentraran en lo desconocido de una tierra y lengua nueva. El drama o “auto de la fiesta” lleva el título de “Templo de Apolo” y en él un coro de romeros canta a la belleza de la joven princesa que se convierte en Emperatriz: 

Por Dios bien anduvo Castilla
pues tiene Reina tan bella,
Muy bien anduvo Castilla
y todos los Castellanos,
pues tiene Reina tan bella
Señora de los Romanos.
Por Dios bien anduvo Castilla
con toda su España,
pues tiene Reina tan bella
Emperatriz de Alemania.
Muy bien anduvo Castilla,
Navarra y Aragón,
pues tiene Reina tan bella
y duquesa de Milán.
Por Dios bien anduvo Castilla
y Sicilia también,
pues tiene Reina tan bella
condesa de Jerusalén.
Muy bien anduvo Castilla,
y a Navarra no le pesa,
pues tiene Reina tan bella
y de Flandes es duquesa.
Por Dios bien anduvo Castilla,
Nápoles y su frontera,
pues tiene reina tan bella
Francia su prisionera. 

Y en el Templo de Apolo -en esta obra el Dios del Sol y la Luz ha abolido las leyes de un tiempo viejo y proclamado las suyas- entran todas las virtudes que son siervas del Imperio, las que desea Gil de Vicente al joven matrimonio. Entran por parejas El Mundo y la Flor de la Gentileza, el Poderoso Vencimiento y la virtuosa Fama, el Cetro Omnipotente y la Prudente Gravedad, el Tiempo Glorioso y la Honesta Sabiduría, que hacen ante Apolo una oración en que piden para los Emperadores, lo que sus propios nombres significan[17].

No sabía Gil de Vicente que tanto el Emperador Carlos V como el duque de Gandia, Francisco de Borja iban a abdicar de la luz del mundo y sus resplandecientes dones. El primero para retirarse a la vida contemplativa y serena en su retiro de Yuste. El otro para sumergirse en la oscuridad de su propio sacrificio y servir, ya no a los poderes del mundo y sus juegos de luces y sombras, sino a la Voluntad misma que gobierna el Universo y que clama desde la cámara más interna del corazón, en que está crucificada. No quería servir más a quien pudiera morir. El culto y devoción como caballero y cortesano a su Reina y Señora, Isabel de Portugal, sería, no sustituido, sino llevado a la raíz, transmutado silenciosamente en el servicio al Rey de Reyes y a la Gran Madre, el siempre Eterno Femenino, a quienes los cristianos llamaron Dios Nuestro Señor y Virgen de los Cielos[18].

 

José Carlos Fernández

Lisboa, 20 de Enero de 2009

 


 

[1] Tal  como describe uno de sus biógrafos, María del Carmen Mazarío Coleto, en la obra Isabel de Portugal, Emperatriz y Reina de España, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid 1951:

Pocas figuras femeninas hay en nuestra Historia que hayan despertado una tan universal simpatía como la de doña Isabel de Portugal, esposa única de Carlos I de España y V de Alemania, y por ello, Emperatriz y Reina. Desde el magnífico retrato que de ella pintó Tiziano, con la majestad de su porte, la finura de sus líneas y la expresión dulce y vaga de sus ojos color de avellana, ha ido conquistando la Emperatriz para sí la admiración y la simpatía más ferviente. Y más adelante, en la Introducción de esta obra: …un cuerpo no tan pleno de salud como de hermosura, un alma bien dotada de Dios, y un espíritu hecho de fortaleza y de dulzura.

[2] Parafraseando a la autora mencionada, pag. 72

[3] De ella y de Carlos V, ambos eran primos hermanos.

[4] Que pasó por Orgaz, por Yébenes a Malagón, el Viso, Baeza, ciudad que le dispensó un gran recibimiento, y Jaén, llegando por fin a Granada (Obra citada,pag. 189)

[5] Por la obra de María del Carmen Mazarío nos enteramos de muchos detalles del sepelio. Estuvieron presentes en este acto solemne, además del ya mencionado: Fray Juan de Toledo, Cardenal Obispo de Burgos; Don Diego Pacheco, Marqués de Villena; Don Gaspar Dávalos, Arzobispo de Granada; don Luis Hurtado de Mendoza, Marqués de Mondéjar y Conde de Tendilla; el Obispo de Osma, Capellán Mayor de la Emperatriz…, don Fadrique de Portugal, don Jorge de Melo, Rui Gómez da Silva, el doctor Francisco de Peñas, el Licenciado Francisco de Montalvo…

Describe también la autora la rivalidad en Granada sobre quién llevaría a hombros el féretro en esta ciudad, en la que permanecería hasta que el monarca Felipe II decidió su traslado a El Escorial en el año 1574.

[6] El reconocimiento fue realizado por el futuro San Francisco de Borja y también por el obispo de Burgos, el marqués de Villena y el obispo de Osma, después del cuál el cuerpo de la Emperatriz se dio por entregado. Tal y como está descrito en el Auto original del depósito que hizo en la Casa Real de Granada del cuerpo de la Emperatriz nuestra Señora que sea en gloria. En el Leg. 150, fol. 12, Patronato Eclesiástico, en Simancas (citado en Isabel de Portugal…pag. 191) 

[7] Citado en la obra “Isabel…” pag. 234

[8] Este encuentro sí es histórico. Manuel Fernández Álvarez en su obra ciclópea Carlos V: el César y el Hombre dice: “En cuanto a San Francisco de Borja, todo contribuía para que Carlos V disfrutara con su compañía, ya que era un viejo conocido, como caballero que había sido de su Corte, desde los tiempos en que vivía la Emperatriz. La estrecha vinculación del santo a la casa imperial se probó cuando fue el encargado de acompañar el cuerpo de la Emperatriz desde Toledo hasta su enterramiento en Granada. También debía ser notoria la admiración por aquella mujer que tenía enamorada a toda la Corte, desde el Emperador hasta el último de los pajes, y bien conocida es la leyenda de la forma en que su muerte afectó al futuro santo, llevándole a dejar el mundo. De forma que si con Zuñiga departía gustoso el César sobre sus hechos de armas, con San Francisco de Borja –aparte de los asuntos de Estado- gustaba de hablar sobre temas espirituales. Hacía años –en 1542- que ambos se habían hecho la confidencia de su hastío del mundo. Carlos V veía a quien, como él, había sabido despreciar las galas cortesanas. En aquel terreno, ambos habían hecho una promesa y ambos la habían cumplido. Fue a San Francisco a quien el Emperador confesó sus escrúpulos por haber caído en el pecado de vanidad, si tal se podía llamar por haber escrito sus Memorias”. (Pag. 826,  Espasa Calpe, 18ª edición)

[9] Es una verdadera de Edad de Oro para España. Piensen, que pertenecen a esta generación, y coinciden en encuentros, conversaciones, enfrentamientos, un buen número de personajes que iban a cambiar la Historia del mundo, tanto en su dimensión política de hechos concretos como en la del pensamiento y el espíritu: San Ignacio de Lozoya, San Pedro de Alcántara, el orador Juan de Avila, Fray Luis de Granada, Santa Teresa de Jesús, Fray Luis de León… además, claro, de los ya mencionados Carlos V y San Francisco de Borja, verdaderos gigantes en acción y en voluntad espiritual. Un siglo después, la nostalgia de la España de aquel tiempo es la que daría origen a la llamada Edad de Oro literaria. Generalmente las Edades de Oro literarias son precedidas de Edades de Oro en lo político y espiritual, como sucedió tras la caída del Califato Omeya, el momento de mayor esplendor del Islam en España, que originó durante casi dos siglos toda una pléyade de escritores, poetas, filósofos, etc…

[10] Antes que la televisión invadiera la intimidad de nuestros hogares incluso en la más lejana y apartada aldea, asesinando la sana y alegre transmisión de nuestra cultura popular.

[11] Isabel de Portugal…, pag. 235 y ss.

[12] A quien podemos dedicar los versos que para él cantó Rubén Darío en su poesía sonora y como de cristal: 

Horas de pesadumbre y de tristeza

pasa mi soledad. Pero Cervantes

es buen amigo. Endulza mis instantes

ásperos, y reposa mi cabeza.

Él es la vida y la naturaleza,

regala un yelmo de oros y diamantes

a mis sueños errantes.

Es para mí: suspira, ríe y reza.

Cristiano y amoroso y caballero,

parla como un arroyo cristalino.

¡Así le admiro y le quiero,

viendo cómo el destino

hace que regocije al mundo entero

la tristeza inmortal de ser divino! 

Soneto a Cervantes 

[13] Dicho monumento fue realizado finalmente en 1929, según proyecto presentado por el arquitecto Rafael Martinez Zapatero y el escultor Lorenzo Coullaut Valera. El arquitecto Pedro Muguruza colaboró en la ejecución e hizo algunas variaciones como suprimir una victoria Alada en lo alto, ornatos y balaustradas.

[14] En todo Internet no encontré una sola referencia que diga que este personaje de uno de los monumentos más emblemáticos de Madrid, y de España es la Emperatriz Isabel de Portugal. La mayor parte de los artículos directamente no dicen quien es, otros dicen que se trata de Isabel la Católica (¡!!), y en otro estudio fotográfico e iconográfico de cada una de las figuras del monumento dice que es una representación alegórica de la literatura -¡claro, porque está leyendo un libro, un razonamiento puramente aristotélico.

[15] Los versos de Rubén Darío en la Salutación del Optimista son: “Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,/ espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!”

[16] Aunque disponemos de muy pocas noticias de los primeros años de la Infanta en la corte de Portugal la obra Retratos e elogios de varoes e donas dice que “obtuvo con distinción entre todos sus hermanos la estima de su padre y los mayores extremos de su amor” y que desde los catorce años, cuando murió su madre, el Rey, que sabía de su prudencia y buen gobierno, puso para ella Casa y la nombró Señora de la ciudad de Viseu y de la villa de Torres Vedras (Isabel de Portugal… pag. 18 y 19)

[17] Isabel de Portugal, …pag. 215 y ss.

[18] Y a quien el poeta portugués Fernando Pessoa rinde culto en sus poemas como “Noche antiquísima y eterna” en la voz de su heterónimo Álvaro de Campos: Ven noche antiquísima e idéntica, / Noche Reina nacida destronada, / Noche igual por dentro al silencio, Noche/ con las estrellas lentejuelas rápidas/ en tu vestido orlado de Infinito.

4 thoughts on “La emperatriz Isabel de Portugal y el caballero que se convirtió en santo”

  1. Concuerdo que no hay duda de que es Isabel de Portugal, basada en el cuadro de Tiziano. La pregunta es por qué está ella allí? No es un anacronismo, al haber nacido Cervantes años después de la muerte de Isabel? Qué mensaje quería transmitir el escultor?

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