Literatura

Florbela Espanca y la verdadera religión

La poetisa Florbela Espanca
La poetisa Florbela Espanca

“Las almas de los poetas están todas ellas hechas de luz, como las de los astros, no ofuscan, iluminan”

 

Ecos lejanos de ondas… de universos…
Ecos de un mundo… de un distante más allá
¡De donde traje la magia de mis versos! 
¡Mi alma es el túmulo profundo
Donde duermen, sonriendo, los dioses muertos!

Un día como hoy, 8 de diciembre, en que celebramos el LXXXII Aniversario de la muerte de Florbela Espanca, la mayor poetisa de la lengua portuguesa, debemos reflexionar, en su homenaje, acerca de ciertas cuestiones sobre su alma, poesía y vida interior. Intentando poner luz y enfrentar ciertas acusaciones e infamias lanzadas como barro sobre su justo mérito y memoria.

Decían los filósofos persas que cuando un héroe o alma genial termina su obra en el mundo, ésta, vinculada mágicamente a su nombre y recuerdo, recorre en una órbita elíptica el mundo de modo que cuando se cumple el aniversario de su “muerte” es cuando su estela luminosa se halla de nuevo más cerca de nosotros, irradiando más poderosamente su benévolo influjo. Es como si tal día sus palabras, músicas, versos o gestas heroicas  estuviesen más vivas, más vibrantes  y dejasen así más profunda huella en el alma.

El día de la muerte del personaje histórico es, por tanto, el del nacimiento de la obra de su vida. La obra ha sido terminada y posee vida propia derramando durante siglos, milenios o aún más su luz y calor, como un sol vigoroso o como una estrella en lo alto. Florbela nació y murió el mismo día 8 de diciembre, día de la Virgen Inmaculada y su vida  fue juzgada severa e injustamente, por hacer gala de una  gran libertad interior y coraje. El coraje que todos admiran y tantos  desean y temen al mismo tiempo. Sus varios maridos y amantes confirman en ella  la búsqueda insaciable de un amor que nunca podía colmar su medida, y de una entrega total incapaz de convertirse, en quienes amaba, en frutos de verdadera ternura: tal fue su desgarrada y desgraciada vida. El que se suicidara, quizás más en ella un acto de coraje que de cobardía, la señaló con el estigma de Caín, de la soberbia que no se doblega ante los designios de la vida y el destino, por más duros que estos puedan ser. Con el estigma de las almas apartadas ya para siempre de la gracia y el perdón divino, ¡pavorosa sentencia!, tal y como proclama la última versión del catecismo cristiano, aunque después los intérpretes quieran edulcorarlo eufemísticamente afirmando que en verdad el cielo y el infierno son estados de conciencia, no lugares de premio y castigo. Y así el actual catecismo dice, sin temblar al hacerlo, que el infierno es: “Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la
comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno”” –
Del Catecismo Oficial de la Iglesia Católica 1033. 

“La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.” – Idem 1035. 

Sin embargo si ella sucumbió al frío y desolación de la vida fue porque estaba exhausta en la dura batalla, en la batalla mística o guerra interior que muy pocos se atreven ni a comenzar, dejando así que el alma muera en vida, y está viva, ahora sí, un verdadero infierno, aunque afortunadamente, sólo temporal.

El llamado Estado Nuevo, en Portugal por evidentes razones políticas y propagandistas la consideró persona “non grata”;  los académicos e intelectuales de Portugal, desde hace más de medio siglo la han ostracizado: Agustina Bessa Luis y Natalia Correia, por ejemplo, dirigieron palabras contra ella de una dureza y crueldad que sin duda el futuro no perdonará, máxime por hacerlo la primera en una biografía sobre la poetisa alentejana, y la segunda en el mismo prólogo de uno de los libros de cuentos de Florbela. Que el poeta Fernando Pessoa la llamase “alma gemela” poco les ha importado. Pero vox populi, vox Dei, y es el cielo y no los intelectuales ni las academias quienes ungen al genio y es el pueblo quien le otorga su corona, laureada de pura gratitud. Portugal adora a Florbela y cada vez más, los jóvenes enamorados leen sus poemas, como en los países de lengua hispana se lee, por ejemplo, a Becquer o a Pablo Neruda. Respecto a las acusaciones infamantes sobre su vida personal, hoy sabemos que su “pecado” fue quizás vivir medio siglo por delante de su tiempo y desafiar los tótems y tabúes de sus contemporáneos, máxime en una mujer, y peor en alguien sin linaje ni estatus social.

Si hay una aparente contradicción entre la profunda religiosidad de Florbela Espanca y su desafío a las normas imperantes de una religión con nombre y apellido, ésta se debe a la poca amplitud mental  de quienes la juzgaron y condenaron, cuando no a su hipocresía. Que aún, siendo la poetisa más leída de Portugal, no exista una Casa Museo donde se realicen exposiciones, obras de teatro y se muestren sus manuscritos y primeras ediciones, es, directamente vergonzoso e inaceptable. Máxime cuando Florbela es, algo sin precedentes en la historia de la literatura de Portugal, elevada -como Platón lo hiciera con Safo- a la categoría de Musa, se hace de ella un daimon, más Diosa que humana y se la convierte en la Dama del Alentejo, más genius loci que simplemente mortal.

Quizás deberíamos separar religión, con sus credos y rituales, y con toda la historia de errores y excesos, de la mística, que es la llama de eternidad que arde en el corazón humano, llama sin nombre ni forma que diferencia al ser humano del bruto. Como la Diosa Isis de los Mil Nombres, son infinitas las formas que la mística asume, tantas como lámparas en que su llama puede arder. Si la Diosa egipcia antes mencionada es el Alma de la Naturaleza y sus siete velos, la mística es la que permite penetrar en sus misterios. La mística es el alma de la religión, y por tanto, la religión sin mística se convierte en un cadáver que vampiriza a las sociedades y arruina la libre y natural tendencia del alma que busca la belleza, la justicia, el bien y la verdad. La verdadera religión sería la pura mística sin sombras, egoísmos, miedos ni prejuicios, sin opacidades ni velos que encubran su fulgor, como un diamante que deja pasar la luz de Dios y la refleja con sus mil irisaciones, sin detener la verdad de su ímpetu.

Sólo por ser poeta, verdadera poetisa, ya Florbela se adentra en los misterios de la verdadera religión, que es la del amor y la belleza y no la del odio y la exclusividad.  Como decían los sacerdotes druidas celtas, la poesía es la puerta de entrada a la verdadera religión, al Alma de la Naturaleza, y sólo un poeta, un místico puede decir, como Florbela “¡trata por tú a la más lejana estrella!”. Y es que para los druidas el poeta es quien comienza a caminar hacia Dios. Si perseverando, y sin dejar de ser poeta es capaz no ya sólo sentir, sino comprender las leyes de la naturaleza, que son los decretos de Dios, se convierte en Maestro; y si además dominándose a sí mismo puede operar, trabajar con estas leyes de la Naturaleza visible e invisible, se convierte en Mago, artífice de lo que para el vulgo son prodigios.

Qué bien sintió y vivió este misterio Florbela, cuando escribió:

¡Ser Poeta es ser más alto, es ser mayor
De lo que son los hombres! Morder como quien besa!
¡Es ser mendigo y dar como quien es
Rey del Reino de Más Acá y Más Allá del Dolor! 
¡Es tener de mil deseos el esplendor
Y no saber siquiera qué se desea!
¡Es tener aqui dentro un astro que flamea,
Y tener garras y alas de condor! 
¡Es tener hambre, es tener sed de Infinito!
Por yelmo, las mañanas de oro y de satén…
¡Es condensar el, mundo en un solo grito! 
Y es amarte así, perdidamente…
Es que seas alma y sangre y vida en mí
¡Y decirlo cantando a todo el mundo!

Si por ejemplo, analizamos uno sólo de sus libros de poemas, el de Páramo en Flor, su natural religiosidad nos sorprende. Escojamos así, algunas ideas de estos versos: 

1-      Religión es tener alas para elevarnos por encima de los lodazales de lo animal, de la vulgaridad. Religión es ser rey de sí mismo, ver con los ojos del Alma y no con los de los intereses (ser “princesa entre plebeyos”), saber que este es un sombrío pasaje, en un valle de dolor, de superación, de cada vez mayor pureza, para ir más allá. 

En Versos de Orgullo leemos: 

¡El mundo me quiere mal porque nadie
Tiene alas como yo las tengo! ¡Porque Dios
Me hizo nacer Princesa entre plebeyos
En una torre de orgullo y de desdén! 
¡Porque mi reino queda más allá!
¡Porque traigo en mi mirada el vasto cielo,
Y porque oros y resplandores son todos míos!
¡Porque Yo soy Yo y porque Yo soy Alguien! 
¡El mundo! ¡¿Qué es el mundo, oh amor mío?!
El jardín de mis versos, todo en flor,
La mies de tus besos, pan bendito, 
Mis éxtasis, mis sueños, mis cansancios…
Son tus brazos dentro de mis brazos:
¡Vía Láctea cerrando el Infinito!… 

2-      Aunque ella, intelectualmente, y después de haber leído tantos libros, y conociendo el poder opresor sobre las conciencias de las religiones como credos e cleros cerriles, se declarase agnóstica, si no atea; evidentemente no lo es . No cuando su alma sincera grita “Dios”, trágica y luminosamente. Y no como los hipócritas de todas las religiones, que cuando dicen Dios esconden con esta palabra sus más sucios egoísmos, en una farsa de la que no se atreven ya a salir.

Por ejemplo, en Rústica dice: 

Ser pura como el agua del aljibe,
Tener confianza en una vida eterna
Al descender a la “tierra de la verdade” 
¡Dios mío, dame esta calma, esta pobreza!
¡Doy por ellas mi trono de Princesa,
Y todos mis Reinos de Ansiedad! 

3-      La verdadera religión será aquella que nos otorgue los verdaderos tesoros, las riquezas del alma que no ceden ni pueden ser comprados con todas las riquezas del mundo ni por la fama y culto de los pueblos: Cuánta riqueza la de Florbela, qué religiosidad, por tanto, cuando dice: “Te doy lo que tengo: el astro que dormita, / el manto de los crepúsculos de la tarde, /El sol que es de oro, la onda que palpita.// Te doy conmigo el mundo que Dios hizo! /Y soy aquella de quien tienes saudade,/La Princesa del cuento: “Érase una vez…”

4-      Su religión es la de la Fiosofía,la que preguntando abre su corazón a los vientos del misterio y lo profundo, al alma de las respuestas aún sin nombre ni forma, que los egipcios llamaron Amón. Su religión es la de la Filosofía pues a nadie impone sus creencias ni quiere presumir que sabe lo que no sabe. Qué filosóficos, qué profundamente religiosos y bellos, bellos y religiosos, sus “Consejos a un Moribundo”, que en versos dice:

No tengas miedo, no! Tranquilamente,
Como se adormece la noche en el otoño,
Cierra tus ojos, simple, dulcemente,
Como, en la tarde, una paloma con sueño… 
Reclina la cabeza levemente
Y los brazos déjalos ir abandonados,
Como caen, ondeando, al sol poniente,
Las alas de una paloma con sueño… 
¿Qué hay después? ¿Después?… ¿El azul de los cielos?
¿Otro mundo? ¿La nada eterna? ¿Dios?
¿Un abismo? ¿Un castigo? ¿Un refugio? 
¿Qué importa? ¿Qué te importa, oh moribundo?
¡Sea lo que fuere, será mejor que el mundo!
¡Todo será mejor que esta vida!.. 

5- También es la religión de la Filosofía la búsqueda  permanente del Yo Profundo. No según una visión egoísta, ni egocéntrica, sino la del que quiere conocerse a sí mismo, porque sabe que dentro están todas las respuestas a todas las preguntas, y porque intuye que en el espejo del sí mismo, se mira el universo entero. Como en la historia del sabio humorista Nasrudín, es más fácil buscar la llave de la vida, fuera, donde sabes que no está, que dentro, donde está oscuro y uno debe enfrentarse a los monstruos creados por la propia fantasía o cristalización de nuestras ignorancias y miedos. Sólo el alma audaz se atreve a mirar hacia el abismo. 

YO
Hasta ahora no me conocía
Juzgaba que era Yo y no era
Aquella que en mis versos había descrito
Tan clara como la fuente y como el día. 
Pero que no era Yo no lo sabía
E, incluso aunque lo supiera, no lo había dicho…
Ojos fijos en rútila quimera
¡Andaba atrás de mí… y no me veía! 
Andaba buscándome –¡pobre loca!-
Y hallé mis ojos en tus ojos,
¡Y en mi boca sobre tu boca! 
Y este ansia de vivir, que nada calma,
¡Es la llama de tu alma que abrasa
Las apagadas cenizas de mi alma! 

Y en el poema, “Mi Mal” del libro Soror Saudade, dice: “Yo he leído dentro de mí, me sé de memoria/ Sé el nombre de mi extraño mal/ Yo sé que fui el emplomado de un vitral,/ Que fui ciprés, carabela, dolor””. O en el poema “Quién sabe”, de Páramo en Flor:  “¡Querría saber tanto porque soy Yo!/ ¿Quién me lanzó en este camino oscuro?/ ¡Querría saber tanto por qué aseguro/ en mis manos el bien que no es el mío!”

6- Su Religión, en su alma intuida y reflejada en sus versos, es la Religión Natural, que enseña como verdad lógica e irrebatible, que el alma no muere, y que por tanto, reencarna en su camino infinito de perfección. Y ella así lo enseña, es de forma alegórica o realmente presentida: 

RECUERDO
Fui Aquella que en las calles pidió limosna
Y fui la que habitó en Palacios Reales;
En el mármol de curvas ojivales
Fui Aquella que las manos pálidas posó. 
¡Tanto el poeta en versos me cantó!
Hilé el lino en la puerta de los casares…
Fui a descubrir la India y ¡nunca más
Volví! Fui ese navío que no volvió… 
Tengo el perfil moreno, lusitano,
Y los ojos verdes, del color verde del Océano,
Sirena que nació de navegantes… 
Todo en grises de brumas se diluye…
¡Ah, quien me concediera ser Aquellas que yo fui,
Las que recuerdo haber sido… antes! 

7-  Qué bien expresa Florbela el proceso de encarnación y endurecimiento del alma, que se cubre de polvo y ceniza, que se hiela y petrifica. La verdadera Religión es la que te hace recordar que en este mundo estamos desnudos y nos negamos a convertirnos en estatuas de sal. Religión es buscar la verdad, la belleza y la justicia, y no creer que han sido encontradas y poseídas indefinidamente, pues hasta el diamante puede convertirse, degradando, en carbón; es hacer el bien cada vez más y más sabiamente. Religión es ante todo, querer volver a Casa, la de nuestro Padre Celeste, como dice Jesucristo en los Evangelios. 

NOSTALGIA
En este País de leyenda, que me encanta,
Quedaron mis brocados, de los que me desnudé,
Y las joyas que entre las ayas repartí
¡Como otras rosas de Reina Santa! 
¡Tantos ópalos que yo tuve! ¡Tantos, tantos!
Fue allí que los sembré y que los perdí…
¡Muéstrenme ese País donde yo nací!
¡Muéstrenme el Reino de que soy Infanta! 
¡Oh mi País de sueño y de ansiedad,
No sé si esta quimera, que me maravilla,
Está hecha de mentira o de verdad! 
Quiero volver! No sé por donde vine…
¡Ah! ¡No ser más que la sombra de una sombra
Por entre tanta sombra igual a mí! 

8- La verdadera religión, como decía el filósofo, poeta y místico Ibn Arabí, es la religión del amor, y aunque ese amor sea al principio tumultuoso pues es ciego, desbordante como  el río de fuego de un volcán, no deja de ser amor, y antes o después encaminará sus pasos hacia lo alto, como una espada en llamas. Pues de un modo u otro, la entrega es generosidad, inegoísmo, y éste último es siempre espiritual. 

AMAR
¡Yo quiero amar, amar perdidamente!
Amar sólo por amar: Aquí… allí…
También a Éste y a Aquel, al Otro y a todo el mundo…
¡Amar! ¡Amar! ¡Y no amar a ninguno!
¿Recordar? ¿Olvidar? ¡Es indiferente!…
¿Prenderse o desligarse? ¿Está mal? ¿Está bien?
¡Quien diga que se puede amar a alguien
Durante la vida entera es porque miente! 
Hay una Primavera en cada vida:
Es preciso cantarla así florida,
¡Pues si Dios nos dio voz, fue para cantar! 
Y si un día he de ser polvo, ceniza y nada
Que sea mi noche una alborada,
Que me sepa perder… para encontrarme… 

9- La verdadera religión es el “camino del Fuego” (como se dice de Ra, el Sol Creador, en los himnos egipcios: “Su camino es el camino del Fuego y tras Él marchan los Ejércitos Celestes”), que se libera gritando, cantando y danzando del abrazo de la húmeda madera, de su prisión, de todo lo que lo empequeñece y limita, Y da así luz y calor al mundo. 

¡Más alto!, ¡si!, más alto, más allá
Del sueño, donde more el dolor de la vida,
¡Hasta salir de mí misma! ¡Ser la Perdida,
La que no se encuentra! ¡Aquella a quien 
El mundo conoce como Alguien!
¡Ser orgullo, ser águila en el ascenso,
Hasta llegar a ser, aturdida,
Aquella que soñó mi desdén! 
¡Más alto, sí! ¡Más alto! ¡La intangible!
¡Torre ebúrnea erguida en los espacios,
A la rutilante luz de un imposible! 
¡Más alto, sí! ¡Más alto! ¡Donde quepa
El mal de la vida dentro de mis brazos,
De mis divinos brazos de Mujer! 

Y es que si hablamos del Eterno Femenino,  como dijimos antes, la verdadera religión es la del Amor, la del Amparo, la Gruta mágica que protege la llama que arde, la que “abraza el mal de la vida”, y hace así dulce lo amargo, suave lo áspero y armoniosas las estridencias agudas e hirientes de la vida del mundo: Pues como decía Chopin, la vida es, en este mundo, una sucesión de ruidos que debemos convertir en música.

10- La verdadera religión es la que nos enseña que todo cuanto se acerca a nosotros, todo cuanto se cruza con nuestra existencia, como una línea corta a otra, es nuestro “hermano”, como dice Florbela en In Memoriam, en el mismo libro de Páramo en Flor: “El Sol, la tierra, la flor, el rocío tierno, de la pobreza el tristísimo flagelo, todo cuanto hay de vil, cuanto hay de bello, todo era nuestro hermano”. Y esta es la visión de Florbela, y aunque ella, desgarrada por el furor de la vida, reconozca que no es capaz de vivir así, pues ella es una poetisa, no una santa, ¡sí enseña con la magia de sus versos el camino de la perfección y de la verdadera libertad! 

IN MEMORIAM
A mi muerto querido
 
En la ciudad de Asís, “Il Poverello”
Santo, tres veces santo, anduvo predicando
Que el sol, la tierra, la flor, el rocío tierno,
De la pobreza el tristísimo flagelo, 
Todo cuanto hay de vil, cuanto hay de bello,
¡Todo era nuestro hermano! –Y así soñando,
Por los caminos de la Umbría fue forjando
¡De la cadena de amor, el mayor eslabón! 
“Mira, nuestro hermano Sol, nuestra hermana Agua…”
¡Ah, Poverello! En mí, esa lección
Se perdió como una vela en un mar de angustia 
¡Batida por furiosos vendavales!
-yo fui en la vida hermana de un sólo Hermano,
¡Y ya no soy hermana de nadie más! 

11- ¿Y no es el ser compasivo el alma de toda verdadera religión?: un corazón tierno, abierto a todos los dolores del mundo, y con ánimo de dar pan al hambriento, agua al sediento, y abrigo al desamparado. Y no es una oración, un salmo de piedad y compasión el siguiente poema de Páramo en Flor 

MI PIEDAD
Tengo pena de todo cuanto lucha
En este mundo, de todo cuanto siente,
De aquel a quien mintieron, de quien miente,
De los que andan con los pies descalzos por la vida, 
De la roca altiva, sobre el monte erguida,
Mirando a los cielos ignotos, frente a frente,
De los que no son iguales a otra gente,
¡Y de los que se quedan ensangrentados en la subida! 
Tengo pena de mí… pena de ti…
De no besar la risa de una estrella…
Pena de esa mala hora en que nací… 
De no tener alas para ir a ver el cielo…
De no ser Esta…, la Otra… y más Aquella…
De haber vivido y no haber sido Yo… 

Y no una piedad y compasión que sea ñoñería vana, sino la de a quien no le importa sangrar su alma con los espinos para así ofrecer las rosas: 

Soy yo! Soy yo! La que en las manos ansiosas
Prendió de la vida, como nadie lo hizo,
Los malos espinos ¡sin llegar a tocar las rosas!
(Del  poema Soy yo!, en Páramo en Flor) 

12- La verdadera Religión es puro panteísmo, pues el ego que es la raíz del conflicto, del deseo, de todo miedo y angustia, se disuelve y nos reencontramos tanto en la luz de la estrella como en la “gota de agua que ríe en la fuente”. 

PANTEÍSMO
Tarde abrasadora, ardiendo, sol de verano
Ciñendo, voluptuoso, el horizonte…
¡Siento que soy la luz y color, el ritmo y claridade
De un verso triunfal de Anacreonte! 
Me veo como ala en el aire, hierba en el suelo,
Me oigo como gota de agua riendo en la fuente,
Y la curva altiva de Marão
¡Es mi cuerpo transformado en monte! 
Y acostada de bruces en la tierra pienso y cavilo
Que, en este, mi ardiente panteísmo
Con mis sentidos puestos y absortos 
En las cosas luminosas de este mundo,
Mi alma es el túmulo profundo
¡Donde duermen, sonriendo, los dioses muertos! 

13- Religión verdadera es la que yergue las almas ante la pregunta y el misterio de lo que es la Vida: “Mi alma es como la piedra funeraria/ erguida en la montaña solitária/ interrogando la vibración de los cielos!” Y al elevarse sobre sí mismas colman la medida, abandonan la visión mundana para entrar en la dimensión en que como decía el Filósofo de la Academia, “somos Dioses pero lo hemos olvidado”. Florbela pronuncia, audaz: ¿El Amor de un hombre? Cuando lo que yo sueño es el Amor de un Dios”. 

14- La verdadera religión es la que enseña que la vida es un pasaje, y que están muertos los que carecen de Ideales: 

Están muertos los que nunca creyeron
Que esta vida es solamente un pasaje,
Una vereda sombría, un paisaje
En que nuestros sentidos se posaron. 
Están muertos los que nunca levantaron
De entre los escombros la torre de Homenaje
De sus sueños de orgullo y de coraje,
Y los que no rieron y los que no lloraron.
Que Dios haga de mí, cuando yo muera,
Cuando parta hacia el País de la Luz,
La sombra calma de un atardecer, 
Cayendo, en dulces pliegues de mortaja,
Sobre tu cuerpo heroico, puesto en cruz,
¡En la soledad de un campo de batalla! 

Pues la verdadera religión es puro idealismo, y todos los que han consagrado su vida a un Ideal  de Verdad y Bondad, de Justicia y Belleza, han recorrido, de un modo u otro el camino de la verdadera religión. Verdadera religión es la mística que se respira, por ejemplo, en El Señor de los Anillos, aunque no se hable de Dios, o en las obras de Shakespeare, donde la religión es amor y deber, es realeza y cortesía de almas.

Florbela embriagada de puro idealismo al escribir estos versos, nos deja un monumento digno de recordar, un código moral, un pequeño tratado de la verdadera religión cuando escribe: 

Abrir los ojos, buscar la luz,
Con el corazón erguido hacia lo alto, en llamas,
¡Que todo en este mundo se reduce
A ver los astros cintilando en el fango! 
Amar el sol de la gloria y la voz de la fama
¡Que en clamorosos gritos se traduce!
Con misericordia, amar a quien no nos ama,
¡Y dejar que nos claven en una cruz! 
Sobre un sueño deshecho erguir la torre
De otro sueño más alto y, si ese muere,
Otro más, y otro aún, ¡toda la vida! 
¿Qué importa que nos venzan desengaños,
Si podemos llegar a contar nuestros años,
Del mismo modo que los peldaños de un ascenso? 

José Carlos Fernández

Lisboa, diciembre 2012 

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