Filosofía

Maimónides y la vida del universo

 

 

Debes saber que este universo, considerado en su conjunto, constituye una sola individualidad, y nada más. La esfera del cielo supremo, con todo su contenido, es, a no dudarlo, un individuo.

El distintivo del filósofo es la visión de la unidad. Cuando mira a un ser humano no ve una suma de brazos, piernas, tejidos, etc., sino aquello que está detrás y usa brazos, piernas, estómago… Se relaciona con otros seres humanos y concibe en su imaginación la idea de Humanidad. Mira al cielo estrellado, mar sin orillas de luz e intuye que es la expresión o cuerpo de un Ser Vivo, de una Idea o Logos, sometido, como él mismo, a la ley. Para un filósofo, el análisis es la herramienta que precede a la síntesis o visión unificadora. La filosofía sería entonces el natural ejercicio del alma que, percibiendo las analogías en la naturaleza, entiende qué es lo que une lo grande y lo pequeño, lo cercano y lo lejano.

LUZ Y MOVIMIENTO

Para la filosofía tradicional y también para Maimónides, la sustancia madre del universo es la luz. Es la luz, por tanto, el seno donde se gesta la vida, entendiéndola como movimiento. Luz visible o invisible para el ojo humano, pero luz, en definitiva. Es la luz quien traspasa las fuerzas y tensiones de un lugar a otro del cosmos, tal y como la sangre en un organismo es quien transmite todas las sustancias químicas. Es la luz de las estrellas, o mejor, en las estrellas, dice Maimónides, quien despierta las virtualidades de los seres. Ya Aristóteles definió el movimiento como el traspaso de la potencia al acto. Pero es que para la filosofía tradicional y para la física moderna luz y movimiento son sinónimos.

Nos dice Maimónides que no hay en el Universo absolutamente ningún vacío: es un sólido pleno; por esto los antiguos alquimistas lo identificaron con una piedra cúbica, compacta. Todo se halla en movimiento, es uno de los principios o facetas de la Gran Naturaleza Una. Maimónides presenta la Vida como una alternancia del movimiento necesario y del violento. Esto, en una clave, se relaciona con lo que en la India han llamado Dharma y Karma. También Maimónides hace referencia al “lugar natural”; cada ser en la naturaleza tiene un lugar que le es propio, y donde se halla en resonancia perfecta con la vida, como la órbita de giro de un planeta; es su lugar, es su número. El movimiento circular trata de perpetuar esta posición sin perder el movimiento. El movimiento recto trata de llevar a los seres a su lugar natural, es la gravedad por la que se precipita la piedra al suelo o se eleva el fuego hacia el cielo.

Para Maimónides el Universo es un Ser Vivo, estructurado -dice- según el número cuatro; número que es la base sobre la que se asienta todo lo manifestado. Este número cuatro constituye para mí una base importante. Para Maimónides las fuerzas, las virtudes que mantienen la vida de todo lo que nace son cuatro, en relación con los elementos: la productora de los minerales, la del alma vegetativa, la del alma vital y la del alma racional. Las influencias que las estrellas vierten sobre el mundo sublunar -la Tierra, el hombre- son también de cuatro tipos. Toda la actividad de las distintas almas o elementos, dependen de las virtualidades de las distintas esferas celestes, pero las esferas a las que Maimónides se refiere no son las físicas, sino las figuradas: los antiguos llamaban a las estrellas figuras, y por figuras debe entenderse figuras geométricas. Cada figura geométrica tiene un poder vibratorio que le es propio y el giro de los astros respecto a la Tierra traza figuras geométricas. Figuras que se entrelazan, produciendo armonía o disonancias. Los antiguos pitagóricos decían que cada astro es un Número dotado de cuerpo. Maimónides atribuye a las estrellas no sólo los poderes de conservación y reproducción, sino incluso los de diferenciación de todos los seres.

EL UNIVERSO SEPTENARIO

Este número Cuatro es el asiento, lo estable de todo lo que vive. Pero se intuye al omnipresente Siete detrás, simbolizado por la pirámide de base cuadrada. Maimónides relaciona al número 3 con el Ángel o mensajero de la omnipotencia divina, ese mensajero, triángulo o “un tercio del universo” es quien comunica la irradiación de la unidad, sin límites, símbolo de Dios, con la Naturaleza (Cuatro). Y es que la estructura de la vida es septenaria. La vida es inapresable en su esencia última, como el heptágono, que no puede ser construido ni inscrito en el círculo por procedimientos geométricos (con regla y compás).

Es así que refiere este filósofo cordobés:

En algunos manuscritos he leído: ¿Cuántas gradas tenía la escala? Siete.

Tal y como El Uno creó al uno, la Vida del Universo es la que luego se expresa en las facultades de vida de las sustancias gaseosas (leamos “químicas”), minerales, vegetales, animales y en los seres humanos. Es la misma Vida que resuena en cada uno de sus átomos. Si debemos identificarla con la Luz o el Éter o qué relación tiene con ambas es algo que Maimónides no explica. Pero sí la Vida como una “electricidad” que crea, conserva, destruye, renovando así el ciclo: Existe en el conjunto del cosmos una potencia que enlaza unas partes con otras, preserva de la muerte a las especies y conserva asimismo a los individuos, en la medida de lo posible, manteniendo de igual modo una parte de los individuos del universo.

Esta Vida es, para Maimónides, Dios: Así, en el universo hay algo que rige el conjunto y pone en movimiento su órgano principal, al cual comunica su poder motor, de manera que sirva para gobernar a los demás; y si uno se imaginara que tal cosa pudiera desaparecer, toda esa esfera, tanto la parte dominante como la dominada cesaría de existir. Eso es lo que perpetúa la permanencia de la esfera y de cada una de sus partes, y es Dios.

Este Dios se expresa, según Maimónides, a través de las Inteligencias, las esferas y los elementos, pues todos ellos ejecutan el mandato soberano. Y el término con que los designa, “malak”, significa que son los “gobernadores”, que tienen autonomía propia, perciben sus actos y usan de libertad para gobernar. O sea, los astros y las Inteligencias que los rigen son seres vivos, conscientes y responsables; pero se ajustan a la Ley en cuanto hacen. Estas inteligencias son canales y ” cristalizaciones” de la misma Ley. Rigen las leyes de la naturaleza, son su alma consciente, Maimónides las llama “ángeles”- como jueces, gobernantes o enviados- y establece así la pirámide de la Naturaleza: Porque Jehová, vuestro Dios, es el Dios de los dioses- es decir, de los ángeles- y el Señor de los señores- o sea, de las esferas y de los astros, que son señores de todos los demás cuerpos. Cada Elemento, cada astro, cada reino tiene un Dios que le es propio, lo mismo el Ser Humano, nuestro Dios abarca todo el humano linaje, dominadores y dominados.

LA INTELIGENCIA DEL UNIVERSO

Las “Inteligencias separadas” de Aristóteles son los “ángeles” de Maimónides. Y todo acto divino se ejecuta por ministerio de un ángel. De ahí la denominación de “ejército celeste”; porque cada uno de ellos lleva al acto el poder de Dios. No debe extrañarnos esta enseñanza, tan evidente para la intuición. Así como el orden en el universo es una necesidad lógica, el alma de este orden es una necesidad intuitiva. Cuando Newton halla las leyes físicas y matemáticas que rigen la gravedad, explica que este mecanismo está activado y reajustado continuamente por el alma de la ley de la Gravedad, y son inteligencias celestes las que rigen todo este proceso. ¿Cómo se puede pensar que no exista conciencia y vida allí donde existe movimiento, aunque sea en grado ínfimo?

Incluso los menores elementos del universo, hasta la formación de los miembros del animal, tal y como son, han sido hechos por intermedio de los ángeles, puesto que todas las facultades son ángeles. Para la Filosofía Platónica y Pitagórica, las primeras Inteligencias o Ángeles son los Números; ¿y no son los Números los que rigen el más mínimo detalle de la vida del universo? Los Números determinan los orbitales electrónicos y las formas de los mismos, la combinatoria del ADN en el diseño de la vida, las propiedades de los elementos químicos, las formas de relación y acercamiento de los seres humanos, etc., etc. Para los pitagóricos, tan respetuosamente mencionados por Maimónides, son los Números los únicos seres vivos de un modo perenne. El tejido de sus interrelaciones es el soporte de la vida en sus innumerables modos. Matemáticas es el lenguaje con el que Dios hizo al universo; y las letras son los números. Es lo mismo leer número o ángel; lo importante es entender a qué se refiere Maimónides cuando dice: Dios puso en el semen una fuerza formativa que modela y estructura esos miembros y eso es el “ángel”, o bien, que todas las estructuras proceden de la acción del “Intelecto activo”, y ése es el ángel y el príncipe del mundo, o cuando explica que los ángeles son las fuerzas activas en una cosa.

Hablamos de Vida, pero cómo podemos referirnos a ella si no sabemos de dónde viene y hacia dónde va. ¿Cuál es la última finalidad del universo? Y sin embargo, como de las aguas de un río, de la vida no percibimos su recóndita fuente, ni su último descanso, sino su movimiento perpetuo, su sentido. Esto es lo que nos enseña Maimónides. La mente humana es limitada y no puede comprender la causa final del Universo. Y el hombre no es la causa final de la vida, es sólo uno de sus peldaños intermedios. Sabemos que viene de Dios, pero no podemos entenderlo; sabemos que va hacia Dios, pero no sabemos nada de Dios, sólo la contemplación del flujo de su vida, su incesante movimiento; lo que en la India llamaron “sadhana”, el sentido de la vida:

Lo que conocemos lo conocemos por la contemplación de los seres; por esta razón nuestra ciencia no abarca ni las cosas futuras ni el infinito.

Nota: Todos los textos de Maimónides han sido extraídos de su obra Guía para perplejos.

Datos biográficos

Maimónides no se limitó al estudio judaico, sino que dominó cuando aún era muy joven las matemáticas, astronomía, filosofía y física. Creció y se educó, hasta los trece años, en un ambiente de tranquilidad y bienestar.

El exilio acrecentó las fuerzas espirituales creadoras de Maimónides, y desde ese momento inicia sus primeras obras; un comentario al Talmud Babilónico en árabe y un manual en hebreo para el Talmud hierosolimitano. Publicó un tratado sobre la esencia del año bisiesto. Debido a la opresión de la época tuvo que partir a la ciudad de Fez (en el norte de África) para continuar bajo la tutela del famoso rabí Yehuda Hacohen, Ibn Shustian, guía espiritual de la comunidad judía de Fez.

Al recrudecerse las persecuciones contra los judíos por parte de los cruzados, Maimónides se traslada de Israel a Egipto; aquí padece los más duros golpes de su vida: su padre muere y su hermano David, comerciante en joyas, pereció en un naufragio. Como consecuencia cae enfermo y quedará postrado en el lecho durante un año. Sin medios materiales, tiene que elegir una profesión para poder subsistir, y elige la medicina, que estudió y conoció a fondo durante su enfermedad. Con mano maestra traza una analogía entre las enfermedades físicas del hombre y las enfermedades espirituales.

Maimónides contrajo matrimonio dos veces: de su segundo matrimonio nació un hijo llamado Abraham, que llegó a ser erudito, príncipe y dirigente espiritual del judaísmo egipcio. Maimónides se convirtió en el médico de la corte real. Su gran desarrollo intelectual y humanístico creció mucho a partir de esa época.

La vida de Maimónides

1135 Nace en la Aljama de Córdoba Moshé en Maimón, el Sefaradí, más conocido como Maimónides.

1148 El sur de España es conquistado por los almohades, secta fanática del Corán.

1149 Comienza el exilio de Maimónides, situación que se prolongaría durante once largos años.

1151 Emigra a Almería con su familia, para más tarde ir a Fez (Marruecos).

1166 Al recrudecerse las persecuciones contra los judíos por los Cruzados, Maimónides se traslada de Ertz (Israel) a Egipto.

1187 Maimónides se convierte en médico de la real corte de Egipto.

1204 Muere a la edad de sesenta años. Sus restos son trasladados a Tiberiades, en la tierra de Israel.

Antecedentes familiares

Rabí Maimon Hadayán, padre de Maimónides, pertenecía a una familia aristócrata por descender en línea directa del rey David. Tenía un excelente dominio del Talmud, así como gran erudición en la ciencia de la época, principalmente en Astronomía. Poco se sabe sobre la madre de Maimónides. Dice una leyenda que el Rabí Maimón había rehusado tomar esposa y decía: Mi alma sólo siente deseos de la Torá. Pasaron años y cierto día estando en su huerto, durmiendo, escuchó una voz que le decía que tendría un hijo que escribiría la segunda Ley e iluminaría los ojos de todo Israel. Se le presentó Elías y le dijo: Maimón, ve a Córdoba y allí toma esposa. La madre de Maimónides no alcanzó a conocer a su hijo, pues tuvo complicaciones en el parto y murió.

El legado médico de Maimónides

Maimónides clasificó la medicina en tres divisiones: la preventiva, la curativa y la que atendía a los convalecientes, incluyendo los inválidos y los ancianos. Su enseñanza médica basada en la entonces patología humoral de Hipócrates y Galeno, de estricto carácter racional, combatió duramente el uso de los hechizos, encantamientos y amuletos en el tratamiento de enfermos y desaprobaba toda fe ciega en la autoridad. Estimulaba a sus discípulos a observar y razonar críticamente.

Aforismos médicos de Moisés es su obra más extensa; contiene 1500 aforismos basados principalmente en la medicina griega y divididos en 25 capítulos sobre las diferentes áreas de la medicina; por ejemplo, habla de la apoplejía en la enfermedad cerebro-vascular y de su pronóstico; describe el enfisema obstructivo en el capítulo de enfermedades respiratorias; da a conocer con exactitud los signos y síntomas de la neumonía, así como la descripción de los ocho síntomas de la hepatitis: fiebre alta, sed, anorexia, lengua roja que se vuelve negra, vómito biliar, dolor en el costado derecho, tos ligera y pesadez en el costado derecho.

Sobre la salud da gran variedad de recomendaciones higiénico-dietéticas y del uso de medicamentos; habla tanto del clima como del domicilio, la ocupación, los baños, la actividad sexual, el vino y las enfermedades respiratorias. En la Mishmé Torá se describen las reglas sobre la supremacía y nobleza de la vida humana. Según Maimónides, el hombre debe tender a mantener su salud física y su vigor para que su espíritu se mantenga enhiesto, en buenas condiciones para conocer a Dios, puesto que es imposible entender las ciencias y meditar sobre ellas cuando se está enfermo o hambriento.

 

José Carlos Fernández

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