Simbolismo

Cristianismo esotérico en el Comentario al Apocalipsis del Beato de Liébana

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“Entendiendo lo invisible por medio de las cosas visibles, y por las criaturas conociendo al creador.” [1] 
Está en el Paraíso de mi Dios, donde las brisas infunden la vida, donde los misterios infunden virtud, donde la manzana del árbol de la vida proporciona eternidad incorruptible.”[2]

Quizás uno de los libros que más ha influido en el pensamiento occidental, durante más de dos mil años, haya sido el Apocalipsis atribuido al apóstol San Juan, el mismo que por sus características casi andróginas, por su juventud, gracia, pureza e inocencia confunde Dan Brown con María Magdalena en su obra tan leída El Código da Vinci. Pero es Juan, el discípulo de Jesús, el “escritor”, entre comillas, del más gnóstico y filosófico de los Evangelios. Los estudios astrológicos del cuadro de la Última Cena de Leonardo da Vinci -apoyándose en el lenguaje de los gestos y en la proximidad de unos y otros y en los rasgos fisiognómicos de los diferentes apóstoles- identifican a San Juan, junto a Cristo, con Venus y el signo de Libra, de ahí el porte tan femenino del joven místico a quien luego se atribuyó el Apocalipsis y el Evangelio de su nombre.

Esta obra, el Apocalipsis, tan enigmática -y de la que es tan difícil de encontrar a su verdadero autor, posiblemente un cristiano gnóstico y cabalista- ha sido comentada innúmeras veces, la mayor parte como un libro que revelando las palabras de Dios sobre el fin del mundo, precisaban la fecha y el orden de acontecimientos antes de dicho Día Final. Si somos realistas y no queremos olvidar la historia admitiremos que los cristianos esperaron, y esperan, el Día del Juicio Final en que resurgirán de sus tumbas los muertos; desde casi el mismo inicio de esta religión como tal: el tiránico reinado de Nerón, las diferentes invasiones bárbaras, las posteriores musulmanas, el año 6.000 desde el origen del Mundo según la Biblia interpretada literalmente (que coincide con el año 838 de nuestra Era), después con el fin del primer milenio, que tantas locuras colectivas provocó; y así sucesivamente hasta llegar al fin del segundo en que también tuvo su indudable protagonismo, con el desajuste informático que se pensó que iba a colapsar nuestro mundo, o el meteorito esperado y temido del film Armagedón y otros.

La mayor parte de los comentaristas interpretaron casi literalmente este libro, desde locos sin remedio hasta autoridades científicas como José Álvarez López, lo que prueba su poder magnético sobre las conciencias. Muchas Iglesias cristianas surgieron a su sombra y amparo y esperan una y otra vez, siempre de un modo fallido y atrasando sin ningún pudor las fechas, el Día fatal que les liberará… de la vergüenza de tener que dilatar siempre algunos años más su definitiva profecía. Y sin embargo, en la Edad Media, aunque también sucumbieron a la tentación de interpretarlo literalmente, insistieron en profundizar en su simbolismo y en cómo se reflejan sus imágenes y enseñanzas en procesos del alma humana, del alma de la Naturaleza y en la vida interior del aspirante a la Sabiduría y Majestad que Cristo representaba para ellos. Es así que en la Edad Media hallamos una floresta de símbolos, grabados tanto en la piedra como en pinturas que muestran las escenas de este Libro Santo (por la dimensión iniciática de sus enseñanzas), como una invitación continua a la reflexión y al examen de conciencia: para el pueblo con sus profecías sobre el fin del mundo, y penetrando los sabios en el laberinto de imágenes vivas para comprender mejor su propia alma y el Alma del Mundo.

El más extenso de los comentarios del Apocalipsis en la Alta Edad Media es el del llamado Beato de Liébana, Apocalipsis con ilustraciones a veces muy enigmáticas, un Apocalipsis “miniado por dedos de monje paciente”[3]. Un Apocalipsis en que se mezclan profecías “de facto” con interpretaciones simbólicas y numéricas abstrusas y alusiones de pura metafísica en que parece transcribir la milenaria Doctrina de los Misterios[4] y nos hacen pensar que el autor era un Iniciado en los mismos o si no, que dichas enseñanzas mistéricas no le eran completamente ajenas.

Por ejemplo, interpretando uno de los versos bíblicos de Isaías- y comentando así un fragmento del Apocalipsis- Mide el cielo con la mano y abarca la tierra con el pulgar, comienza a hacer una disertación sobre el Espacio como símbolo de lo divino, como la luz inmarcesible del Bien que rodea, penetra, sustenta y agita todo cuanto existe; que pensamos que ya no está hablando del Dios bíblico, el del Pentateuco sino de la idea profundamente filosófica de que la noción más perfecta para intentar imaginar qué es Dios, como Gran Padre o como Gran Madre, es el Espacio, matriz incondicionada de cuanto existe. Éste es el Dios de la sabiduría hermética, el mismo que San Bernardo de Claraval proclama cuando dice que es “Todo altura, toda largura y toda anchura”; nada que se pueda ligar a los caprichos personales del Jehová hebreo sino a la impersonal y maravillosamente viva y amable Luz del Logos, la Idea del Bien del pensamiento platónico. El Espacio como imagen de Dios, como “primitiva corporeidad de la unidad simple”, siendo la unidad de todas las unidades el principio que surge de la matriz de lo Absoluto y a ella vuelve. Examinemos el texto del Beato de Liébana, del siglo VIII d. C.

Midiendo el cielo con la palma de la mano y abarcando la tierra con un pulgar, manifiesta que él está por fuera y alrededor de todas cuantas cosas creó, puesto lo que se cierra dentro depende de quien lo encierra desde fuer [bella imagen para representar  la enseñanza del macrocosmos, Mundo o Dios y el microcosmos, Hombre, reflejándolo] Así pues, por la sede, donde se preside, se está dentro y arriba; por el pulgar con el que se abarca se alude al exterior y abajo; porque el mismo permanece dentro de todas las cosas, fuera de todas, por encima de todas, debajo de todas, y está por encima a causa de su poder y se halla debajo para sostenerlas. Está fuera a causa de su grandeza, y dentro por sutileza. Arriba gobernando, abajo sujetando, fuera rodeando y dentro penetrando. Y no es superior por una parte, por otra inferior, por una exterior y por otra interior, sino que, siendo todo uno y él mismo, sostiene en todas partes, presidiendo, preside sosteniendo, penetra rodeando, rodea penetrando. Así, quien desde arriba preside, desde abajo sostiene; quien está alrededor desde fuera, desde dentro lo llena todo; gobierna desde arriba sin turbación, sostiene desde abajo sin esfuerzo; penetra dentro sin consumir, rodea por fuera sin presionar. Y así, sin ocupar un lugar, es inferior y superior; sin tener extensión, es más grande; sin llegar al agotamiento es sutil[5]

¡Que semejante esta imagen de Dios al Ontos, al Ser del presocrático Parménides, que este filósofo de Elea representaba por una esfera perfecta!

Como siempre, si queremos entender el discurso del Beato de Liébana no podemos nunca olvidar que, del mismo modo que todos nosotros, es hijo de su tiempo. Pero siendo hijo de su tiempo, y condicionado, por tanto en su forma de pensar, lo enriquece y da un mensaje para la posteridad. Como diría el divino fundador de la Academia, la lira ha sido quebrada, pero la melodía que despertaron sus cuerdas es repetida de corazón en corazón. La matriz sutil en que se desarrolla la obra del Beato es la cultura visigoda, con San Isidoro como pilar y detrás los textos bíblicos y los Padres de la Iglesia. Y averiguamos en sus disquisiciones, especialmente las numéricas y las etimológicas, la obra del fundador de la Teología como disciplina, el herético Orígenes, el Gran Iniciado de los primeros siglos del Cristianismo. Expurgadas, claro, toda su doctrina de la reencarnación y de los ciclos de eternidad que atraviesan las almas en su progresivo perfeccionamiento[6]

Muy poco sabemos de la vida del Beato: que vivió en la segunda mitad del siglo VIII y quizás en los primeros años del siglo IX, y que es por tanto, contemporáneo de Carlomagno; que enseñó y ofició como presbítero en el monasterio de San Martín de Turieno (después llamado de Santo Toribio, el fundador de dicho monasterio)[7]; la polémica en que se vio envuelto al defender la heterodoxia de la herejía adopcionista[8] proclamada por el violento y astuto Elipando, obispo de Toledo y que obligó a que el mismo Carlomagno enviara obispos a combatir dicha herejía y convocara en el 794 en la ciudad de Frankfurt un gran Concilio en que se condenaba la herejía de Elipando; que fue considerado sabio y santo en vida y que el mismísimo Alcuino, el consejero de Carlomagno se proclama su discípulo; que escribió el Comentario del Apocalipsis en torno a los cuarenta años, en el 776 d. C; y que escribe para la liturgia del oficio en la fiesta de Santiago el himno O Dei Verbum, lo que va a significar no sólo la primera mención de la estancia del apóstol Santiago en España, sino el impulso ideológico definitivo para que este apóstol se convierta en Patrón de España e invocando su nombre, iniciar la Reconquista a gran escala[9]

El siglo en que vive el Beato de Liébana es, en el reino de los visigodos y de los francos, con la proclamación imperial de Carlomagno, la unificación de Europa hasta la Panonia y el florecimiento cultural impulsado por el centro de Tours, bajo la égida del diácono inglés, Alcuino (Albinus Flaccus de los textos medievales); una tentativa de salir del sueño, separatividad e ignorancia de los primeros cuatro siglos de la Alta Edad Media, los más pavorosos. Son tiempos duros en que se combate a muerte por ideas que nos hacen sonreír irónicamente, como la del adopcionismo o no. Tiempos en que un libro vale lo que tres vacas preñadas, y que un monasterio es considerado un foco de saber, si su magnífica biblioteca tiene 30 libros, y en que, como el milagro de San Fructuoso, es necesario, como el más necesario de los milagros, salvar los libros que son arrastrados por un río cuando se les quiere pasar de una orilla a otra en una acémila. Hispania ha sido invadida por los árabes, en lo que más que una conquista parece una marcha triunfal y de liberación de judíos e hispanorromanos del poder visigodo, es la Hispania que en pleno emirato omeya prepara una Edad de Oro e inolvidable con el califa Abderrahmán III, y su canto del cisne con el poder de Almanzor. Asturias es el foco de defensa visigodo y después de una serie de reyezuelos sin importancia[10] Alfonso II va a elevar, poderosa la bandera de la Reconquista, aliándose con Carlomagno.

Un tiempo en que un concilio de obispos es el acontecimiento cultural, religioso e ideológico más importante  de una época y en que aún no han aparecido en escena (faltan más de tres siglos) la Reforma de Clunny, el Cister o la Orden del Temple con sus poderosas corrientes de renovación y de forja de la “europeidad”. Un tiempo en que, basándose en el Apocalipsis, se calcula, una y otra vez, obsesivamente, cuando va a ser el fin del mundo, el Día del Juicio Final. Nuestro mismo Beato de Liébana, si es que es cierto lo que sobre él cuenta su enemigo Elipando de Toledo, va a caer en esa fascinación de letras, números y fechas, en las que cayó el mismísimo Newton cuando escribió tímidamente la fecha del Fin del Mundo (según la Biblia en el año 2.060)[11]

Y sin embargo es un tiempo en que aún no se cayó miserablemente en el literalismo[12], y no más, a la hora de leer los textos sagrados, literalismo que tanto dolor originaría en los siglos sucesivos, y aún hoy día, con el llamado “creacionismo”, que está secando los cerebros de medio mundo. La Biblia aún se lee simbólicamente, atendiendo a los números y etimologías de las palabras; y según el criterio extraído de la filosofía egipcia por Clemente de Alejandría y Orígenes, los creadores[13] y rectores de la formidable Escuela Catequética de Alejandría, tristemente olvidada en que se da una interpretación esotérica y filosófica del cristianismo (y donde realmente podemos decir que nace la Teología). Las tres formas que dice el Beato en que debemos leer las Escrituras Sagradas son las tres formas de lectura que aconsejaba Clemente de Alejandría de los jeroglíficos egipcios. Comentando el verso del apóstol: “Vosotros, cual piedras vivas construid el Templo de Dios”, dice[14] También las piedras preciosas representan a los confesores, los Apóstoles, los sacerdotes y todos los justos. Manda Moisés que estas piedras se ofrezcan para el Templo de Dios, para que nadie desespere de la salvación; uno ofrecía oro: el sentido espiritual, que es en la Iglesia el conocimiento místico; otro plata: la elocuencia, es decir el conocimiento tropológico o moral; otro la voz de bronce: es decir, el conocimiento histórico: primero que se entienda históricamente; segundo, figuradamente, y tercero místicamente. Históricamente según la letra, tropológicamente según el sentido moral, y tercero místicamente. Históricamente  según la letra, tropológicamente según el conocimiento moral, místicamente según la inteligencia espiritual. Por eso conviene en la Iglesia católica comprender la fe de tal manera, que debemos leer las Escrituras históricamente, interpretarlas moralmente y entenderlas espiritualmente.

Que es muy semejante a lo que recomienda a la gran hermética del siglo XIX, H. P. Blavatsky cuando dice que debemos separar claramente en las enseñanzas religiosas qué es histórico, qué alegórico o moral y qué místico o espiritual. La mezcla sin discernimiento de dichas verdades puede provocar los mayores errores y consecuencias tales, que sería mejor no tener Escrituras e intentar leer el Gran Libro de la Naturaleza, ese sí, sin añadidos espúreos, lo que no podemos decir de ningún otro libro religioso.

Puede parecer que hay contradicción entre lo que dice el Beato y lo que ahora afirmo, a saber, que además de interpretar la alegoría y entender la joya mística en ellas contenida hay que leer literalmente. Y no, no es así, a lo que se refiere es que hay que buscar la historia que oculta todo mito, como el grano de polvo que vela y embellece toda perla. Hay, si se tienen herramientas para ello, buscar la o las historias detrás del mito, y no literalmente. De hecho, el Beato de Liébana NO interpreta literalmente, cuando, por ejemplo, en el Apocalipsis menciona las Cartas a las Siete Iglesias. Y no sólo este pasaje, prácticamente el Apocalipsis de San Juan es interpretado en sus más ínfimos detalles de forma alegórica incluso cuando se quieren determinar hechos históricos, pasados o futuros. Como por ejemplo la búsqueda del Día del Juicio, que se hace analizando las letras de los nombres y convirtiéndolos en números. En general, el Comentario, verdaderamente extenso, y con los errores lógicos de su siglo, errores por lo demás intencionados o no; puede decirse que se trata del estudio más completo sobre Filosofía Esotérica y significado alegórico de la Biblia escrito hasta ahora. Y teniendo ciertas precauciones y sabiendo el significado esotérico de ciertos términos (como hicimos cuando traducimos a Cristo como el Logos que irradia su luz sobre el Alma de la Humanidad, etc.) el libro es una fuente de preciosas enseñanzas, de valiosísimos tesoros, aunque transcurridos más de mil doscientos años. Los dogmas, además, no estaban tan cristalizados como para que no se pudiera o pueda leer entre líneas. 

Esta Jerarquía o Pirámide de Luz que vela y protege la Humanidad, impulsándola en su camino hacia Dios, es la que en el Apocalipsis es representada por las estrellas en la mano de Dios, o por los siete candelabros[15], que simbolizan los Siete Rayos de Luz mística que sostienen las siete Iglesias (congregaciones de Discípulos, o también las Siete Ramas del Árbol de la Humanidad): Explica después también la visión que está narrando: el misterio de las siete estrellas  que has visto en mi mano derecha, y de los siete candeleros de oro, es éste: las siete estrellas son los siete ángeles de las siete Iglesias. Las estrellas colocadas en la mano derecha de Dios son las almas de los santos, o toda la congregación igualmente de los mismos bienaventurados, que existieron y que van a existir hasta la consumación del mundo. Igualmente también los siete candeleros son la única y verdadera Iglesia, establecida en la semana de este mundo, que dijimos está fortalecida por la fe en la Trinidad (el Triple Logos Platónico) y confirmada por el sacramento del misterio celestial (la Iniciación).

La semana de este mundo es el mundo regido por los siete planetas pues cada uno de ellos ejerce su influencia en uno de los días de la semana; y significa también las siete etapas por las que tiene que pasar todo aquello que evoluciona en el mundo. Lo que llamamos siete Humanidades, y la Doctrina Secreta de H.P.B. llama Siete Globos, Siete Rondas, Siete Cadenas… Y también expresa (manifestando desde lo infinitamente grande a lo infinitamente pequeño el misterio del número Siete, número perfecto según el Beato de Liebana[16]) la división de la vida humana en setenas, tal como afirman Shakespeare y el folklore popular.

Cristo es el representante de Dios para liberar a la Humanidad, lo que significa que es el Sol de Justicia o Rey del Mundo. Su simbolismo es por tanto es el del mismo Sol (el alma del Sol), y los Apóstoles son los Doce Signos del Zodiaco[17] (con idéntico significado, por tanto, que las Doce Tribus de Israel). Así Cristo, para el Beato, es la misma esencia espiritual o condición celeste del alma humana. Toda alma humana, independientemente que se sea, cristiano, católicos[18] o no, budista, ateo, pitagórico, zoroastriano, judío o musulmán, hinduista, jaino o sij, etc., mientras no pierda su humanidad (esa virtud de bondad natural y relación de hermandad de unos seres humanos con otros, el Ren, que Confucio declara como el pilar de la moral y sostenedor, por tanto, del alma humana como tal, y que en griego es llamado Chrestos[19]) está ungida (ése es el significado de Cristo, el ungido) por la luz divina. Cristo, como el Buda de los textos del Mahayana, el Avalokiteshvara del Tibet, o el Atma-Budhi de las tradiciones teosóficas, representa el Sol del alma humana, el Sol interior, en el hombre en particular y en la humanidad en general. Por eso el Beato dice que no hay realidad humana sobre la tierra cuya naturaleza no haya asumido Cristo[20], una perspectiva filosófica y por tanto, no sectárea del misterio de Cristo[21]:

Este significado de Cristo como Sol de Justicia, como Luz en el alma humana, es decir, su condición celeste[22] queda explícito en un texto del Comentario al Apocalipsis en que analiza el significado y simbolismo del “pozo”, el mundo. Pues en la Roma antigua el mundus era un pozo en el que se depositaban inmundicias[23] de un modo ritual. Dice:

El pozo es lo profundo de la tierra, donde el sol nunca envía sus rayos, porque por su profundidad no puede recibir la luz del día. El pozo, el antro, la cueva, la caverna de la tierra, todo esto es lo mismo, pues son los hombres que caminan en las tinieblas de este mundo, donde el sol de justicia, Cristo, no difunde su luz. Porque están en lo profundo, es decir, porque persiguen las riquezas terrenas, se les oculta la luz de la justicia.[24]

Este es el verdadero significado del infierno, como explica Platón en el Mito de Er, donde dicho Er, liberado del cuerpo –temporalmente- observa el proceso de encarnación de las almas en el mundo de los sentidos –lo que llamamos nacer-  y dice que es como sumergirse en un pozo a oscuras. Añade Platón que los seres humanos no vivimos en la superficie de la Tierra, sino en su interior[25] y éste es el verdadero significado de “infierno”, la vida del alma a oscuras, en la tierra, en la matriz de la ignorancia, que es la vida examinada desde los sentidos corporales, el escenario de injusticias de este mundo, de arbitrariedades, de casualidades terribles de las que desconocemos la causa, de placer y dolor, íntimamente asociados, de encuentros y separaciones, de trabajos penosos para elevar lo que otra vez va a caer ruinoso en el barro del mundo; víctimas del miedo, de la angustia, de las enfermedades, y, lo peor de todo, de nuestra propia ceguera que nos confunde y nos hace errar una y otra vez, sabiendo que es inexcusable asumir las consecuencias de dichos errores. Esta vida, y no otra es el infierno Y éste es su significado etimológico, “aquello que está en lo más bajo”, el pozo, de la vida en la tierra y del mundo. Una de las mejores descripciones de la vida y penalidades en este infierno que es el drama de vivir atados a la ceguera del mundo de los sentidos, ha sido dada, como siempre, por el genial Shakespeare en su obra Medida por Medida. En ella, el rey, disfrazado de un clérigo se esfuerza por enseñar a morir a un condenado a la pena capital:

Apegaos resueltamente a la muerte; lo que os está destinado será lo más dulce, sea la vida, sea la muerte. Razonad así con la vida: Si te pierdo, pierdo una cosa que sólo los locos querrían guardar; no eres más que un soplo, expuesto a todas las influencias del aire que, hora por hora, deterioran esa vivienda en que habitas; para hablar con propiedad, no eres sino el juguete de la muerte, pues buscas siempre el evitarla por la huida y, sin embargo, corres siempre delante de ella. No eres noble, porque todas las voluptuosidades que son patrimonio tuyo se nutren de bajezas. Estás lejos de ser valiente, pues temes la punta tierna y floja de un pobre gusano. Lo que tienes de mejor en ti es el sueño, y a menudo le provocas; sin embargo, temes groseramente la muerte, que no es otra cosa que un sueño. Tú no eres tú misma, pues tu existencia resulta de millares de granos que salen del polvo. No eres dichosa, porque lo que no tienes te esfuerzas en adquirirlo, y lo que posees lo olvidas. No eres constante, pues tu complexión, según las fases de la Luna, sufre extrañas alteraciones. Si eres rica, eres pobre; pues, parecida a un asno cuyo lomo se dobla bajo el peso de los lingotes, no llevas tus pesadas riquezas sino en un sólo viaje y la muerte te descarga de ellas. No tienes amigos, pues el fruto de tus propias entrañas que te llama padre, la simple efusión de tus lomos, maldice la gota, la lepra y el catarro, porque no acaban contigo con demasiada prisa. No tienes ni juventud ni vejez, sino que no eres, por decirlo así, más que un sueño de siesta después de haber comido, acosado por ensueños de esas dos edades; pues toda tu feliz juventud se pasa en hacerse vieja y en solicitar las limosnas de la paralítica vejez; y cuando al fin eres vieja y rica, no tienes ya calor, ni sentimiento, ni fuerza, ni belleza, para hacer tus riquezas agradables. Qué queda aún de esto que lleva el nombre de vida? Otras mil formas de muerte están todavía ocultas en esta vida, y, sin embargo, tememos la muerte, que da el finiquito a todas esas miserias[26].

Grandes tesoros hallamos en la lectura y reflexión del Comentario al Apocalipsis del Beato de Liébana, y no es posible mencionar ni siquiera una breve muestra en este breve artículo que lo que quiere es insinuar y mostrar, y no demostrar.

Destacaremos algunos ejemplos en esta galería de imágenes vivas y llenas de significado que son las páginas de este libro, y que me llamaron especialmente la atención:

1-      Los tres caballos buenos de Apocalipsis, que son tres: el blanco, es decir, el candor del bautismo; el negro, es decir, el luto de la penitencia; el tercero es rojo, porque es la pasión del martirio. Estos tres son uno sólo y su jinete es Cristo; y que aparecen genialmente esculpidos en el Museo de la Catedral de Santiago de Compostela y atribuidos al Maestro Mateo. Y que son las etapas de la Alquimia, la transmutación interior del hombre guiado por la luz divina (Cristo) que encarna finalmente en la Piedra Filosofal. El negro de la putrefacción y descomposición del hombre viejo, el blanco de la purificación, la conversión de la psique y la mente en un espejo divino, como lo es la luna en el cielo; el rojo del fuego, el incendio del alma que se eleva hacia su Señor, derramando luz y calor y transformando todo aquello que toca.

2-      La relación del Anticristo con el número 11, número consagrado a Hades, rey de los muertos (junto con el 2) en la religión griega y romana; y a Rudra-Siva, el Dios de la renovación por medio de la destrucción de las formas gastadas e inútiles ya.

3-      La interesante y profunda descripción que hace de Cristo como avatara, según la doctrina hindú de las encarnaciones divinas[27], cómo el Logos se hace carne.

4-      O la descripción del Arca de Noé, que es, dice, un símbolo de la Humanidad (Iglesia), el Arca Mágica con todos los prototipos o arquetipos que, a la manera de semillas mágicas, serán sembradas en una nueva tierra, para dar nacimiento a una nueva Humanidad. No desconoce que la palabra Noé significa en hebreo, “descanso”, luego el Arca de Noe es el Arca del Descanso en que las Mónadas que vitalizan la Naturaleza (y que incluye, claro las Almas humanas, pero no sólo, también las animales, vegetales y minerales, y muchas otras de otras líneas evolutivas) descansan de un escenario evolutivo para pasar al siguiente. El mismo significado que tiene en la mitología y filosofía de la India, el Manú Simiente, que lleva las semillas de la Humanidad a través de las Aguas del Pralaya (extinción) de un ciclo de manifestación (Manvántara, “periodo entre Manús”, literalmente) al siguiente. La descripción de ese Arca asemeja también la figura de una pirámide: como es el arca de Noé, así es la Iglesia también. El arca en las partes inferiores fue amplia, y en las más altas estrecha.

5-      La explicación de Cristo (el Logos, aquí) como el Alfa y el Omega, el principio y el fin. Dice que la palabra “paloma”, en griego peristera, es, sumando todas sus letras, ochocientos, que es el valor de la letra omega. Además, dice, en griego, tanto el alfa como el omega se forman con tres líneas iguales, en triángulo como alfa y separadas como omega.

Como buen filósofo que es, para el Beato de Liébana cielo e infierno son estados del alma, estados de conciencia y no lugares de premio o castigo. Cielo e infierno existen simultáneamente en el corazón humano, el primero es su alma y el segundo su naturaleza de tierra y agua, o sea, de barro: Se cierra el cielo cuando las palabras de la predicación se estrellan contra un corazón duro.[28], y la naturaleza de Dios es la raíz de la propia conciencia: El resplandor de Dios es contemplar todas las cosas.

Genial, también la descripción de los grados que elevan a lo Divino, en que la superior de las etapas, la cima de lo humano es la sabiduría: por ello el verdadero creyente en Dios es el enamorado de la sabiduría, el filósofo: Pues en nuestra alma, el primer peldaño de la subida es el temor de Dios; el segundo es la piedad; el tercero la ciencia; el cuarto la fortaleza; el quinto el consejo; el sexto el entendimiento; el séptimo la sabiduría[29].

En fin que, como dice el Beato de Liébana, Apocalipsis significa revelación, da a entender que existen cosas escondidas de secreto sentido[30]; quizás debamos pensar que el Apocalipsis no se refiere a lo que vendrá, sino aquello que está detrás y no vemos, a las verdades que sin saberlo rigen la existencia del alma, es decir, de nosotros mismos y del Alma de la Naturaleza[31]. No es el futuro, siempre incierto el que describen sus “profecías”, sino las verdades de un presente que no muda y que por tanto es pasado y es futuro. El Apocalipsis es un tratado gnóstico como pocos a la hora de expresar las ocultas verdades de lo permanente, aquellas a donde apuntan nuestras inquietudes más auténticas. Y el modo de expresarlo es haciendo que el lector se adentre en una galería de símbolos vivos, no siempre fáciles de leer, y en la que la función del Beato, como la de Virgilio en la Divina Comedia, es guiarnos a través de sus imágenes. Y usando la terminología cristiana del siglo VIII d. C., y como maestro paciente y bondadoso, pero también lleno de vigor, ponernos cara a cara con ese espejo mágico donde todo se transforma y asume su verdadero significado, nuestra propia alma. 

José Carlos Fernández

Lisboa, 7 de Enero del 2009 


[1] Beato de Liébana, Obras Completas y Complementarias Vol I Comentario al Apocalipsis. Himno “O Dei Verbum”. Apologético. Editorial Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2004. Pag. 165

[2] Obra citada, pag. 189

[3] Verso genial del poeta mexicano Amado Nervo (1870-1919) en su poema inmortal Los Cuatro Coroneles de la Reina.

[4] Algunas de las explicaciones, hechas las adaptaciones terminológicas e interpretaciones simbólicas nos recuerdan, casi literalmente, a la Doctrina Secreta de H.P. Blavatsky.

[5] Comentario al Apocalipsis. Pag. 75.

[6] De sus más de mil obras escritas (algunas, como Contra Celso tan extensas como la Ilíada y la Odisea juntas), quemadas en el Concilio de Constantinopla II, -convocado por el emperador Justiniano, en el año 553- es muy, muy poco lo que resta salvo, milagrosamente, la obra mencionada. Pero de estos fragmentos y de los comentarios de Padres de la Iglesia para quienes la obra de Orígenes era el corpus doctrinario de su tiempo –el mismo San Gregorio Magno, por ejemplo-, sabemos que su teoría de la reencarnación y de la metempsicosis a través de Eones en la Eternidad es muy semejante a la expuesta por H.P. Blavatsky en su Doctrina Secreta (en el volumen de Cosmogénesis) sobre Globos, Rondas, Cadenas: las diferentes hipóstasis que atraviesan las almas en su camino hacia el Logos en la serie de ciclos de tiempo casi infinito. El alma evoluciona progresivamente en ellos asumiendo forma mineral, vegetal, animal, humana y después angélica y divina. Antes, por lo tanto de dicho Concilio de Constantinopla la reencarnación era doctrinaria en gran parte de la Iglesia. Es casi seguro que a través de fragmentos conservados en secreto de obras de Orígenes y sus comentadores, nuestro Beato de Liébana la conociese, pero no pudiera de ningún modo mencionarla, sino veladamente por ser un tema tabú y punido con la expulsión de la Iglesia (en el más misericordioso de los casos)

[7] En Liébana, desde época inmemorial, se rinde culto al Beato llamándole San Beato y su fiesta es celebrada el 19 de febrero

[8] Lo que pretendía dicha herejía, que se extendió por toda España y por el reino franco, es que Cristo, en cuanto hombre, debe ser considerado un hijo adoptivo de Dios, lo que genera cierta confusión sobre la persona única de Cristo. No hay que olvidar que para el Beato de Liébana, Cristo es más un Hombre Celeste (a la manera de un Adam Kadmón cabalístico) o el arquetipo espiritual de la Humanidad, o incluso el Logos, el Sol, como veremos, más que una persona de carne y hueso. Un Cristo casi gnóstico, como Rey de Justicia o Rey del Mundo (el Cristo Pantocrator del Románico), un Cristo sin historia personal, como el de San Pablo, como no sea dicha historia una sucesión alegórica de escenas en que Cristo es el Sol interior, el Hombre Nuevo que crece en el pecho del Iniciado. Para profundizar en esta idea, recomiendo la lectura del artículo “La Prueba del Iniciado Sol” de H.P. Blavatsky en su volumen V de la Doctrina Secreta (en la edición en castellano).

El Cristo del Beato es el que simboliza, es, Luz, Camino, Vida, tiene que ver, por tanto, con la Llama Interior, con el Ser Divino que mora en el corazón humano, con la raíz espiritual del alma de cuanto vive, con el Hombre Nuevo: Pues no es de gran mérito que se nos haga algo en lo externo de nuestro cuerpo, sino que hay que pensar qué se realiza dentro de nuestra alma. Pues despreciar el mundo presente, no amar lo transitorio, humillar el alma interiormente ante Dios y el prójimo, sufrir con paciencia las injurias padecidas y, practicando la paciencia, rechazar del corazón el dolor de la malicia, distribuir bienes a los necesitados, no desear los bienes ajenos, amar al amigo en Dios, y por Dios amar a los que son enemigos, llorar con las penas del prójimo, no alegrarse de la muerte del que es enemigo: esto es ser la nueva criatura, que demanda el mismo maestro de los gentiles a otros también discípulos, con mirada vigilante, cuando dice: el que está en Cristo es una nueva criatura; pasó lo viejo, todo es nuevo. A estos sin duda se les da el maná oculto; a estos se les manda alargar la mano hacia el árbol de la vida, que está en el Paraíso de Dios, es decir, la cruz de Cristo en la Iglesia [Es claro, del sentido de los textos del Beato de Liébana, que la Iglesia representa la Humanidad, y la cruz de Cristo la Jerarquía Espiritual, crucificada voluntariamente en el karma de dicha Humanidad: todas las almas liberadas de las ataduras de la carne que han asumido, bajo la dirección del Logos (Cristo Cósmico) el sufrimiento humano, durante millones de años, según las doctrinas esotéricas: son los Nirmanakayas del Budismo Mahayana, la comunidad de los Santos del Cristianismo, etc.] A estos se les dijo: el que crea en mí, de su seno correrán ríos de agua viva. Estos son los miembros de los Apóstoles, que con Cristo como cabeza, es decir, bajo la guía de Jesús, entran en los reinos celestiales de la Promesa [Ingresan en la Pirámide de Luz que vela por la Humanidad, vivificándola]  Al hombre viejo pertenece buscar el mundo presente, amar con concupiscencia lo transitorio, elevar el alma en la soberbia, no tener paciencia, pensar del daño del prójimo con el dolor de la malicia, no dar de sus bienes a los pobres, desear lo ajeno para aumentar los bienes propios, no amar a ninguno por Dios, devolver enemistades a los enemigos, alegrarse del sufrimiento del prójimo: todas estas cosas son las cosas viejas del hombre, que provienen de la raíz de la corrupción, a estos no se les da el maná oculto, porque no encontraron el camino, Cristo. Mas a su Iglesia le dice: me manifestaré a él. [Pag 216 y 217]

[9] Sólo después de este impulso ideológico de mitopoiesis, -o sea, de creación, cristalización y vivificación de un símbolo y de una alegoría como “historia sagrada” que sirva de motor psicológico durante todo un ciclo histórico, el de la Reconquista, un símbolo que catalice toda la emotividad nacional en torno a la idea de España- la más difícil de las artes y de las taumaturgias, según el poeta Fernando Pessoa; es cuando se descubrió, “casualmente” la tumba del “apóstol” en Santiago en un ya milenario centro de peregrinación prerromano. Este impulso, antes de ser descubierta la tumba de Santiago, fue dado por Alcuino, el discípulo del Beato. Alcuino escribió un poema dedicado a Santiago en donde se glosa la llegada del apóstol a España. Sin el ambiente psicológico en “sintonía” poca repercusión habría tenido tal descubrimiento, que habría sido negado, sin más.

[10] El último de los cuales es el usurpador Mauregato, a quien tuvo que servir El Beato de Liébana.

[11] Ver Newton, profeta y alquimista, varios autores, editorial Ésquilo 2008

[12] El mismo de “la letra mata y el espíritu vivifica”

[13] También llamada Didaskalión, fundada en realidad por Panteno en el año 180 d.C., fueron, sin embargo, y a continuación, Clemente de Alejandría y Orígenes sus verdaderos impulsores.

[14] Idem, pag. 217

[15] El candelero es cada uno de los hombres (pag. 113), pues cada hombre pertenece a uno de estos Siete Rayos.

[16] En el número 13 está toda plenitud, dice (pag. 113)

[17] Refiriéndose a los Apóstoles, dice: Estas son las doce horas del día, que son iluminadas por el Sol, que es Cristo. Estos son las doce puertas de la Jerusalén celeste, por las que entramos a la vida bienaventurada.

[18] Nos recuerda el Beato que “católica” significa “universal”, etimológicamente, “según la totalidad”, o sea, que abarca a todos los seres humanos, su propia condición, y no sólo a aquellos que creen en ella o fueron bautizados; sino a los que, por el hecho de ser hombres, han sido “ungidos”, bautizados, con la luz divina, y representan un espejo del Cosmos en su plenitud, el microcosmos del Macrocosmos. Pensar, como lo hace el catecismo católico, que alguien o algo puede estar apartado eternamente de la gracia divina, o sea, sin posibilidad de redención, es simplemente abominable. Tan abominable como pensar que se puede pasar de una eternidad de gracia a una de sufrimiento por un error en el último momento; tal como expresa el dramaturgo Tirso de Molina en Condenado por desconfiado. Es evidente que no debe ser lo mismo morir con el alma en paz y llena de gracia divina, que con el alma cerrada y  a oscuras, atormentada; pero que una causa generada en la confusión de un minuto pueda producir consecuencias infinitas e irreparables y que no exista en el alma de la naturaleza un mecanismo de compensación, el Karma de los hindúes, es desde todo punto de vista inaceptable y contradice el más elemental espíritu de justicia.

La relación de Cristo con la “unción” no se le escapa, no, al Beato de Liébana: Cristo es llamado así por el crisma, es decir, unción. Estaba ordenado a los judíos que hicieran un ungüento sagrado, con los que pudieran ser ungidos los que eran llamados al sacerdocio o a la dignidad real (es decir, simbólicamente, los que eran Iniciados en los Misterios y se convertían así en “sacerdotes del Uno” en la tierra y en “reyes de sí mismos”). Y así como un manto de púrpura es la señal de dignidad real, así para ellos la unción sagrada confería nombre y potestad real. De aquí que Cristo venga de Crisma, que significa unción (…). También la Iglesia, hecha espiritual, aplicó el nombre al Señor, porque fue ungido por Dios Padre con el Espíritu Santo (…) no con óleo visible, sino con el don de la gracia, que se significa en el ungüento visible. Pues Cristo no es el nombre propio del Salvador (Sother), sino la designación común de potestad.

[19] Una demostración pormenorizada de esta etimología la hallará el lector en el artículo de H.P.Blavatsky: El carácter esotérico de los evangelios, en inglés en la dirección de internet www.blavatskynet.com y en español en el libro Estudios sobre Ocultismo de H.P. Blavatsky, Editorial Nueva Acrópolis, 1989

[20] Comentario al Apocalipsis, pag. 91

[21] Cuando el Beato dice en el Comentarioque todos los santos, mientras viven en este mundo, son una sola cosa, forman una sola alma y un solo corazón en el amor de Cristo, y la Iglesia es una; cómo puede haber alma tan simple y mente tan estrecha que piense que esos “santos” son los que siguen una creencia determinada y no las almas nobles, sabias, justas e iluminadas. No importando dónde, cómo y en qué religión hayan sido educadas, pero que han despertado la luz mística en su interior y la siguen en su camino hacia Dios, cumpliendo Su voluntad, voluntad que es absurdo creer pertenece al monopolio de alguna de las religiones vigentes. La voluntad divina en el hombre es la que impulsa la historia, y no la que permite que se estanquen las aguas de vida, aguas de vida que al pudrirse, atraen todo tipo de gérmenes de locura; la Voluntad divina es el motor de la Vida Una, y no piedras en los engranajes de la Maquina del Mundo.

[22] Platón decía que somos Dioses y lo hemos olvidado.

[23] La misma palabra inmundicia designa aquello que se halla descomponiéndose en el pozo del mundus.

[24] Comentario …Pag. 161

[25] Como explica H.P.B. la verdadera superficie de la Tierra, su “piel” son los siete estratos de la atmósfera, equivalentes a las siete capas que tiene la piel humana. Nosotros viviríamos, por tanto, en el interior de la Tierra, seríamos, “intraterrestres” por morada y “extraterrestres” por nuestro origen pues nuestra alma, siendo inmortal, es decir, eterna, existía antes que naciese la Tierra. Para ella la Tierra es un escenario de evolución, no el primero ni tampoco el último.

[26] Acto III Escena I. Pag. 457, en la Edición XVI de la Editorial Aguilar, traducción de Luis Astrana Marín.

[27] Comentario, pag. 77

[28] Idem, pag. 45

[29] Idem, pag. 623

[30] Idem, pag. 71

[31] En el artículo, Elementos simbólicos en la obra del Beato, de L.G. Freeman que en la introducción al Comentario…, pag XLV; muy acertadamente se dice: Según Beato, el mensaje de cada parte del Apocalipsis es válido para todos los tiempos. Cada sección es una alegoría histórica, una narración simbólica de acontecimientos que, en intervalos temporales diferentes, han ocurrido, están ocurriendo en el presente, y van a ocurrir en el futuro. En un plano alegórico más abstracto, el orden histórico preciso de los sucesos es indiferente: la historia simbólica narrada en un capítulo determinado del Apocalipsis no tiene que por qué ser cronológica, y normalmente no lo es.

De todos modos, la interpretación más profunda y cabalista gnóstica de esta obra es, según la opinión de quien esto escribe, la dada en sus charlas a sus discípulos por el Maestro Omraam Mikhael Aïvanhov, y compiladas en el libro La Ciudad Celeste, Comentarios del Apocalipsis, editorial Prosveta.

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